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Versus: ¿Cuál es el mejor disco de Nirvana?

Versus: ¿Cuál es el mejor disco de Nirvana?

En una nueva batalla musical, los críticos de Culto, Andrés Panes y Nuno Veloso, enfrentan sus lecturas del que aseguran es su disco preferido de la banda de Seattle. Mientras uno aplaude Nevermind, el otro elogia In Utero.

Nirvana en 1991.

Nevermind: equilibrismo

Por Andrés Panes

A Kurt Cobain lo mató la moral punk. Vivía avergonzado de sí mismo por sus logros y por lo famosas que se volvían sus canciones. Aunque una parte suya disfrutaba en secreto el éxito, gozar sus privilegios lo hacía sentir sucio. Si las contradicciones son la puerta para entender a una megaestrella, las de Cobain resultan particularmente decidoras. Sólo una mente así de atribulada podría haber concebido un acto de equilibrismo tan prodigioso como Nevermind, masivo y underground al mismo tiempo, cincuenta y cincuenta entre pulido y deslavado. El segundo disco de Nirvana es el mejor de su catálogo porque captura a Cobain justo después de venderse, pero antes de sentirse un vendido. En la época de Bleach, el mainstream ni siquiera era un sueño. En la de In Utero, ya era una pesadilla. Ambos discos me parecen superlativos, pero, puestos al lado de Nevermind, la precariedad del debut y la crudeza impostada del tercero son como una neblina que no deja apreciar el paisaje.

Después de fichar por Geffen, sugeridos por Sonic Youth, con los que mantenían un vínculo de mutua admiración, Cobain tomó el micrófono en varios shows para bromear acerca de su contrato con una multinacional. Aunque se ponía el parche antes de la herida, era una época en la que aún le parecía motivo de chiste pertenecer a la América corporativa que, en tiempo récord, acabó engullendo (y regurgitando en forma de producto) todo lo que consideraba sagrado. Como sabe cualquiera que se haya sumergido en el mundo de Nirvana, el sentido del humor de Cobain siempre fue uno de los motores creativos del trío. La ironía del líder les daba un condimento lúdico ausente en otros grupos de su generación. Para mí, Nevermind es como esas películas donde el protagonista rompe la cuarta muralla. Sé que fue una superproducción diseñada para las radios y MTV, pero puedo ver a Kurt Cobain dirigiéndose a la cámara para hablarle a los espectadores y decirles “hey, yo estoy con ustedes en esta gran broma donde pretendemos ser rockstars”.

Nirvana.

Creo que esta anécdota sobre su primera visita a Los Angeles lo dice todo. Antes de la gran explosión del disco, un ejecutivo disquero fue a buscarlos al Sheraton y los encontró en la pieza confundidos por la presencia de un pequeño refrigerador. Nunca antes se habían hospedado en un hotel con minibar. Nevermind fue hecho sabiendo que, en una de esas, podían darle el palo al gato, pero los cabros que lo grabaron todavía eran inocentes. El nivel de romanticismo de Cobain era de una candidez sobrecogedora: la escena de la que salió Nirvana era un oasis ideológico en el que no importaba hacer todo artesanalmente mientras fuese genuino. Esa pureza se iría luego al carajo, pero en Nevermind todavía es un elemento determinante y característico. Es una lástima que un disco tan hermoso significara, a la larga, la entrada de un músico tan sensible como Cobain a un callejón ético sin salida.

 

Nirvana en 1993.

In Utero: sin disculpas

Por Nuno Veloso

Cuando llegó Nevermind todo cambió. La brecha que abrió permitió que muchas bandas underground se abrieran paso y lograran tener su momento en MTV. Pasó con varias que estaban en la lista de los discos favoritos de Cobain y otras que aparecieron después, colándose. Si los noventa me parecen una época gloriosa es porque era posible la coexistencia en radio y televisión de proyectos completamente diferentes y atípicos como Tori Amos, Tool, Björk o Suede, todos conviviendo entre sí. Por supuesto, los ojos de los big bosses de los sellos querían repetir la hazaña en su momento. Pero aún no habían comprendido muy bien cuál había sido el mecanismo que había permitido el éxito desconcertantemente lucrativo de Nirvana.

Desde la comodidad de estar tirado en el patio del colegio escuchando mi walkman, Nevermind me llegó. Los noventas también fueron maravillosos por los CDs. Calidad de sonido sorprendente y portátil, ideal para escuchar los gritos de Cobain y esas guitarras lacerantes pero enchapadas en chorus. Recuerdo muy bien la locura de llevar discos al colegio, prestarlos y grabarlos en casete de cromo. Conocí mucha música así, sobre todo cuando unos compañeros que habían estado de intercambio llegaron de Estados Unidos con un montón de discos, ya que mientras estuvieron allá se hicieron miembros de estos típicos clubs de los sellos, que ofrecían suscripciones anuales a compromiso de comprar una cierta cantidad de álbumes. Por unirte, te mandaban títulos de regalo. Por supuesto, nunca pagaron nada porque estaban de intercambio, y se trajeron todo dejando a los sellos pagando. Venían con discos como el Siamese Dream de los Smashing Pumpkins, el Become What You Are de The Juliana Hatfield Three o el MTV Unplugged de los 10.000 Maniacs.

Nirvana.

Pero, en medio de esa fiebre, algo hacía especial a Nirvana. Y era que cualquiera podía tocar su música. Recuerdo muy bien ver a compañeros tratar de sacar “Smells Like Teen Spirit”, yo mismo maravillarme en mis primeros intentos con la guitarra al sacar la progresión de acordes de “Lithium” y darme cuenta de lo deliciosamente pegajosa e intrincadamente simple que era. ”Polly”, “Something In The Way”, “In Bloom”, todas te invitaban a agarrar una guitarra e intentar sacarlas. Si Nevermind era el equivalente a A Hard Day’s Night, cuando llegó In Utero eso fue como el White Album. Y ese era mi favorito de los Beatles. Años después, uno se enteraría de que Cobain quería que el disco fuera mucho más sucio aún, pero eso era completamente irrelevante. La obra ya estaba afuera, y todos lo conocimos así. Y, aunque pasado por un cedazo, el filtro era incapaz de contener la energía y el desenfreno animal de la banda. Si el pop de Nevermind daba ganas de agarrar una guitarra con la ilusión de que cualquiera podía tocarla, el sonido era el límite. Acá, cualquiera podía tocarlo y definitivamente sonar así. Cualquiera que haya entrado con un par de amigos a una sala de ensayo por primera vez tratando de tocar un par de covers, conoce las propiedades hipnóticas de ese sonido precario.

In Utero es el mejor disco de Nirvana no porque sus canciones sean mejores –el oficio sigue estando ahí: “Serve the servants”, “Heart-shaped box” o “Rape me”, son totalmente oreja- sino porque tiene también vísceras al descubierto, como en la portada. “Radio Friendly Unit Shifter”, “Tourette’s”, o “Milk It”, eran erupciones de sonido, gritos primales que, en una edad en la que uno (cree que) tiene mucho que decir pero no sabe cómo decirlo, y cuando todo adentro de uno hace erupción a la vez, se transformaban en el dialecto perfecto.

Cuando Cobain murió, dejó mucho sin decir. Pero con In Utero había entregado un lenguaje para que todos dijeran lo suyo. Y aunque para construirlo tomó prestado de muchos otros que vinieron antes, a cada uno le devolvió la mano con creces cuando MTV dejó abierta aquella ventana que permitió toparse con maravillas como Pavement, Pixies, Sonic Youth o Dinosaur Jr. No sé si alguna vez lo supo, pero no tiene nada de qué disculparse.

 

¿Nevermind o In Utero? Los críticos musicales de Culto debaten sobre cuál es el mejor disco de Nirvana: https://bit.ly/31gEdZ0

Posted by Culto on Wednesday, August 7, 2019

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