Culto
Syd Barrett: Yippee! No puedes verme, pero yo sí a ti

Syd Barrett: Yippee! No puedes verme, pero yo sí a ti

“I know where Syd Barrett lives”, la canción de Television Personalities, encapsula como ninguna otra el culto que rodea a la figura del ex compositor, vocalista y guitarrista de los nacientes Pink Floyd. De algún modo, el retiro de Barrett del mundo público siempre fue un enigma cuyas respuestas se fueron con él, el 7 de julio de 2006, al fallecer debido a un cáncer pancreático.

“I know where Syd Barrett lives”, la canción de Television Personalities, encapsula como ninguna otra el culto que rodea a la figura del ex compositor, vocalista y guitarrista de los nacientes Pink Floyd. De algún modo, el retiro de Barrett del mundo público siempre fue un enigma y, con el pasar de los años, el mito crecía con cada aparición del lunático de Cambridge en las calles. Casi de forma espectral, Syd se materializaba en cualquier lugar o, mejor dicho, todo el mundo creía verlo en cualquier lugar. “Yippee! No puedes verme, pero yo sí a ti”, cantaba en “Flaming”, en aquella alucinante placa debut de los Floyd. Y, en cierta forma, nadie vio jamás al verdadero Syd.

Pink Floyd en 1967: Nick Mason, Rick Wright, Roger Waters y Syd Barrett. Foto: Michael Ochs Archives / Getty Images.

Un eco de un tiempo distante

“Es otra de estas historias estúpidas. La idea de que Syd sea un espectro que anda dando vueltas sobre nosotros es una completa mierda”, dijo David Gilmour a Mike Watkinson y Pete Anderson en el libro Crazy Diamond, the Dawn of Syd Barrett and Pink Floyd (Omnibus Press, 2006), a propósito de una serie de insólitas fotografías tomadas el 5 de julio de 1975 en un partido de cricket entre los miembros de Pink Floyd y la gente de Blackhill —sus managers—, en la mañana misma del día en que Pink Floyd se presentaba en Knebworth. Sorpresivamente, Syd Barrett aparecía en algunas de ellas, casi como un fantasma. Roy Harper, el cantautor cuya voz toma el papel protagónico en la canción “Have a cigar”, del disco Wish you were here, quedó estremecido al notarlo: “Había esta figura subida de peso, calva, parada de hecho justo a mi lado en una de las fotos, pero nadie se acordaba de haberlo visto ahí en ese momento”.

Fue justo en las sesiones de grabación de la canción “Shine on you crazy diamond”, poco antes del incidente de las fotografías, que sus ex compañeros de banda le vieron en persona, en los estudios Abbey Road. Syd, apareció de imprevisto y se quedó después a la recepción de boda de Gilmour y su primera esposa, Ginger, la cual se efectuó más tarde. De aquella reunión desapareció sin que nadie lo notara. Exceptuando un encuentro con Waters años después, también sorpresivo y del cual Barrett saldría arrancando tras avistar al bajista, aquella sería la última vez en que todos le verían. Storm Thorgerson, el hombre detrás de las carátulas y los diseños de Pink Floyd recordó el incidente en la recepción, para el libro de Watkinson y Anderson: “Dos o tres personas lloraron al verlo. Él se sentó por ahí y habló un poco, pero estaba realmente en otro lugar”.

Nick Mason, en Inside out: a personal history of Pink Floyd (Weidenfeld & Nicolson, 2004), recuerda ese extraño momento: “Encontrarse con Syd en la calle hubiera sido desconcertante, pero topárselo sin previo aviso en el ambiente del estudio era algo particularmente alarmante. Además no era cualquier estudio, era el estudio 3 de Abbey Road, donde había hecho su trabajo más grande, y que alguna vez fue territorio suyo más que de cualquier otra persona. Era fácil hacer un paralelo con Peter Pan regresando a casa para encontrar su casa aún ahí, pero con a gente cambiada. ¿Acaso esperaba encontrarnos tal como estábamos siete años antes, listos para trabajar con él otra vez?”.

Con Syd en el estudio 3, la banda intentó seguir grabando. De acuerdo a Mason, a Syd se le quiso mostrar la canción en la que trabajaban —“Shine on you crazy diamond”— y posteriormente se le pidió la opinión. Cuando la banda quiso escucharla por segunda vez, Syd dijo que no tenía sentido hacerlo, porque ya acababa de oírla. “Tengo un televisor y un refrigerador. Tengo unas chuletas de cerdo en el freezer, pero como se van acabando tengo que comprar más”, fue la respuesta que Syd le dio a Gilmour cuando, después de la sesión, su ex compañero le preguntó cómo estaba sintiéndose últimamente. La aparición de Syd permeó el final de “Shine on you crazy diamond”, haciendo que Rick Wright colara un par de notas de “See Emily play” en el final.

Syd Barrett. Foto: Michael Ochs Archives / Getty Images.

En las puertas del alba

Para diciembre de 1971, y a la edad de 25 años, Syd Barrett ya estaba progresivamente desvaneciéndose. Sin querer, había dado su última entrevista. Una conversación fragmentada y dispersa fue la que tuvo con su amigo Mick Rock y que apareció en Rolling Stone. “Estoy desapareciendo, evitando la mayoría de las cosas”, dijo a su amigo. “No solía ser tan introvertido. Creo que la gente joven debería pásalo bien, pero yo nunca parezco divertirme”, le comenta Syd a Mick mientras le hace notar los colores de las rosas que se ven a través de la ventana. “No creo que sea muy bueno para hablar. Tengo una mente muy irregular. Y no soy nada de lo que tú creas que soy, de todas formas”. Pasando la mayoría del tiempo en un sótano, rodeado por sus pinturas y por discos, amplificadores y guitarras, debajo de la tierra y escondido como un topo, parecía estar más seguro.

-Topo, temo que estamos en problemas. El pequeño Portly está desaparecido nuevamente. Y tú sabes lo mucho que su padre piensa en él, aunque nunca lo diga”.

-¿Qué? ¿Ese niño? –dijo el Topo, levemente. Bueno, supongo que sí, ¿Por qué preocuparse? Él siempre anda escabulléndose y se pierde, y luego vuelve a aparecer. Es muy aventurero. Pero nunca termina dañado. Todos acá saben de él y les cae bien, tal como les cae bien el Otter, y puedes estar seguro de que otro animal se encontrará con él y lo traerá y estará bien. Nosotros mismos lo encontramos una vez a millas de casa, compuesto y animoso.

-Sí, pero esta vez es más serio –dijo la Rata, con gravedad. Él ha estado perdido por algunos días ya y los Otters han buscado por él en todas partes, sin dar con ninguna pista. Y le han preguntado a cada animal que han podido también, millas a la redonda, y nadie sabe de él. Otter está evidentemente más preocupado de lo que va a admitir. Pude sacarle la información de que el joven Portly no ha aprendido a nadar muy bien aún, y sé que piensa en la zanja. Hay mucha agua que corre aún por ahí, considerando esta época del año y ese lugar siempre ha despertado una fascinación en ese niño. Y bueno, también hay trampas y cosas por ahí. Tú sabes.

The piper at the gates of dawn, el debut de Pink Floyd y único álbum con Barrett como líder y compositor principal, fue bautizado por el capítulo del mismo nombre de uno de los libros infantiles favoritos de Syd: El viento en los sauces, de Kenneth Grahame, publicado en 1908. En aquel fragmento que dio nombre a la placa, el pequeño y aventurero Porty desaparece de repente y nadie parece encontrarle. En cierta forma, una metáfora del destino que le aguardaba a Syd más allá del alba.

En noviembre de 1976, y con la esperanza de hablar con Barrett para completar un especial de seis partes sobre Pink Floyd para Capital Radio, el DJ Nicky Horne llegó al Hilton Hotel de Park Lane en Londres, donde el errante se encontraba temporalmente. Horne se encontró con un hombre calvo y con sobrepeso, al cual no reconocía. El hombre, con expresión dolida simplemente contestó: “Syd no puede hablar”. Desconcertado y pensando que se trataba de un roadie, Horne llamó a David Gilmour para contarle lo sucedido. Lo cierto es que Syd Barrett, el personaje —y el apodo que alguna vez le dieron sus compañeros en los scouts— ya no existía. “Había llegado a odiar ese nombre”, comentó su hermana Rosemary a Rob Chapman en el libro Syd Barrett: a very irregular head (Da Capo Press, 2010).

Syd Barrett. Foto: Michael Ochs Archives / Getty Images.

Oscurecido por las nubes

“Las drogas no causan estas cosas, las drogas son un catalizador, si quieres llamarlo así. Primero esto tiene que estar en tu cerebro. Hay gente que toma ácido todos los días y después no le pasa nada y sale bien. Sé que él tomaba un montón de ácido, pero aún pienso que si no lo hubiese tomado hubiera terminado estando igual”, dijo Rick Wright a The Pringle Show, en Montreal Radio a fines del 78. “No sé cómo es él en su cabeza, porque no habla. Y eso es muy triste”.

Solo quienes conocían a Syd de cerca —como sus familiares y sus ex compañeros de banda— sabían lo difícil que era intentar comunicarse con él. Para aquellos que se aferraban al misticismo de su figura, Syd era una suerte de gurú alucinado y visionario con el que anhelaban colaborar y rescatar de su aislamiento. Jimmy Page, David Bowie y Brian Eno fueron algunos de los pesos pesados interesados en trabajar con él a mediados de los setenta. En medio de la germinación del punk, The Damned intentó que su segundo disco contara con él como productor, pero debido a la imposibilidad de contactarlo recurrieron en cambio a Nick Mason. Los mismísimos Sex Pistols, a pesar de que Johnny Rotten andaba luciendo una polera que decía “I hate Pink Floyd”, aunque aborrecían Dark side of the moon, idolatraban la etapa temprana de la banda y tenían planes de que su debut —y único álbum, por cierto— fuese producido por Syd.

En 1976, en entrevista con Street Life, Roger Waters estalló en contra del culto: “Nadie sabe de qué habla. Solamente nosotros, la gente que le conoció y que aún lo conoce un poco, solo nosotros sabemos los hechos. Estos periodistas con su basura me hacen reír. De hecho, esa canción ‘Shine on…’ la escribí para ver las reacciones de aquella gente que dice saber y comprender a Syd Barrett. Está ese sentimiento en la composición, no sé, eso indefinible, la melancolía inevitable de la desaparición de Syd. Porque él se ha ido, se ha retirado a un lugar tan lejano —por lo que sabemos nosotros— que ya no está acá”.

Gilmour coincidió con Waters según lo expresado a Musician magazine, en 1982: “Es triste que toda esta gente crea que él es una leyenda viva. Él tiene cosas incontrolables en él con las cuales no puede lidiar, y la gente cree que eso es sorprendente, maravilloso, una cosa romántica. Es simplemente algo triste, se trata de una persona agradable y talentosa que se ha desintegrado. La historia de Syd es una historia penosa que la gente que no tiene idea de él ha dotado de romanticismo. Lo han convertido en una moda, y no es así”.

En 1984, el 28 de abril la banda de post punk Television Personalities abrió el show de David Gilmour en el Hammersmith Odeon, parte de su gira para About Face. La canción de la banda de Dan Treacy en homenaje a Barrett, “I know where Syd Barrett lives” fue parte del set, el cual incluyó un par de compases de “Set the controls for the heart of the sun” y una versión de “See Emily play”. Sin embargo, en medio del show, a Treacy se le ocurrió leer en voz alta la dirección verdadera de Syd Barrett a todos los presentes. Luego de aquel incidente, fueron reemplazados en las siguientes fechas por Billy Bragg.

Pink Floyd con Barrett. Foto: Michael Ochs Archives / Getty Images.

Y, a propósito, ¿cuál de todos es Pink?

Unos años antes de aquellas declaraciones de David, en 1979, las royalties de Syd habían alcanzado su nivel más bajo y tuvo que dejar de vivir en Londres, regresando con su madre a Cambridge. Ahí sufrió un colapso mental al poco tiempo, y tuvo un ataque de ira bajo el cual hizo destrozos en el domicilio. “Mi madre tenía setenta años y estaba bien asustada, así que eventualmente tuvo que venir con nosotros y se quedó acá por casi diez años, hasta que murió”, declaró Rosemary a Rob Chapman. Tras el incidente, Syd estuvo en el recinto psiquiátrico Fulbourn, en las afueras de Cambridge, donde le dieron de alta rápidamente aludiendo a que poseía un desorden de personalidad y estaba fuera de sus manos el tratamiento. “Simplemente lo mandaron de vuelta donde mi madre”, dijo su hermana. “Podrían haberlo sedado, dado algo, cuidado de él o decirle a mi madre cómo lidiar con ello”.

Durante los años que siguieron, Gilmour expresó esperanzas de una reunión, la cual nunca pudo gestarse debido a la protección ejercida por Rosemary. En 1996, Rick Wright, explicó a Mark Blake —autor de Comfortably Numb (Da Capo, 2008): “No lo vemos porque, aparentemente, cuando le recuerdan a Pink Floyd o los tiempos en que estuvo en la banda, cae en depresiones que duran semanas. Su madre nos pidió que nos mantuviéramos lejos hace unos años. La mayoría del tiempo parece que está feliz, pero ver nuestros rostros puede gatillar una recaída”.

Uno de los fans de Barrett, el ex líder de los Soft Boys, Robyn Hitchcock, sugirió una teoría al biógrafo Chapman: “Syd tenía un talento muy crudo y sin diluir, lo cual es la razón por la que se acabó tan rápido. Lo que lo construyó, también lo destruyó”.

El martes 11 de julio de 2006, el rumor de la muerte de Barrett empezó a esparcirse. Alan, uno de los hermanos de Syd, confirmó el fallecimiento del alguna vez líder de Pink Floyd, ocurrido cuatro días antes. “Murió en paz en su hogar. Habrá un servicio privado para la familia en los próximos días. Ahora deseamos estar solos”. En el Melody Maker, Richard Williams escribió: “Pocos músicos personificaron las posibilidades y los peligros de los sesenta tan claramente como Barrett, cuya decisión de abandonar la vida pública hace más de tres décadas precipitó un interés creciente no solo en su breve carrera como pionero del rock, sino que también en la curiosa historia de su decisión de renunciar también a la música”.

Pidiéndole prestada una frase al mismo Syd —extraída de su último aliento junto a los Floyd— digamos que siempre será considerado de nuestra parte pensar en él.

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