Culto
¿Cuál es el mejor disco de The Beatles?

¿Cuál es el mejor disco de The Beatles?

De Please Please Me a Let It Be: un puñado de expertos —musicólogos, periodistas y críticos musicales— opina sobre la obra más relevante del universo de The Beatles, en un análisis coral —disco por disco— acompañado de trivia musical, vivencias y amor por la música del cuarteto de Liverpool, acaso la mayor figura de la música popular de todos los tiempos.

Please Please Me, 1963.

Un Big Bang llamado Please Please Me

Por Felipe Díaz

La frase es conocida. Fueron las nueve horas con 15 minutos más productivas en la historia del rock. Ese fue el tiempo exacto en que demoró la grabación de Please Please Me, el primer LP de The Beatles y que marcó su debut en las grandes ligas de la industria en 1963. Se trata de un disco que destila frescura, con grabaciones en directo, muy pocos overdubs y que buscó transmitir el espíritu que se sentía en cada tarde en el Cavern Club.

El solo hecho de que se trate del primer álbum que The Beatles sacó al mercado ya debería ser credencial suficiente para que se empine como uno de los discos fundamentales de la música popular. Pero Please Please Me tiene mucho más, que lo convierte en un paso obligado para comprender la grandeza de los chicos de Liverpool.

El disco tiene ocho composiciones de Lennon-McCartney y otras seis versiones de distintos artistas a quienes The Beatles admiraban. Se trató de un movimiento arriesgado para la época, ya que a comienzos de los 60 la mayoría de los discos debut contaba con un elevado porcentaje de covers.

Please Please Me tiene, además, temas que se convirtieron en clásicos y que en buena medida dieron forma a la beatlemanía. Aquí podemos encontrar las inmortales “Love Me Do”, “P.S. I Love You” y la canción que da nombre al disco. Estas fueron piezas recurrentes en los conciertos que dieron los Fab Four hasta 1965 (los que no solían durar más de media hora), año en que decidieron dar por finalizadas las giras y presentaciones en directo.

Un apartado especial merece “I Saw Her Standing There”, una de mis favoritas de todos los tiempos. Es la canción con que inicia el álbum, con ese archiconocido “One, two, three, four” y que si bien está acreditado a Lennon-McCartney, es un tema compuesto principalmente por este último. De hecho, es Macca quien se hace cargo de la parte vocal. Y casi como un acto poético, la primera canción de este primer disco fue también la última canción Beatle que John Lennon tocó en público. Ocurrió en Nueva York, en 1974, en el marco de un concierto que estaba ofreciendo Elton John. El “chico rebelde” había sido invitado para participar en tres canciones y “I Saw Her Standing There” fue la última que interpretó. Antes de tocarla, dijo estas palabras: “Pensamos en que podríamos hacer un número de un viejo y distanciado novio mío, llamado Paul. Esta nunca la canté, es un viejo acto Beatle y que apenas nos la sabemos”.

Solo recién después de la muerte de Lennon, en 1980, finalizaron los eternos rumores de que The Beatles se reunirían nuevamente. Se puede decir que “I Saw Here Standing There”, la primera del primer disco, fue el inicio y el final del cuarteto de Liverpool.

Please Please Me suma otros factores que obligan a ponerle atención al disco. Aquí aparece la influencia del productor George Martin, quien dio forma y encausó esa energía que se había forjado en las maratónicas sesiones de Hamburgo. Se dice, incluso, que habría evaluado acudir al Cavern Club para conocer en persona la energía que transmitía The Beatles en el escenario y tratar de reflejar ese espíritu en el álbum.

La última del disco también tiene una historia que contar. Se trató de “Twist and Shout”, original de Phil Medley y Bert Russell y que fue interpretada al cierre de la sesión de grabación. Aquí Lennon dejó todo en la cancha. La interpretación incluye gritos en que a momentos parece que sus cuerdas vocales van a rasgarse. Era tal el nivel de exigencia, sumado a que John se encontraba resfriado ese día, que Martin decidió sabiamente usarla para cerrar la jornada. De hecho, cuando terminó de cantarla su voz no pudo más.

Y el resto es historia. El disco llegó al primer lugar y se mantuvo ahí por 30 semanas, solo para ser destronado por With The Beatles, el segundo LP del cuarteto. La beatlemanía se convirtió en tendencia y el rock se impuso como el mainstream para toda la década.

Una frescura, jovialidad e impulso que solo unos jóvenes podrían lograr. John Lennon y Ringo Starr tenían 22 años, Paul McCartney contaba con 20 y George Harrison, 19 años.

No se puede entender la evolución de The Beatles sin conocer y apreciar Please Please Me. En estas 14 canciones está todo el material e influencia de lo que llegaron a ser. Una especie de Big Bang. La piedra fundacional de —según mi criterio— la banda más grande de todos los tiempos.

 

With The Beatles, 1963.

Zapateando With The Beatles, ¡cómo no!

Por Sergio “Rinso” Rodríguez

No fallo. Para variar, llegué atrasado. Creo que fue a fines de 2010, o sea, unos tres años después de su estreno. Recuerdo una mañana de esas monosilábicas de otoño. “Bien”, “mal”, “bueno ya”. Sin mucho qué hacer ni que decir, la verdad. Seguramente un domingo. Solo. Y tomé ese DVD del film de 2007 de Julie Taymor, Across the universe, que por alguna razón nunca había visto. Me lo regaló una amiga. Un musical ambientado en los 60, con música de The Beatles, simbología de The Beatles y todo enmarcado en The Beatles. Todo. Nombres, calles, personajes, lugares. Todo. ¿Por qué no lo vi antes? Ni idea.

Y comencé a zapatear. Altiro. De entrada, con la escena de la pareja protagónica. Una simbiosis de continentes. Ella, en una fiesta de graduación en EE.UU, de blanco y rosado. Tonos pastel. Y él, carreteando en Liverpool, en algo similar a The Cavern, bajo ambiente obrero, con humo, ladrillos y penumbra. ¿El tema? “Hold me tight”.

A esa altura, yo seguía zapateando. Bailando solo. “Hold me tight… let me go on loving you…”, repetía en el living de mi casa. En la película la voz es femenina. En el mismo tono original, eso sí. Y yo, cabeza de pollo, tratando de recordar de qué disco era esa maravilla de la creación, ese beat que en el minuto me hacía ver todo algo mejor, que yo soñaba con poder interpretar alguna vez en vivo, que me hacía creer que yo también estaba en ese antro porteño sucio y oscuro, en el Liverpool de los 60.

With The Beatles. ¡Ese era el disco! El segundo editado por los melenudos. Me costó y tuve que ir a la despensa de los viejos CD. Era ese.

Si voy a decir algo de este largaduración, son tres las ideas madre que se me vienen a la mente. Parte de la elegía —la mía— para un LP de noviembre de 1963 que yo tenía olvidado, que hasta había subvalorado, en rigor iniciático, para los Fab Four y para mí. Y esa mañana, el mejor.

La primera de esas ideas mías viene de una joya de canción. De cuando los Fab Four aún grababan a cuatro pistas, sin demasiados efectos y en un desvencijado y exigente mono: la pista 3 del lado A, “All my loving”. McCartney aún la toca en vivo. Nunca ha dejado de hacerlo. Una oda al trabajo con Lennon. Pudo ser la típica canción de amor, lenta, abúlica, entregada, casi obvia. Así estaba, hasta que Lennon la apuró y le pudo esa portentosa guitarra rasgueada de forma incesante, que parece atacar por los flancos y le da el verdadero sabor rockero. Ese es “All my loving”. Un himno lleno de “aberraciones” musicales. Pasar de ritmo ternario y sincopado a un secundario y de formal cuatro cuartos, de ida y vuelta. Una herejía. Un engendro. Un tema notable.

El disco parte con “It Won’t Be Long” (que en el film Across The Universe también canta una mujer, la sensacional Evan Rachel Wood). Y en la cuarta canción aparece otra de mis razones por las cuales pongo a esta obra en lo alto: “Don’t Bother me”, la primera canción que George Harrison grabó con The Beatles como completa composición suya. Enteramente suya. De ritmo parejo, hit-hat y caja difuminada en la batería y una primera guitarra haciendo riffs a medio camino entre The Shadows y un rockabilly arrastrado. Hermosa.

¿Otra belleza de este lado A? Para mí, el bolero de “Till there was you” (de Willson, perfeccionado por McCartney) y “Please Mr. Postman” (The Holland). Los necesarios covers que Brian Epstein pedía para la época.

La tercera idea madre de este bestiario de With The Beatles (en cuya portada todos ya aparecen con los emblemáticos sweaters beatle) es la algorítmica mezcla que se hace en su Labo B. Preludio de otras mezcolanzas que más adelante serán himno, como el Álbum Blanco. Desde el clásico rock&roll de Chuck Berry (“Roll over Beethoven”) a la declaración de Lennon (“Not a second time”) y el pololeo fallido de Ringo (“I wanna be your man”, con un pattern de la batería no tan sencillo como parece), que John y Paul se la regalaron también a sus amigos, The Rollings Stone.

Gran parte de este disco fue la entrada de los británicos a Estados Unidos, bajo el título Meet The Beatles!. Ocho composiciones originales y seis versiones. Para mí, magia escondida. Una forma de recordar y atesorar. Una avalancha que todavía zapateo y bailo. Puede ser los domingos por la mañana. Para cruzar el universo. De cualquier época del año. Ahora con mis hijas.

 

A hard day’s night, 1964.

A hard day’s night: el puzzle perfecto e inmortal

Por Claudio Vergara

Sí: estoy en desventaja.

Jamás he escuchado o leído a alguien que haya escogido como el mejor disco de The Beatles —o el que más le gusta, o el que más se repite, o el que se llevaría a una isla en mitad de la nada por el resto de su existencia— a alguno de los álbumes que comprenden esa etapa primitiva y germinal de la Beatlemanía, el estallido que se extendió desde 1962 hasta 1965.

Todos los fans hemos abrazado con cariño esos años, esos discos, esas canciones, esas imágenes y esas películas; pero sabemos que el juicio definitivo sobre su obra se dictará al ritmo de “Tomorrow never knows”, “A day in the life” o “While my guitar gently weeps”.

Si en un sueño imposible —y algo idiota— Paul McCartney nos obligara al dilema de elegir una sola canción para que interpretara en uno de sus shows, es muy probable que nuestra memoria divagaría a alta velocidad por las carátulas de Pepper, Magical Mystery Tour o Abbey Road.

De hecho, cuando me invitaron a sumarme a esta batalla campal beatlemaníaca, me advirtieron que ya había de antemano dos discos tomados por otros. ¿Adivinan cuáles? Exacto: Revolver y el Álbum Blanco.

Puede que sea un asunto generacional. La eternidad de los Fab Four es tan inmensa que, incluso muchas décadas después de haberse separado y con dos integrantes ya fallecidos, aún establecen ese pícaro cortocircuito entre padres e hijos que antes fue por las melenas y hoy es por su discografía.

Casi todos los que descubrimos al cuarteto post asesinato de Lennon, miramos la era A hard day’s night como un candoroso fotograma en sepia que hizo chillar a nuestros padres o abuelos, pero lo que vino después, los bigotes, los colores, las drogas, la exploración en el estudio, las guerrillas intestinas por el destino del grupo, nos correspondía a nosotros, lo podíamos entender mucho mejor porque precisamente nacimos y crecimos en la era donde la música popular ya había extraviado la inocencia y la dulzura.

Gran parte de los músicos que escuchábamos en los 80, los 90 y hasta en el nuevo siglo, viajaban una y otra vez a lo que se conoce como esa “segunda etapa”, porque ahí se agitaron los embriones de la electrónica, el heavy metal o el rock progresivo.

Finalmente, defender A hard day’s night no es sólo clamar respeto por los Beatles de corbata, traje, flequillo, look homogéneo y amantes de Elvis antes que de Dylan, la marihuana o el libro tibetano de los muertos; es también preservar a los Beatles de los que se enamoraron nuestros padres o abuelos.

Aquí ya no vale el cliché parricida de matar al padre; ahora sólo vale intentar comprenderlo y descifrarlo.

Despreocupados

Y en esa misión, la conclusión es esta: A hard day’s night es prácticamente el único álbum que sintetiza todas las facetas que cubrió el conjunto en su historia, desde las creativas y musicales, hasta las mediáticas, sociales y culturales. Es un puzzle donde todas las piezas, por primera y quizás única vez, se ensamblan perfecto.

Hay audacia e innovaciones técnicas al minuto de grabar. Hay un pop tan fresco, explosivo y autoral —es su primer título sólo con creaciones propias— que el ciclón de música que configuró a los 60 como una era dorada sólo se entiende con este cancionero como uno de sus ejes.

Hay fraternidad entre sus miembros, la camaradería de los días de Liverpool, aunque ya asoman las diferencias elocuentes que marcarían los estilos de Lennon y McCartney durante el resto de sus días (y desde la portada: los rostros de los Beatles separados en cuadros hablan de un colectivo donde cada una de sus fuerzas tiene una personalidad propia).

Hay ambición por devorarse el planeta —el álbum va íntimamente vinculado a la película del mismo nombre—, el tipo de apetito con que la música popular domina nuestras vidas hasta hoy. Hay tímidas cavilaciones existenciales que después se amplificarían en sus huellas como autores.

Y, sobre todo, hay una efervescencia que nunca antes el mundo había palpitado: aquí, en la noche de un día agitado, está ese nuevo grupo llamado “jóvenes” que cambiaría la marcha del siglo XX.

Si en 200 años un habitante de la Tierra tuviera que escudriñar en la grandeza social, creativa y cultural de los Beatles, con este álbum bastaría. Es el ingreso del grupo a la HISTORIA con mayúsculas, no sólo a aquella remitida a su simple rol de cantantes, entretenedores o instrumentistas.

El disco se empezó a grabar el miércoles 29 de enero de 1964 en París, mientras giraban por Francia, con el hit “Can’t buy me love” como primer track —nada de medias tintas, de inmediato un primer mazazo— y por lejos en el período más ocupado en la historia de la agrupación: apenas un mes después de editar “I want to hold your hand” y 13 días antes del legendario debut en el show de Ed Sullivan en Nueva York que cambiaría la cultura de masas.

Sólo un mes después, a fines de febrero, presionados por componer la banda sonora de su primera cinta, se meten al estudio para despachar “You can’t do that”, “And I love her” y “I should have known better”. En abril, y mientras ya registraban la película, Lennon se fue a su casa y en una noche compuso la canción central, “A hard day’s night”.

Así trabajaban los Beatles en 1964. Golpeando a la cátedra en un par de semanas: en lo que hoy una banda o una superestrella demora en atiborrar de fotos su Instagram. Aquí tampoco hay historias de retiros para meditar en la India o noches enteras sumergidas en el estudio: lo que para cualquier trabajador significaría licencia segura por carga laboral desmedida, para ellos era un estímulo para no detenerse nunca.

Revolucionario

De hecho, la propia canción “A hard day’s night”, que abre la obra, se inicia con ese acorde que suena como un patadón capaz de anunciar una nueva era, una suerte de llamado a las armas para que el pop empiece su imperio definitivo. Un sonido singular logrado por una combinación de acordes de las guitarras de John y George, más el bajo de Paul y el sonido de un piano introducido por el productor George Martin: pura exploración sonora mucho antes de los trajes coloridos de Pepper.

Ese desvanecimiento arremolinado con que se diluye el tema sobre el cierre también se adelanta a los efectos narcotizantes que definirían sus días más audaces: “Rain” o “I’m only sleeping” tienen en esa cascada de sonidos su raíces más inmediatas.

Por su parte, “You can’t do that” perfila al Lennon más filoso y visceral (“Tengo que decirte algo que quizás te duela”, parte la letra), mientras que el contrapunto preciso es “Things we said today”, esa melodía de McCartney donde canta como en un viaje de fin de semana, plácido y sin artificios. Las diferencias estilísticas entre ambos también nacen en este Big Bang.

Por otro lado, tampoco es cierto aquel mito que durante este álbum —y este período— los configura como veinteañeros meramente asépticos y lúdicos. En esta etapa, Lennon se reencuentra con su padre, quien lo abandonó en la niñez para trabajar como marino mercante. Fue la bofetada personal que desestabilizó su éxito global.

El mismo John contó en entrevistas posteriores que estaba hastiado de los toqueteos, los palmetazos y los saludos de presidentes, reinas, embajadores o autoridades varias. Esa caricatura del libertario rebelde y forajido —hasta el día de hoy símbolo de idealismo en poleras, ferias artesanales y retórica humanitaria— también nació la noche de un día agitado.

Los Beatles en un solo álbum exhibieron su esplendor presente y vislumbraron su inmortalidad futura. Ahora lo entendemos: es el álbum que enamoró sin vuelta a la generación que nos trajo a este mundo. Precisamente a gozar con los Beatles.

 

Beatles for Sale, 1964.

Beatles for Sale, o las formas de recuperar una sonrisa

Por Felipe Retamal Navarro

Si la portada de A Hard Day’s Night es pura frescura juvenil, la de Beatles for Sale muestra a cuatro rostros sin sonrisas. Mustios. Apagados por la pesada inercia de la fama, el barullo agotador de fans, periodistas y aventureros que deseaban más que nada en el mundo algo de los cuatro fabulosos. Pero su forma de afrontar la cara menos amable de la Beatlemanía fue la música. Por eso me gusta el cuarto elepé de los chicos de Liverpool. Porque, pese a todo, se las ingeniaron para mantenerse en pie como creadores y no cedieron a la tentación de repetirse o volverse unos monigotes del showbusiness.

Sé lo que pueden estar pensando. Y de acuerdo, no tiene la elegancia de Rubber Soul —mi favorito—, o la variedad estilística que hace caer a cualquier melómano ante el monumental Revolver. Pero, vamos, Beatles for Sale también tiene algunos momentos buenos. Es imposible no estremecerse con Lennon y McCartney cantando al unísono la bella “Baby’s in Black”. O el fade in (aumento gradual en la intensidad del sonido) en la introducción de “Eight days a week”, que no anda nada de mal. Después será copiado por otros hasta la saciedad.

Cuando partes un disco cantando: “Esto pasó una vez/ que llamé a tu puerta/ no respondiste”, es porque eres honesto. Quieres contarnos una historia en que no eres el clásico galán de la canción. Te reconoces vulnerable y sin sonrisa. Eres John Lennon empujando los límites. Fue en esos días en que, entusiasmado por los discos de Dylan, la hierba y su persistente búsqueda de seguridad en sí mismo —pese a su fachada de mordaz—, se encontró como un autor de canciones, más que un creador de hits. En el tema siguiente lo deja aún más en claro al cantar que es un perdedor —Beck, amigo, no fuiste el primero.

Tanto “No Reply” como “I’m a loser” son dos párrafos musicales de un discurso muy personal que Lennon enuncia en esta placa, y luego desarrolla en los sucesivos discos de los Beatles. Del diagnóstico del dolor, pasará a pedir ayuda (“Help!”), luego a mirar hacia el pasado (“In my life”), e incluso mitificarlo (“Strawberry Fields Forever”), hasta revisar sucesos cosas pendientes (“Julia”). A cada paso, su prosa se construye sobre su relación con el mundo.

Alguna vez en una biografía no autorizada, Álvaro Henríquez decía que “Rock and Roll Music” era la biblia. La palabra revelada que el mesías Chuck Berry predicó durante su apostolado de música, lumpen y riffs de guitarra que levantaban muertos. Lennon la canta en una versión en que el metal ardiente de su voz nasal suena demoledor. Le sale desde las tripas. Tal como lo hicieron después Joan Jett o Kurt Cobain.

Esa canción, un cover de relleno a falta de material propio debido al escaso tiempo que tenían entre las giras, nos muestra como pocas veces en la trayectoria del grupo, un tributo a sus influencias. Por eso Harrison se permite cantar una correcta interpretación de “Everybody’s trying to be my baby”, de su héroe, el músico de Tennessee y pionero del rock, Carl Perkins. Y también podemos oír una conmovedora revisión de “Words of Love”, original de un hombre clave para que Lennon y McCartney se decidieran a ser compositores: Buddy Holly. Quizás un homenaje tardío para alguien de su laya.

Además algunos de esos tracks salieron de su repertorio de directo. Eran cosas del antiguo R&B afroamericano, pulido en clave absolutamente inglesa durante las agitadas noches tocando entre rudos marineros, estudiantes y putas en Hamburgo, antes de ser megaestrellas. El argentino Norberto Cambiasso hace notar en su libro Vendiendo Inglaterra por una libra, que la Gran Bretaña de entonces buscaba reencontrar “lo británico” en su vida cotidiana. Era su forma de afrontar la fuerte expansión de la sociedad de masas desde Norteamérica.

En general, el tono del disco es sombrío. Melancólico. Y esa oscuridad en el momento en que los Beatles eran los consentidos del mundo, llama la atención. Porque en su trayectoria, de una u otra forma, mantuvieron el tono de desafío a lo que se esperaba de ellos. Como si trataran de mantenerse a salvo de la locura haciendo bellas canciones pop. Unas que en este álbum les darían la posibilidad de comenzar a recobrar las sonrisas de forma paulatina. No dejarían que el aislamiento, la tensión y las crecientes limitaciones de la fama les arrebatara el gusto por hacer música.

 

Help!, 1965.

Help!: ayúdame a volver a poner los pies en el suelo

Por Macarena Lavín

Tenía 11 años y mi prima 8. Eran las vacaciones de invierno de 1991 y pasaríamos una semana en casa de nuestros abuelos maternos. Fuimos a una disquería viñamarina con mi mamá y nos regaló un casete de los Beatles a cada una. A mí Past Masters II y a mi prima Help!. Lo escuchamos sin parar mientras mi abuelo se ponía las manos en la cabeza de aburrimiento, refunfuñando. “Dizzy miss Lizzy” —original de Larry Wilson— fue mi primer encuentro y flechazo eterno con el rock & roll. Casi 20 años después encontré el vinilo en Liverpool, publicado el 1965, pero no lo compré. Ya en Santiago, en la feria Pulsar encontré una edición especial suiza en LP. El vendedor me dijo “si fuera del año costaría mucho más caro”. Pero lo era. Él no lo sabía y yo salí ganando.

Help! es un disco subvalorado y una película con mala crítica, pero muy entretenida. Originalmente el filme se llamaría Eight arms to love you. Richard Lester, el director del segundo filme de la banda lo simplificó buscando un título que resumiera la trama: Help! Ringo Starr pedía ayuda como loco para poder sacarse un anillo de rubí de su dedo, ya que una secta andaba detrás de esa joya y quería sacrificar al baterista. En la película se ve al cuarteto interpretando canciones en una casa londinense, en la nieve austriaca y en la playa de Bahamas.

Es un disco de transición donde perder/mantener a la chica va dando lugar a letras más confesionales que, además de hablar de amor, aportaban con una nueva mirada desde la madurez y la nostalgia, e incluso se desenchufaban por momentos. Así fue como lo definió la revista británica Record Mirror a mediados de 1965: “Podría titularse fácilmente ‘Los varios estados de ánimo de los Beatles’. En las catorce pistas se exhiben baladas, rock and roll, folk, country y una ayuda de pop claro”. La influencia vino de conocer a Bob Dylan.

Los Beatles estaban en su mayor nivel de popularidad y para mantenerse así debían estar tan activos como fuera posible. Al mismo tiempo que grababan las canciones del disco, rodaban la película en lugares del mundo como la capital inglesa. Después de un día de trabajo se pasaban la noche en los pubs. A veces recibían visitas ilustres, como la del gran comediante británico Peter Sellers, quien les fue a entregar el Grammy en la categoría de Mejor Intérprete Vocal de un Grupo por su álbum anterior, A hard day’s night. Otras, se escapaban a grabar entrevistas que emitían un par de semanas después. Incluso reapareció en el rodaje el papá de Lennon con un periodista. No se veían hace 20 años. El Beatle se enfureció. Tampoco escaparon de un tour europeo.

John Lennon termina Help! así: “Ayúdame a volver a poner los pies en el suelo”. A él le habían pedido que escribiera este tema principal. Más tarde reconocería que era un grito desesperado por ayuda. “Tomaba y comía todo lo que encontraba”. Registrada a última hora de la noche en una sesión en Abbey Road, la versión acústica original era lenta, pero George Martin sugirió hacerla más rápida. El músico diría después: “No me gusta mucho la grabación; la hicimos demasiado deprisa intentando que fuera comercial”. De todos modos, la idea del ingeniero dio resultado, porque el single llegó rápidamente a número uno cuando salió a mitad del año. Lo mismo que el álbum y que la misma “Yesterday”. Pero esa canción da para artículo entero.

 

Rubber Soul, 1965.

Rubber Soul, mucho más que un salto creativo

Por Alejandro Tapia

Misión imposible. Escoger el mejor disco de The Beatles es casi un sacrilegio, una tarea de tintes titánicos y de consensos casi impracticables. En este “ejercicio” hay varias rutas: el camino fácil (Revolver, el favorito de los fans y uno de los más aclamados por la crítica); el Álbum Blanco (que efectivamente podría ser el mejor, aunque por la gran cantidad de temas, 30 en total, está en otra categoría) o el Abbey Road (probablemente el de sonido perfecto). En la rica discografía de los de Liverpool no asoman placas menores y cada disco tiene argumentos de sobra para brillar. Uno de esos es el Rubber Soul, grabado en apenas un mes, entre octubre y noviembre de 1965.

Brian Wilson lo ha dicho hasta el cansancio: que sin Rubber Soul no hubiese existido el Pet Sounds, a lo que luego Paul McCartney replicó que sin Pet Sounds el Sgt. Pepper’s no habría visto la luz. Un círculo virtuoso por donde se le mire. El Rubber Soul es el disco de la transición beatle, el que se ubica justo en la mitad, un engranaje clave en ese “antes y después” aunque tal afirmación es una falacia: no hay antes ni después con The Beatles. Eso sí, la matemática beatle dirá que antes del Rubber Soul hay cinco discos y después del Rubber Soul otros cinco.

Hay otro mito sobre este álbum, ese de que junto al Revolver forman una suerte de disco doble, aunque esto no es tan así: el Rubber Soul tiene luz propia y fue concebido en una dimensión distinta a su sucesor. El Rubber Soul es el álbum de la adultez beatle, el disco que pone fin a la “inocencia” lírica, con Bob Dylan como el principal faro. Aquí el “yo” de las placas anteriores es mucho más sutil (“In my life” o “Girl”), como también el uso de la tercera persona (“Nowhere Man” o “Drive my car”). Al mismo tiempo, las metáforas y los subtextos enriquecen las letras (“Norwegian Wood” o “Run for your life”). Hasta se atreven a hablar de “mujeres trepadoras” y abordar de manera más directa el sexo, la fama y el dinero. “Fue el primer disco que hicimos totalmente fumados”, reconoció tiempo después George Harrison.

Rubber Soul es más que el salto creativo de los Beatles. Tras una gira por Estados Unidos en la que conocieron a Dylan y a Elvis Presley, la banda se encerró en el estudio para facturar temas más complejos, que transformaron al álbum en una obra de arte, carátula incluida, con los rostros de John, Paul, George y Ringo deformados y alargados por el lente de Robert Freeman. En ese entonces la revolución pop estaba a toda marcha y The Beatles comenzaba a explorar distintos movimientos vanguardistas. Fruto de aquello fue la opción de no colocar el nombre del grupo en la portada del disco. En vez de eso, se decidió poner sólo el título del álbum, con una gráfica posteriormente imitada por decenas de bandas del flower power.

El sexto álbum de The Beatles —publicado el 3 de diciembre de 1965— tiene mucho de sofisticación (los arreglos de “Michelle” o el sitar en “Norwegian Wood”), pero también de sentimiento (el uso magistral de la pandereta ilustra aquello). En lo meramente musical —en esta placa se cruza el folk rock con el pop más exquisito— las armonías y los coros son un deleite. En ningún otro disco (a excepción del Abbey Road) hay segundas ni terceras voces tan bien elaboradas como en “You won’t see me” o “Nowhere Man” o un pulso del bombo tan acelerado y potente como en “Run for your life”, que se aprecia mejor en la versión mono del disco. A su vez, “The Word” opera como un mantra con el amor como su elemento central.

También “In my life” es Lennon a corazón abierto, “I’m looking through you” es McCartney abordando la desilusión e “If I needed someone” es Harrison es armonía tripartita y Rickenbacker en su más alto esplendor. Incluso “What goes on”, interpretada por Ringo, es un viaje a la primera época de los Beatles en Hamburgo que exuda country y rock & roll.

Rubber Soul fue el primer disco que le presentó al mundo a los nuevos Beatles”, diría el productor George Martin años más tarde. No bien vio la luz, el álbum tuvo un profundo impacto en el trabajo de Dylan, de los Rolling Stones y un largo etcétera. Y también en los propios Beatles, porque el Rubber Soul es una suerte de síntesis de todos los elementos que hasta ese entonces había representado el rock & roll, pero también es mucho más que folk rock.

 

Revolver, 1966.

Revolver: uno, dos, tres, probando

Por Andrés Panes

Un héroe silencioso en la historia de los Beatles, el ingeniero acústico Geoff Emerick, relata en sus memorias que las mezclas de Revolver fueron las primeras que el cuarteto vigiló de cerca. Supervisarlas no era parte del procedimiento estándar de la época: los artistas revisaban el sonido de sus grabaciones cuando los vinilos ya estaban prensados y listos para venderse. Nadie se ponía muy exquisito en la era monofónica. Por suerte, entre los viajes en ácido, la comezón creativa y el hastío con la fama, los de Liverpool pavimentaron una vía distinta usando sus privilegios a favor de la imaginación. Tres de las ideas que los guiaron serían vitales para rediseñar el rock and roll y elevarlo a la categoría de arte. Primero, el uso del estudio Abbey Road como un instrumento musical con miles de posibilidades para explorar. Segundo, la licencia para dejar que las canciones sean más que reflejos de lo pasa en vivo y se conviertan en fantasías auditivas. Tercero, la noción del álbum como unidad de medida por encima del single.

La bitácora de la grabación de Revolver da cuenta de lo especial que fue el proceso. Por un lado están los músicos con sus ocurrencias, como Lennon pidiendo que su voz en “Tomorrow Never Knows” suene como la de un monje tibetano en lo alto de una montaña, y por el otro están George Martin traduciendo a un lenguaje más aterrizado los deseos de la banda y los técnicos buscándole hasta la quinta pata al gato para satisfacerlos. Si bien los Beatles contaban con todas las facilidades posibles a las que un músico podía acceder en aquellos tiempos, a la precaria tecnología de 1966 le faltaban muchos años de desarrollo para poder cubrir sus necesidades con solo apretar un par de botones. El nivel de artesanía detrás de Revolver es a la vez enternecedor y admirable. Incluso roza lo cómico: en cierto punto se usó hasta un condón para impermeabilizar un micrófono y sumergirlo bajo el agua. Al final, de tanto ejercitar el ingenio y la curiosidad, quedaron al descubierto nuevas formas de amplificar y ejecutar instrumentos, así como de hacer arreglos.

Los Beatles son los más grandes de todos los tiempos porque cambiaron al mundo. Revolver es su mejor disco porque es el que supuso mayores transformaciones y avances no solamente para su cancionero (con catedrales como la imbatible “Eleanor Rigby” o esa alucinación hipnagógica llamada “Love You To”), sino para la música en general. Es la obra a la que le debemos el despertar de una contracultura juvenil, un pensamiento inconcebible en los albores del rock and roll, cuando la sociedad no lo consideraba más que una salvajada y el concepto de adolescencia era toda una novedad. Aunque Sgt. Pepper’s es fenomenal, la alameda que con rimbombancia transita fue inaugurada por Revolver y los Beatles nunca más se salieron de ahí. Es el punto de inflexión definitivo en su carrera, una hazaña que terminaría moldeando por medio siglo todo lo que entendemos como pop y rock.

 

Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band, 1967.

Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band: mi disco favorito de The Beatles

Por Carmen Duarte

Los discos conceptuales tienen buena reputación. Les dan street cred o prestigio a quienes los escuchan, ya que son “difíciles” y te ponen en el lugar de las personas que entienden un mensaje cifrado o el guiño de un ojo. Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band (1967) es el primer disco conceptual de The Beatles y fue la respuesta al Pet Sounds (1966) de The Beach Boys. Brian Wilson y compañía fueron los primeros en idear un disco pop de autor, una obra maestra llena de sol y armonías del aquí y ahora sesentero. Y cuando estás jugando en las primeras ligas, no quieres empatar. The Beatles decidió que iba a tener su disco insignia, pero ellos iban a mirar hacia atrás. Hacia los suburbios de Liverpool, a su infancia de la postguerra, a esos personajes excéntricos ingleses, siempre tragicómicos, que son como una marca país. Y con eso, lanzaron el disco conceptual más amable y cálido de todos.

Se sabe que The Beatles estaban cansados de los fans gritones y de las giras. Querían hacer música que no tuvieran que tocar en vivo. Querían algo grande y sofisticado, y lograron algo nuevo y joven. Entre sus cítaras, oboes y el bajo que ahora sigue las melodías en vez del ritmo, pareciera escucharse el sonido del big bang, ese que da inicio a la creación de nuevos límites para la música pop, y con eso, un territorio verde, como la campiña inglesa. Un mapa que The Beatles, a partir de este disco, amplió tanto como el mismo Imperio Británico. Está el germen, abriendo los ojos por primera vez, de muchos de los clichés que vendrían para el rock y para el pop: las drogas y la psicodelia, las rivalidades creativas, la búsqueda de lo verdadero y honesto, los alter egos, las distintas fases musicales de una banda, las nuevas tecnologías de grabación. Está todo ahí, porque Sgt. Peppers parece funcionar como el momento cero de cuando la música pop empezó a tomarse en serio a sí misma.

Y aún así, Sgt. Peppers se escucha vibrante, lozano a más de cincuenta años de su edición, como una reliquia de los Fab 4 entre las edades de 24 y 27, patilludos, chascones y de chaquetas de soldados de colores. Esa frescura está en todo el disco, con sus historias sobre el autoconocimiento, los amigos, la necesidad de sentirse libre, de que todo se vuelva mejor, todo el tiempo. Y, por supuesto, en la idea muy cool de tener una banda alter ego, los Sgt. Pepper´s Lonely Hearts Club Band para que entierren a The Beatles y ellos puedan renacer siendo capaces de hacer lo que les dé la gana, cumpliendo un sueño veinteañero casi de manual. Es quizá por eso que en Sgt. Peppers el tono conceptual parece no cerrar perfecto (la idea de la banda alter ego está explícita solo en dos canciones, pero es un estupendo gancho comercial) como sí sucede en Pet Sounds, donde el resultado es más redondo. Pero si los Beach Boys, el rival a vencer, gana por cerebro, el disco de The Beatles es un knock out de corazón, porque Sgt. Peppers en realidad es como una foto de unos tipos de bigotes dudosos que están haciendo su mejor esfuerzo para acercarse a la adultez, en sus propios términos.

Sgt. Peppers es un disco que ha crecido con gran parte de la gente que amamos la música. Siendo adolescente, probablemente lo primero que llama la atención son las drogas, el pelo largo y cierta aura de misterio cultivada con la incorporación de figuras como el mago Aleister Crowley o el escritor Edgar Allan Poe en la portada. Pero en la medida que pasa en el tiempo, cuando ya te has perdido y encontrado a ti misma, te has ido de la casa de tus papás, has tenido un día en la vida que va a quedar en tu memoria para siempre y te das cuenta cuenta que ya no estás tan lejos de tener sesenta cuatro años, y que sería lindo pasar los veranos en una cabaña con tus nietos, es que te cae la teja que Sgt. Peppers Lonely Hearts Club Band no es solo un mapa de la música pop, sino que de la vida misma. Uno al que siempre puedes volver, como una guía.

 

Magical Mystery Tour, 1967.

Magical Mystery Tour: inusitada andanza sónica

Por Nayive Ananías

Partió como una idea excéntrica de Paul McCartney: filmar una película, sin guion y con escenas improvisadas, donde un grupo de personas recorrería Inglaterra en autobús. En el periplo ocurrirían hechos inexplicables, confusos, inverosímiles, enigmáticos… y, entre interludios musicales, aparecerían los Beatles disfrazados de animales: John de morsa, Paul de hipopótamo, George de conejo y Ringo de pájaro.

Estrenada el 26 de diciembre de 1967 a través de la cadena BBC, todos confiaban en el rotundo éxito de Magical Mystery Tour, pero la prensa británica la destruyó: que era una bazofia, que carecía de argumento y que idiotizaba a la audiencia. “Podríamos haber cantado villancicos y haber realizado un espectáculo navideño de primera clase protagonizado por The Beatles con muchas guirnaldas falsas, como todos los demás […] Pero quisimos hacer algo diferente”, se defendía entonces McCartney.

Aunque la versión cinematográfica de Magical Mystery Tour fue un fracaso, la banda sonora contenida en un EP doble los redimió. Antes que se comercializara Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, el cuarteto de Liverpool retornó al estudio para grabar Magical Mystery Tour, una especie de apología a la ironía y la irreverencia. Ese sinsentido se vislumbra desde la carátula: una colorida imagen donde la fauna beatle se fusiona con tipografías estrelladas y en forma de arcoíris. Aquí, el conjunto no emuló un santoral con figuras canónicas de la cultura pop, como lo había conceptualizado antes en Sgt. Pepper’s. Más bien, rescató una fórmula ya probada: pensar la música como un collage.

El juego entre lo monofónico y lo estereofónico, así como la persistencia por la psicodelia —y el consumo de LSD, por cierto— definieron a Magical Mystery Tour. La exacerbada imaginería hindú fue sustituida por mellotrones, arreglos de cuerdas y bronces, interferencias radiales, coros texturados, voces intervenidas y sonidos acusmáticos.

Las once canciones de este álbum parecieran conducir al oyente por una excursión sónica: la contagiosa “Magical Mistery Tour”, con sus rellentandos inesperados y una coda con un bajo penetrante; la modulada “The Fool on the Hill” con esas flautas dulces que evocan a una ronda infantil; la instrumental “Flying”, con una atmósfera góspel y cintas rebobinadas; la etérea y algo oriental “Blue Jay Way”, sello inconfundible de Harrison; la rítmica “Your Mother Should Know”, una oda al music hall; la hilarante “I Am the Walrus”, la contestación de Lennon, con neologismos y referencias joyceanas, a quienes sobreanalizan las letras de los Beatles; la vivaz “Hello, goodbye”, una recriminación a la dualidad; las nostálgicas “Strawberry Fields Forever”, una mixtura entre rock y música indostaní, y “Penny Lane”, donde las remembranzas de McCartney se articulan con trompetas, piccolos, cornos ingleses y oboes; la cáustica “Baby You’re a Rich Man”, tema en escala mixolidia que increparía a Brian Epstein; y la majestuosa “All You Need Is Love”, una suerte de pastiche con reminiscencias bachianas y recurrencias motívicas de “La Marsellesa”, “In the Mood” de Glenn Miller y hasta “She Loves You”.

Versos iterativos, recursos versátiles y una pródiga instrumentación erigen a Magical Mystery Tour como una fascinante travesía, vertebrada por una arquitectura armónica a veces minimalista, a veces surrealista, a veces hipnótica.

 

The Beatles, 1968.

The Beatles: number 9

Por Nuno Veloso

El número 9 tiene ciertas propiedades matemáticas bastante interesantes. Cuando a un número cualquiera se le suma 9, el resultado de la operación sigue conservando el valor inicial. Ejemplo: 2 + 9 = 11. 1 + 1 = 2. Al multiplicar un número por 9, el resultado de la suma de los dígitos del resultado, siempre será 9. Ejemplo: 9 x 3 = 27. 2 + 7 = 9. El noveno disco de The Beatles es conocido históricamente como el Álbum Blanco, aunque realmente su título es simplemente The Beatles. Su portada, diseñada por Richard Hamilton, buscaba imperiosamente desmarcarse del rococó de su predecesor, Sgt. Pepper. Sin quererlo, la portada de Peter Blake había anticipado la muerte del quinto Beatle: su manager Brian Epstein, ocurrida dos meses después de la salida del disco, el 27 de agosto de 1967. Cuando el hecho aconteció, remeció a la banda, que se encontraba por esos días en un retiro junto al Maharishi Mahesh Yogi, en Bangor.

“Apaga los pensamientos. Sucumbe al vacío”, cantaba Lennon en “Tomorrow never knows” de Revolver, inspirado por el libro The Psychedelic Experience, un manual acerca del uso de drogas psicodélicas basado en el Libro Tibetano de los Muertos. Tras la muerte de Epstein, los Beatles también quedaron en blanco. Y el Álbum Blanco, en sí, es un objeto que —tal como el color que le identifica— refleja y dispersa todas las longitudes de onda de luz visible, sin absorver ninguna. Si el Dark Side of the Moon de Pink Floyd separa cada uno de los colores, el Álbum Blanco, los muestra todos ocurriendo simultáneamente.

Con la mente en blanco también, y en el retiro en India junto al Maharishi, utilizando solamente guitarras acústicas, germinaron “Julia” y “Dear Prudence” de John; “Blackbird”, “Mother Nature’s son”, y “I Will” de McCartney —que se da el disco el lujo de hacer las líneas de bajo con su voz. Pero, el que se suelta por completo es Harrison, deslumbrando con su versatilidad, pasando de “While my guitar gently weeps”, a lo burlesco de “Piggies” y el tono desolado de “Long, long, long”. Ringo, a su vez, deposita acá su primera original: “Don’t pass me by”.

Para 1968, el cambio en la dinámica que había mantenido unidos a los Beatles desde 1962 los estaba matando por dentro. Llevaban dos años sin tocar en vivo. Eran una banda de bar, y lo fueron desde los tiempos del Cavern y Hamburgo. Incluso en televisión se comportaban como tal. Ringo dice en la Anthology que, al contrario de Sgt. Pepper, en el Álbum Blanco hay una banda tocando —claro, solo que estaba cayéndose a pedazos. Pasado este punto, los Beatles seguirán vivos conectados al respirador artificial, intentando sacar a flote Apple Corps.

George Martin se repartió en tres estudios distintos, y futuros próceres de las consolas que se encontraban por entonces trabajando en EMI como Ken Scott (David Bowie, Elton John, Supertramp) o Chris Thomas (The Pretenders, Sex Pistols, Roxy Music) tuvieron que apoyar en las labores tras la partida de un hastiado Geoff Emerick. Los Beatles conocían de sobra el estudio, sabían lo que podían lograr y, ahora con 8 pistas en vez de 4, estaban luchando por espacio. Hasta Yoko Ono se dio el lujo de cantar un verso en “The Continuing story of Bungalow Bill” (es el único disco de los Beatles donde la van a escuchar cantar) y participó en la construcción de “Revolution 9”. Este delirio sónico, en 1974, fue uno de los antecedentes que llevaron a muchos a pensar que los Residents eran en realidad una resurrección de los Beatles.

El Álbum Blanco es un viaje que se inicia con el sonido de un avión, en ese remedo de los Beach Boys que es “Back in the USSR”, y que nos lleva del jazz vocal al ragtime; del blues, el country y el folk al hard rock; y del ska y el pop barroco a lo experimental. Todos los colores de la historia de la música popular del siglo XX están representados en El Blanco. Hay carreras enteras de bandas que se han construido intentando clonar satisfactoriamente una única canción de esta entrega, mención aparte el papelón de Radiohead robando la intro de “Sexy Sadie” para el puente de “Karma Police”. No en vano el disco termina diciéndonos “Good night”, ya que, después de él, solo queda soñar con hacer algo remotamente parecido. De Weezer y Primus a Metallica, o del Wowee Zowee de Pavement al Kiss Me Kiss Me Kiss Me de The Cure, el Álbum Blanco se transformó en un adjetivo. Todos quieren tener uno, pero es imposible. Nueve hay uno solo.

 

Yellow Submarine, 1969.

Yellow Submarine: solo para l@s de verdad

Por Pablo Retamal Navarro

Aclarémonos. No creo que Yellow Submarine (1969) sea el mejor álbum de los Beatles. Hay otros que sin duda están varios escalones arriba. Sin embargo, tomé la defensa de Yellow Submarine porque si de algo estoy convencido, es que se trata de un disco que es solo para los de verdad. Para los que realmente son fanáticos de los fab four. Es fácil ser fan de The Beatles escuchando los discos compilatorios rojo y azul (te vuelan la cabeza, sí), pero darse el tiempo de apreciar las canciones que los mismos Beatles consideraron como “material menor”, es signo inequívoco de que hay un interés genuino por la banda. Es decir, creo que pasar por Yellow Submarine es una especie de rito de paso, donde uno transita desde ser solo seguidor hasta ya ser derechamente militante de los Beatles. Esos son los de verdad.

Hablaba con mi dealer de vinilos hace un tiempo y ante mi pregunta de cuál era el disco de los Beatles que más le pedían, me dijo justamente Yellow Submarine. “Los fanáticos-fanáticos lo buscan desesperados para completar la colección, es como siempre el infaltable. No se quedan tranquilos hasta conseguirlo. Realmente se lo pelean”. Esos son los de verdad.

Yellow Submarine es una especie de luna eclipsada por esos dos soles que son el White album, con toda su crudeza, y el Abbey Road, con su majestuosa suavidad. Aún así, y pese a la subvaloración general que el cuarteto le dio al proyecto (odiaban la película y el soundtrack era un trámite), tiene momentos memorables. Solo para los de verdad.

Un ejemplo es “Only a Northern song”. Descartada de Sgt. Pepper’s lonely hearts club band, es una canción que emociona pese al canto cansino de George Harrison y a la poca seriedad con que sus compañeros se la tomaron, según cuenta el ingeniero de grabación Geoff Emerick en su libro El sonido de los Beatles (Indicios, 2011). La letra es sencilla, fácil de aprender y da cuenta de lo molesto que se encontraba George por esos días, en que prefería haberse quedado en la India en vez de estar encerrado en un estudio. El órgano del inicio es psicodelia pura, con las notas alargadas y el sonido arrastrado. Los platillos expansivos de Ringo, tocados a todo volumen, colaboran en otorgar cierta densidad y calidez a la canción y a su vez dándole carácter. En esa época eran más delgados, lo cual le daba ese sonido jazzero.

Mención aparte para “Hey Bulldog”, una verdadera joya del catálogo beatle, y que se encuentra en pocos compilados (solo en el Rock ‘n’ Roll Music, de 1976, y en el Yellow Submarine songtrack, de 1999) Hay gente que se la pierde solo por eso, siendo que es una de las mejores canciones que John Winston Lennon hizo en su vida. El riff del inicio, en piano y que luego dobla la guitarra, se ciñe a la vieja pero efectiva fórmula del manual: sencillo y melódico. Eso atrapa de inmediato al oyente. La letra, sin sentido, tiene una prosa ingeniosa que evoca a su ídolo Edgar Allan Poe. Además tiene la gracia que tuvo a todos los demás Beatles muy enchufados en la sesión de grabación. Harrison anduvo impecable con la guitarra, a morir con el fuzz, y clavó un solo agresivo y preciso (“una de las pocas ocasiones en que lo clavó inmediatamente”, cuenta Emerick) con el que noquea hasta al rockero más duro, de esos que ahora parecen de museo pero que no dejarán nunca de existir.

Solo con esta canción se justifica pasar por este álbum. Fue grabada antes del viaje del cuarteto a la India, en unas sesiones donde también se registraron “Lady Madonna” y “The inner light”, las que salieron como single como lados A y B, respectivamente. Lennon pujó para que “Hey Bulldog” fuese el lado A pero George Martin le dijo que las portadas del single ya estaban impresas. Una lástima. Acá los Beatles suenan crudos y rockeros como nunca, y la voz nasal y rasposa de Lennon le hace juego al sonido.

“Hey Bulldog” es como una versión ácida de Ty Segall, y que ha sido covereada por muchos artistas. Hay una imperdible de Elvis Costello, y para los más rockeros, hay unas de Alice Cooper —con solo de Steve Vai— y de Skin Yard, la banda de Jack Endino, en clave grunge con todo el sonido sucio Seattle.

Otro ineludible es “It’s all too much”. Grabada en las sesiones de Magical Mystery Tour, es un joya. Son los Beatles sonando psicodélicos como pocas veces. Es Tame Impala del Lonerism antes de Tame Impala, y sin hype ni Lollapalooza. Suena poderosa, con los amplificadores a tope, el bajo hipnótico de McCartney y Ringo aforrándole a su tambor Ludwig Jazz Festival. El tema se aprecia sobre todo en vinilo, con el órgano vaporoso del inicio captado en todo su color. La trompeta barroca es cortesía de David Mason, quien también la tocó en “Penny Lane”.

Una banda que leyó bien la psicodelia del tema es The Flaming Lips, quienes se despacharon una impecable versión en vivo, de ocho minutos de duración. Lisérgica y noqueadora al mismo tiempo. Comfort y música para volar. ¿Y el lado B? Las composiciones de sir George Martin para la película. Ok, es música sinfónica, pero diablos, ¿dónde has escuchado música sinfónica en un disco pop y que más encima ocupe una cara completa del vinilo? Solo para los de verdad.

Recomiendo escuchar este disco en vinilo (mejor todavía si es de época), con una buena cápsula y a todo volumen, estos discos se hicieron para eso. Filo con los vecinos (total, luego lo van a agradecer).

 

Abbey Road, 1969.

Abbey Road: el final y el inicio para entender a The Beatles

Por María de los Ángeles Cerda

Al pensar en The Beatles, casi de forma automática se viene la imagen de la carátula de Abbey Road, probablemente el retrato más copiado, imitado y revisitado no únicamente por los fans de la banda, sino también por los melómanos en general. Es un caso especial en que la masividad de la foto supera la de las canciones.

Para el fin de su carrera, The Beatles habían hecho de todo. Fueron las mayores estrellas del mundo, íconos adolescentes, filmaron películas, habían girado por cuatro continentes. Fueron la banda del Sargento Pimienta, los fabulosos 4 de Liverpool, los que expandieron el sonido de la música popular. En cada disco jugaron un rol, fuese contractual o creativo, pero en Abbey Road, despojados de la presión hacia el público y el sello, finalmente fueron ellos mismos. Esa honestidad es la que separa al último álbum grabado por los ingleses del resto de su discografía (entrando al juego de los fans de The Beatles en que teorizamos y le damos vuelta a todo).

Esta pureza no se tradujo a falta de esfuerzo, pese a que ya habían pasado por los momentos más tensos de su carrera, sino en un sentido de cooperación que dio frutos memorables en “Come together” y particularmente en “Something”, una de las mejores canciones que The Beatles hayan publicado. Inconscientemente sabían que se estaban despidiendo del grupo, y lo estaban haciendo de la manera más amigable posible, mostrando sus propios caracteres, compartiendo su historia, y pasando por distintos estados anímicos y estilos —sin que sonara a una mazamorra inentendible— para cerrar con su despedida, “The End”, una especie de declaración al mundo de que ya estaban listos para partir. También es el disco donde quizás se entiende en forma más clara la personalidad de cada uno de los músicos, donde George Harrison es el que brilla con más fuerza, gracias a sus melodías en la guitarra y la belleza de sus composiciones (“Something”, “Here comes the sun”). McCartney es el del oído pop, el que apela al doo wop —o como diría Lennon, la música que escuchaba su abuelita— como al rock y a la experimentación (“Maxwell’s Silver Hammer”, “Oh! Darling!”, “Golden Slumbers/Carry that Weight”), Lennon es más crudo y confesional, y trae de vuelta la influencia de Chuck Berry y suma el blues (“Come Together”, “I Want You (She’s So Heavy)”, mientras que Ringo no únicamente es lúdico (“Octopus’s Garden”, una especie de retrospectiva de “Yellow Submarine”) sino que también es capaz de crear un fraseo tan característico en la batería que es imitado por todas las subsecuentes generaciones (“Come Together”). Aun cuando todo esto suena excesivo, en el álbum todo se convierte en una historia que toma sentido. The Beatles fueron capaces de cambiar su sonido en cada disco, pasando desde el rock and roll más primitivo a la psicodelia, y Abbey Road comprime aquel viaje en una sola gran autobiografía magistralmente editada por George Martin. El resultado es superior a la suma de sus personalidades: Abbey Road se convirtió en el final y el inicio del camino para comprender a The Beatles y en una obra esencial.

 

Let it be, 1970.

Let it be: decir adiós

Por Marcelo Contreras

En mis recuerdos Let it be parte con “I’ve got a feeling”. Mi viejo grabó en la cara A de un caset el lado B del elepé y viceversa, y así quedó en mi memoria para siempre. En vez de los cristalinos acordes de “Two of us”, en mi disco duro el último álbum de la banda que lo cambió todo arranca con esa guitarra al acecho de la voz alterada de Paul, en una de sus interpretaciones más intensas. ”¡Todo lo que estaba buscando, alguien que se pareciera a ti!”, vocifera en alusión a Linda. El contrapunto con Lennon amortiguando la furia McCartney que llega a los gritos es fenomenal. John frasea como si estuviera puesto mientras inserta un par de temas, “Everybody had a hard year” y “Watching rainbows”. La química entre ambos resulta perfecta aún en días como aquellos cuando la banda se desintegraba inexorablemente.

*

Mi viejo hizo otra cosa. No grabó “Maggie Mae”, esa vieja canción sobre una puta de Liverpool que Lennon tocaba con The Quarrymen, y que puso a propósito inmediatamente después del tema “Let it be”, apestado de sus resonancias litúrgicas. Aquel caset terminaba con el tema homónimo, otro momento fulgurante de McCartney en un ánimo opuesto por completo al de “I’ve got a feeling”. Los Beatles se despedían tristes y resignados. “Déjalo ser” era el consejo que el bajista recibía en un sueño, las palabras de su madre muerta convertidas en una canción que irradiaba congoja y esperanza.

McCartney veía que la banda se desmembraba y este álbum es la batalla final para impedir el quiebre o al menos posponerlo. Un drama convertido en disco, un concepto más espontáneo y real que Sgt. Pepper’s. Los fulgores de esa pelea hacen brillar Let it be con melancolía, furia y también el humor pendenciero y cáustico propio de crecer en un puerto, en particular un par de dardos de Lennon que quedaron grabados aportillando la canción Let it be justo antes de los primeros acordes de piano —“y ahora nos gustaría hacer ‘Hark, The Angels come’” (un villancico inglés) dice impostando una voz infantil—, y “For you blue” de Harrison —“no hay nada de Elmore James en esto”— por los parecidos con “Madison blues” del músico fallecido en 1963.

Varios de los títulos como “Get back”, “The long and winding road” y “Let it be” se descifran como mensajes desesperados del zurdo a sus compañeros, en particular hacia John, cada vez más explícito en su intención de abandonar al cuarteto.

*

McCartney se sentía nostálgico de esa música que les había cambiado la vida cuando se despedían de la niñez y apostó por enganchar al resto en una pasión común: el rock crudo que les hacía sudar en Hamburgo y The Cavern. Por eso Phil Spector, cuya presencia marca otro punto excepcional de este álbum en la discografía Beatle —el único sin George Martin en los créditos—, nunca calzó para él. A pesar de Paul, el productor ahora convicto por asesinato hizo un trabajo brillante. Spector tomó el material cuando había sido archivado y descifró el ánimo de las sesiones donde Los Beatles aún podían bromear entre ellos pero a la vez asomaba el hastío de una convivencia de casi diez años. Trajo su barroquismo distinto al de Martin, la elaborada muralla de sonido que funcionó perfecto para retratar la caída definitiva del telón montando una especie de crepúsculo en algunos cortes imprescindibles, arreglos que resuenan como los créditos de una película épica con final amargo.

“The long and winding road”, ofrecida sin éxito por Paul a Tom Jones, tiene los mejores decorados sinfónicos de todo el cancionero beatle. Quizás “A day in the life” es más osada pero el coro y los golpes orquestales son los ropajes precisos para otra de las letras de McCartney que reportan su ánimo ante la inminente separación del grupo. “Across the universe” se eleva como una homilía cósmica mientras la canción que da nombre al disco resuena a canto fúnebre de pop perfecto que adelanta al soft rock que reinaría en los 70. Nada más simbólico que Los Beatles despidiéndose con señales del futuro.

*

La ausencia de George Martin se refleja también en la dualidad de álbum en vivo y de estudio, oferta única en toda la discografía beatle. Aunque llevaban tres años sin tocar en directo, Paul, John, George y Ringo actuaron contundentes y aceitados ese mediodía del 30 de enero de 1969 en un gélido Londres de pleno invierno. El edificio a sus pies, la casa matriz de Apple que de encarnar un sueño mutó en pesadilla administrativa y financiera —causa de una buena parte de sus desavenencias más que la presencia de Yoko como insisten los tozudos—, fue el mejor punto final posible para el grupo.

El título tentativo era Get Back pero terminó acogiendo con mayor sentido la significancia de Let it be. Déjalo ser. Ya está. Ya fue.

La historia terminó y estas canciones con distintos estados anímicos muestran a Los Beatles vulnerables y sinceros, ruidosos y crepusculares, retratados en una carátula clásica, entre las mejores portadas de la banda ya adultos, chascones y experimentados cuando ni siquiera tenían 30 años.

Habían liderado una revolución sin bajas para un cambio cultural persistente e inigualable. Dijeron adiós con estas canciones, la crónica de la despedida, la enésima genialidad de su bitácora. Decir con música conmovedora, sencilla y directa que la aventura había concluido.

Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars