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Culto

Cómo escribí el retrato de Mario Levrero

mario levrero.

El escritor argentino Mauro Libertella desclasifica en primera persona la escritura de Un hombre entre paréntesis, su retrato del autor de La novela luminosa, Mario Levrero, publicada por Ediciones UDP. Un hombre —asegura— de "una sensibilidad literaria extrañísima, que parece brotar por combustión espontánea".

Sucedió, más o menos, así.

Una tarde de 2013 Leila Guerriero me pidió por email mi teléfono, me dijo que me quería llamar para hacerme una propuesta. Me llamó. Me habló de la colección Vidas Ajenas, de Ediciones Universidad Diego Portales, que yo conocía ya —la UDP tiene vastos acólitos en la Argentina— y me propuso escribir un perfil o retrato de un escritor. Me ofreció tres nombres, tres escritores argentinos que ya habían muerto y que, estimo, Leila infería que serían parte de mi árbol genealógico de gustos, de mi pequeño panteón portátil. Por alguna razón le dije que no, pero la idea quedó rebotando en mi cabeza como una pelotita de tenis que pica sola, silenciosa, en el fondo de una cancha de tenis vacía.

Un año después le mandé un mail. Lo busco ahora, en un viaje a un pasado reciente que, sin embargo, se me antoja verdaderamente remoto, como si abriera la caja negra de un accidente de otro siglo. En ese correo le propuse escribir sobre Mario Levrero. Argumenté así: “Además de que me han pegado muchos sus libros (razón nada desdeñable, supongo, para un proyecto así), me intriga mucho su vida, de la que se sabe poco, aunque se que fue un personaje bastante excéntrico (razón también central de mi interés). Y, por último, porque me parece que hay algo muy contemporáneo en Levrero, que se está leyendo en las nuevas generaciones y que está vivo”. Me dijo que sí, y arrancamos.

De pronto, todo era pura promesa, y ya experimentaba el privilegio inaudito de estar manipulando lo desconocido. ¿Pero qué hacer? ¿Cómo arrancar? Llevaba ya diez años trabajando en periodismo cultural, había escrito un libro y tenía un segundo en marcha, y sin embargo no tenía ni la más mínima idea de cómo empezar. Supongo que eso sucede siempre con los libros nuevos, siempre se empieza de cero. Pero acá el problema era doble. Por un lado, tenía que enfrentarme a un género que, como todo género, tiene sus propias reglas, su funcionamiento interno; reglas que se pueden romper, vulnerar, alterar, pero para eso primero hay que conocerlas. Ese género es el perfil. Un perfil no es una biografía, tampoco es un ensayo, tampoco es un relato: en la interzona imposible de todos esos bloques de sentido está este artefacto híbrido, al que nadie puede definir y que por eso nos gusta tanto.

El segundo problema tenía que ver con que el retratado era un persona que ya no estaba. En ese sentido, toda referencia tenía que pasar por terceros —familiares, amigos, críticos, conocidos, lectores, alumnos—, así que la imagen que me pudiera hacer de Levrero iba a estar profundamente mediada. Cuando empecé, Levrero había muerto hacía diez años, un tiempo al mismo tiempo corto y prolongado. Los recuerdos de su círculo estaban cerca y lejos.

La primera etapa fue de investigación. Leí todo lo que se hubiera escrito sobre Levrero, todas sus entrevistas, todos los testimonios escritos y orales de familia y amigos. Fue como tirarme al medio del océano: a mis costados, la línea del horizonte de una vida. Sin embargo, a medida que leía, empecé a ver algo, fui infiriendo una especie de esqueleto, el edificio invisible que estructuró la vida y las obsesiones de ese hombre. Las mujeres, las manías, las novelas policiales, Montevideo / Colonia / Piriápolis / Buenos Aires, la computadora, la parapsicología, la relación con el mundo editorial, los hijos, la fotografía, la operación de vesícula, el dinero (o la falta de dinero), los talleres, la Beca Guggenheim. Uno a uno, los temas se repetían, reaparecían: eran estribillos. Y entonces hice una lista de esos nudos y seguí ese rastro, el caminito que el propio Levrero fue surcando. Ese caminito siempre está ahí, todos armamos nuestro sendero en base a cinco o diez obsesiones, a temas que nos interesan y nos acompañan toda la vida. No se si hacer un perfil de alguien tiene que ser, necesariamente, decodificar ese camino. Es el modo que encontré yo, al menos. Escribir, también, es inventar un método.

Uno de los problemas de abordar a Mario Levrero es que su trabajo literario es cambiante y tiene varias épocas, a veces muy distintas unas de otras. No es lo mismo el Levrero de la trilogía involuntaria (París, La ciudad, El lugar) que el de las novelas policiales (Nick Carter o Dejen todo en mis manos) o el diarista (La novela luminosa, El discurso vacío). No conozco a nadie al que le guste por igual todo Levrero, como a nadie le gusta todo Bowie o todo Woody Allen. Mi interés más fuerte está en los textos en primera persona, de introspección y autoanálisis. Si, como afirmaron muchos escritores, una gran página ya justifica a un escritor, Levrero compuso unas mil páginas de la mejor literatura en primera persona que ha dado el Río de la Plata en el cambio de siglo. Como arriesgo en el libro, Levrero y Bolaño son los dos grandes escritores de cambio de siglo para la literatura del sur del continente, y el hecho de que sean en muchos sentidos escritores opuestos (o espejos invertidos) vuelve más potente la dupla.

Quizás uno escriba los libros para entender algunas cosas. Pueden ser a veces cosas propias, pueden ser en otros casos de otros, pueden ser incluso de la propia literatura. Sin embargo, luego de pasar cinco años orbitando el “mundo Levrero”, todavía no termino de elucidar cómo llegó a producir algo como El discurso vacío. Supongo que es un punto de llegada, el acumulado de una vida atravesada por el encierro, rodeado de algunos pocos amigos muy cercanos, muy fieles, con una serie de lecturas heterogéneas y anticanónicas y una sensibilidad literaria extrañísima, que parece brotar por combustión espontánea.

Eso nos demuestra, una vez más, que la vida no determina la obra de manera directa. Hay, entre esos dos grandes campos magnéticos, momentos de irradiación compartida, contrabandos que un retrato puede tratar de reconstruir.

Un hombre entre paréntesis.

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