Culto
En la era del post-rock los Guns N’ Roses no asustan a nadie

En la era del post-rock los Guns N’ Roses no asustan a nadie

Aparecido un día como hoy en 1987, Appetite for destruction es un disco ruidoso que sin embargo hace cumbre en sus baladas, ese momento en que la banda de Axl Rose y Slash nos dice que detrás de la fachada dura, impenetrable, hay algo parecido a un corazón que late.

¡Son unos verdaderos forajidos!

Ese fue el alarido primal que Carlos Saúl Menem, a la sazón presidente argentino en diciembre de 1992, emitió cuando los Guns N´ Roses pisaron este suelo por primera vez. “Yo los hubiera prohibido”, remató, pero luego, acaso aconsejado por un asesor improbable, fue prudente: “En el mundo nos hubieran criticado de autoritarios, así que no lo hice”.

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Pocos recitales en Argentina estuvieron tan atravesados por la crispación como aquel, y creo que luego de esa experiencia nunca más el rock volvió a “asustar” a un país. En ese sentido fue un canto de cisne. Los Guns llegaban en la cima de su talento creativo; estaban presentando Use your Illusion, el doble consagratorio que los convertiría por unos días en la banda más grande del mundo. En 1992, además, Buenos Aires no tenía mucha experiencia en recitales masivos. En los años ochenta habían desembarcado en el país bandas como Queen y The Cure, pero la convertibilidad monetaria, instaurada apenas un año antes, abría las puertas a una modalidad poco explorada.

Guns N’ Roses.

Yo tenía 9 años y los Guns N´ Roses eran ya una banda importante en mi vida. Recuerdo que seguí los acontecimientos con una gran atención, como si presenciara un melodrama oscuro que de algún modo me implicaba. Alguien echó a correr el rumor de que Axl Rose había quemado una bandera de Argentina, y ese mito improbable se tomó como una verdad incontrastable, décadas antes del imperio de las fake news. Qué delirio. La banda no daba conferencias de prensa, jamás concedían entrevistas, y hasta les habían dedicado a los periodistas “Get in the Ring”, una canción incendiaria, ultraviolenta, donde mencionaban a los que odiaban con nombre y apellido. Pero su visita a Buenos Aires se puso tan densa que Axl tuvo que ofrecer un reportaje, en horario central, para aclarar que no odiaba a nuestro país y que, siendo sincero, ni siquiera sabía muy bien dónde estaba. Grabé esa entrevista en VHS, la vi millones de veces. “No sé quién dijo eso, pero preferiría quemarlo a él”, soltó el cantante de los fríos ojos azules esa noche.

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Como todas las megaestrellas que llegaron al país durante esos años, los Guns N´ Roses se alojaron en las cómodas habitaciones del Hyatt Hotel del bajo porteño. Es un edificio icónico, precioso, que tiene un único balcón que corta al medio la fachada y delata la ubicación de la suite presidencial. A ese balcón, memorablemente, salió Slash, saludó a la gente que le gritaba desde la calle, se bajó los pantalones y mostró el culo. Esas nalgas decoraron las tapas de los diarios del día siguiente.

Pero el hecho traumático de esa estadía llegó cuando una fanática a la que sus padres prohibieron asistir al concierto se suicidó. Se llamaba Cinthia. Cuando su padre la encontró muerta, con una pistola en la mano, tomó el arma y también se mató.

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Toda esa mística acumulada, que bajaba por primera vez a Latinoamérica a principios de los noventa, había empezado en 1987 cuando lanzaron, un 21 de julio, Appetite for Destruction, su primer disco verdaderamente emblemático, un disco ruidoso y no del todo bien grabado que sin embargo contenía, al menos, tres clásicos instantáneos: “Welcome to the jungle”, “Paradise city” y “Sweet child o’ mine”. La portada hoy parece un chiste, una caricatura, pero en su época tuvo en efecto pregnante (incluso hubo una versión previa, bestial; una ilustración en la que un robot violaba a una chica, que tuvieron que reemplazar porque las disquerías se negaron a distribuir el disco). ¿Quiénes eran esos “músicos peligrosos”, dibujados como calaveras, clavados en una cruz? Todo en ellos era exagerado, pletórico. Siempre alguien estaba tomando whisky, siempre alguien fumaba o estaba drogado; su postura era la de chicos malos, duros; motos caras, camperas de cuero raído, ojos rojos y un pelo largo y batido, último estertor capilar de la década del ochenta, que inyectó un volumen escandaloso a las cabelleras del rock.

“Welcome to the jungle” era la canción con la que siempre abrían las giras. Es, efectivamente, una auténtica canción de bienvenida: los acordes dilatados, reverberados hasta la exageración, y el grito agudo del cantante flaco que te invitaba a entrar a un lugar denso, impreciso, como si te invitara a una fiesta prohibida, a probar una droga desconocida: “¿Sabés dónde estás? Estás en la selva, nena. Y vas a morir”, anunciaba, estableciendo las bases teóricas del disco. Hoy, con el trap y el reggaeton, en la era del post-rock, Appetite for Destruction no asusta a nadie. No me animo a googlearlo, pero es posible que hasta exista la versión para bebés.

Guns N’ Roses.

Axl y Slash eran, en esa época, la fórmula arquetípica de la dupla rockera: cantante carismático, guitarrista taciturno y mala onda. Uno era venerado por las mujeres (Axl), el otro por los hombres (Slash). Desde Jagger y Richards, toda banda que se precie tiene que replicar ese modelo. Cumplían, además, con otro de los elementos tácitos de ese tipo de bandas planetarias: el primer baterista fue expulsado por ser demasiado trash. Los escenarios sobre los que tocaban eran inmensos, de modo que verlos en vivo era un poco inquietante: parecían personas incomunicadas, como si no hubiera intimidad posible entre ellos. La verdadera amistad entre las estrellas de rock siempre es un misterio, y nunca terminamos de saber si son grandes camaradas o solo personas que están juntas por el negocio, compañeros de trabajo.

Como buen disco de hard rock, Appetite for Destruction hace cumbre en sus baladas, ese momento en el que la banda nos dice que detrás de la fachada dura, impenetrable, hay sin embargo algo parecido a un corazón que late. “Sweet child o’ mine” es eso. La letra no puede ser más cursi, y sin embargo no deja esa impresión (acaso porque no tiene importancia). Todo en ella, el objeto amado al que se le canta, le recuerda al narrador su propia infancia. La sonrisa, los ojos azules: estructurado sobre una serie de clichés irrompibles, los acordes abiertos, mayores, le confieren a la letra intimista una sensación de euforia, de día soleado. Y luego están, claro, los solos de guitarra de Slash, prodigios incuestionables del buen gusto. Los solos de Slash se inscriben en la noble tradición de los que se pueden tararear. Son melodías, líneas que se pueden tocar con la mano, como un dibujo en el aire. Su postura arriba de un escenario, con la Gibson Les Paul apuntando siempre hacia arriba, parece la de un pintor soltando pinceladas al aire. La galera y el pelo sobre el rostro terminan de darle sentido al conjunto.

Guns N’ Roses.

Appetite for Destruction está en el puesto número 11 de los discos más vendidos de la historia de los Estados Unidos. No es un dato menor, aunque la lista está encabezada por un álbum imposible de adivinar: los Greatest Hits de Eagles. Cuando Appetite for Destruction se lanzó, los Guns N Roses se convirtieron inmediatamente en la quintaesencia de lo norteamericano: angelinos, orgullosamente capitalistas, bravucones, ante cualquier oportunidad sacaban a flamear la bandera de las barras y las estrellas, e incluso la bandera confederada. Eran demasiado norteamericanos, si algo así fuera posible. En cierto sentido, se diría que el Brit Pop, que nacería unos años después, fue la reacción instintiva, europea, a esos hombres que parecían estar siempre a punto de englutir un Big Mac.

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¿Se puede escuchar, hoy, ese disco? ¿Sobrevivió bien a la prueba soberana del tiempo? Appetite es un disco de juventud, Use your Illusion es un disco de madurez. En ese sentido, quizás el segundo haya superado con mayor dignidad el cambio de siglo.

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Hace unos años vivía en una casa en el barrio de Caballito, en Buenos Aires, a pocos metros de la cancha de Ferrocarril Oeste. Todos los sábados escuchaba el grito de la tribuna festejando un gol de su equipo (el silencio denotaba otra derrota frustrante) y, cada tanto, se filtraban por las comisuras de las ventanas los sonidos de algún recital. Un barrio es un lugar lleno de fantasmas y en la zona norte de Caballito todos pululan alrededor de ese estadio. A diferencia de la cancha de River, además, la de Ferrocarril Oeste está clavada entre edificios, lo que materializa la vieja expresión según la cual un espectáculo es “para alquilar balcones”. ¿Podía yo alquilar mi terraza para que otros escucharan, los sábados y domingos, el murmullo de la tribuna, el rugido colectivo de un gol, el lamento sordo de un penal errado?

Guns N’ Roses.

Y fue entonces que un día de calor escuché unos acordes que no podían salir de otra guitarra que no fuera la Gibson Les Paul dorada de Slash. Bajo el influjo de una fuerza telúrica, salí a la terraza y me acomodé en una silla. ¿En qué año estoy?, me pregunté varias veces, desorientado, mientras los acordes de “November rain” caían como gotas sobre la declinación de una tarde de verano. Esto es vivir en una ciudad, me dije, en un rapto de euforia urbana.

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Supongo que esa fue una reparación, el cierre de un bucle que había empezado en 1992 cuando la banda era la misma y era otra y llegaba por primera vez a un país que sentía que se estaba modernizando y que se aterraba con esos tipos que siempre tenían una botella de Jack Daniel’s en la mano cuando un fotógrafo andaba cerca. Esa noche, desde mi terraza del barrio de Caballito, el tiempo produjo uno de sus hiatos, una de sus parábolas. Escuché el recital completo de los Guns N´ Roses y, por fortuna, no los vi: su imagen, hacia el año 2010, era intolerable. Axl estaba hinchado por las pastillas y apenas se podía mover. Pero su voz se había preservado, o quizás yo la quise escuchar así: como la voz del flaco de pelo cobrizo de antaño, ese que soltaba agudos imposibles, corría sin parar de una punta a la otra del escenario y usaba una remera blanca, con la cara de Jesucristo, que decía: “Matá a tus ídolos”.

Sobre el autor:

Mauro Libertella |
Escritor argentino. Autor de Mi libro enterrado, El invierno con mi generación y El estilo de los otros. En 2017 fue escogido por el Hay Festival como parte del grupo Bogotá 39, que reúne a los mejores escritores de América Latina menores de cuarenta años.