Culto
Seinfeld o el show sobre nada que nos sigue enseñando todo

Seinfeld o el show sobre nada que nos sigue enseñando todo

El 5 de julio de 1989, Seinfeld estrenó su primer episodio. La serie no sería un éxito hasta un par de temporadas más adelante. Pero desde entonces que se volvió un referente. Uno de esos que no solo cambian la manera de ver la televisión, sino también la forma de enfrentarse al día a día.

Nueva York, 1988. Dos comediantes se reúnen a tomar café, comer sándwiches de atún y hablar de cosas sin importancia. Sus conversaciones giran en torno a lo nimio y lo mundano. Hablan sobre esos detalles de sus vidas diarias y que al parecer no le interesan a nadie más. Uno de los comediantes —el que habla con voz de pito— es delgado, judío, se llama Jerry Seinfeld y tiene 34 años. El otro, Larry David, también es judío, su pelo gris va desapareciendo de a poco y tiene 41. Ambos se dedican al stand up, o sea, son parte del circuito neoyorquino que practica el arte de pararse frente a un público pequeño y contar historias o bromas o una mezcla de ambas.

David apenas puede mantenerse económicamente. No hace mucho trabajaba como taxista y en esa época, cada vez que un pasajero se bajaba, lo primero que pasaba por su cabeza era: “Bueno, ahí va probablemente mi último pasajero”. Pesimista desde temprana edad, Larry David siempre se preguntaba por qué otra persona se subiría a su taxi habiendo tantos en la ciudad. Y otra cosa: por esos días, en el circuito de stand up, David era conocido como un “comediante para comediantes” o, en palabras de él mismo años más tarde, “básicamente una mierda”. Jerry Seinfeld, en cambio, veía cómo su carrera iba tomando vuelo. Un productor de la cadena televisiva NBC le había pedido material para un programa de televisión. El problema, claro, era que Jerry no tenía ideas. Era un comediante, no un guionista; no sabía de dónde ni cómo sacar historias o tramas que sedujeran a las grandes audiencias. Solo sabía hacer reír a la gente con anécdotas como las que también le gustaba compartir con Larry; esas pequeñas sutilezas de la vida, lo mínimo y nimio, las reglas no escritas sobre cómo (o no) comportarse.

-¿No sería divertido ver un show sobre esto? –le preguntó David a Seinfeld esa tarde de 1988.
-¿Sobre qué?
-Sobre esto, sobre lo que estamos hablando aquí.
-¡Pero si no estamos haciendo nada!
-Eso mismo, nada. Esto es justamente lo que nunca se ve en la televisión.
-¿Gente hablando de nada?
-¡Gente hablando de nada!

Seinfeld.

Yada yada

Quien escribe esto tiene una relación más bien tardía con Seinfeld. Todo comenzó cuando estaba en el colegio y mis compañeros seguían religiosamente Friends. Mas yo no. En su momento vi algunos episodios, pero nunca me dieron ganas de comprar las temporadas y pasar horas tomando café en esas tazas inmensas de Central Perk. No creo que la gente pueda vivir tan bien trabajando tan poco. Y ahora, a la distancia, los personajes me parecen de cartón; no sé si me tomaría una cerveza con alguno de los chicos, a lo más invitaría a salir a Rachel, pero si alguna vez veo a Phoebe en la calle, definitivamente no le daría una moneda por tocar una canción sobre un gato hediondo.

Mi entrada al mundo Seinfeld fue paulatina. Y antecedió los casi tres años que viví en la meca Seinfeld, o sea: Nueva York.

En los noventa había visto algunos episodios sueltos en el cable. Y me reía principalmente con Kramer. El resto de los personajes, la verdad, me parecían un poco demasiado neuróticos. Y así, un tiempo después, en una de esas ferias donde entre fruta y ropa venden DVD piratas, fue cuando me llevé las primeras tres temporadas a mi casa. Las vi de corrido, aunque como las mejores relaciones fue una mezcla entre amor a primera vista y un posterior periodo de ajuste.

Seinfeld debutó en julio de 1989. Y pese a que no tuvo buenos ratings tampoco la cancelaron. De hecho se nota, en esas primeras tres temporadas, que la serie está en pañales. Los personajes aún están siendo moldeados y les falta parodia, ironía y esa mezcla entre maldad y neurosis. De todas maneras, capítulos como “The Parking Lot” (todo sucede en un estacionamiento), o “The Nose Job” (George ama a su novia pese a un pequeño detalle: le gustaría que esta se operara la nariz y por supuesto no sabe cómo decírselo), o “The Limo” (azarosamente se suben a una limosina y terminan en una reunión de neo-nazis), o “The Chinese Restaurant” (la espera por una mesa en un restaurante chino se alarga innecesariamente) me convencieron de seguir invirtiendo mi tiempo.

Le pedí a un amigo las demás temporadas y en dos meses vi los 169 episodios, nueve temporadas enteras; a veces cinco, seis, siete capítulos en una noche (recuerdo despertarme a las cinco de la mañana, con el computador prendido y Kramer gritando en mi oreja: “Giddy up!).

Desde entonces me he vuelto de esos que incansable e insoportablemente buscan respuestas para la vida en la televisión; más específicamente, en Seinfeld. Si tengo un dilema moral-ético, pienso en algún episodio, o situación, o en qué haría alguno de los personajes bajo las mismas circunstancias, y así me aferro a ese dudoso punto referencial para solucionarlo. Y no soy el único. Según Jennifer Keishin Armstrong en Seinfeldia, libro que repasa la historia previa, durante y posterior de la serie, el gran logro de este show fue “generar una dimensión especial, un sitio a medio camino entre el show y la vida real”. Eso es justamente Seinfeldia: una realidad paralela que funciona como refugio para aquellos que gustan de discutir y masticar lo mundano de la vida. Muchas de las situaciones creadas por David y Seinfeld fueron sacadas de la realidad, y por eso mismo, durante la emisión de la serie y años después, parece normal que la gente imite frases o situaciones de este show.

O que muchos la usemos como referente de cómo vivir.

Semanas atrás, por ejemplo, un amigo de quien escribe tenía un problema: estaba en la friend zone, ese término que sirve para describir cuando se tiene amistad con una chica o un chico que a ratos parece algo más que amistad y a la vez no, ya que uno de los dos que tiene poder sobre el otro.

Por supuesto, el enredo de mi amigo me recordó a Jerry y compañía. A esta frase de George Constanza: “Ella cree que soy simpático. Las mujeres siempre creen que soy simpático. Pero las mujeres no quieren a alguien simpático realmente”. Y, bueno, a esta otra: “Nadie quiere estar con alguien que le guste. La gente en realidad quiere estar con alguien que los odie”. Como sea, mi amigo estaba pasando por una situación similar. Cada vez que intentaba abrazarla, darle un beso, insinuar algo más que simple amistad, la chica se escurría, aunque luego siempre volvía a él para “usarlo” como amigo. Y así le iba. Café (sí); cena (no); cervezas (no); helados (sí, pero solo con otros amigos y amigas). Y muchas veces lo dejaba colgado, sin responderle sus mensajes por días.

Fue durante esas semanas que mi amigo me llamó desesperado y nos juntamos a debatir de su caso. ¿Cuándo se está en la friend zone?, ¿cuándo no?, ¿se puede salir?, ¿vale la pena estar en la friend zone?, ¿tal vez se sufre menos?, ¿tal vez es mejor estar ahí que en una relación amorosa?

Seinfeldia. How a show about nothing changed everything, de Jennifer Keishin Armstrong.

Buenas noticias, malas noticias

Seinfeld estuvo al aire nueve años; desde 1989 hasta 1998, y sin embargo vive como ninguna otra serie de televisión.

Años atrás, de hecho, Hulu (una cadena de streaming, competencia de Netflix que todavía no llega a Chile) remasterizó y puso online todas las temporadas y desde entonces que Jerry y compañía han vuelto a nuestro lado; en el diner tomando café descafeinado, comiendo ensaladas grandes y teorizando sobre los protocolos del día a día.

Si uno vuelve al primer piloto de la serie (“Buenas noticias, malas noticias”) es posible sentir el espíritu de todo. Vemos a Jerry, el protagonista, y a un personaje pequeño, gordo y calvo llamado George Constanza (en palabras de Seinfeld, “George Constanza es el lado oscuro de Larry David”). Ambos discuten cosas pequeñas de la vida moderna en una gran ciudad; desde lo inútil que son algunos botones de las camisas, hasta si una chica que le pide alojamiento en Nueva York a Jerry por unos días quiere o no tener algo con él. Era el resultado de lo que según David y Seinfeld comenzó como Harold Pinter o Samuel Beckett para la televisión: “un show acerca de nada”.

A esa idea le agregaron un personaje más. O más bien un vecino: en ese entonces, Larry David vivía en un edificio en Nueva York con renta baja y controlada para artistas. David era uno de esos artistas, claro, pero su vecino no: Kenny Kramer, un ser de otro mundo, alto, con el pelo enmarañado y una silueta similar a la de Frankenstein. Luego de años de tenerlo como vecino, David tenía muchas anécdotas sobre él. Por eso el plan sería usar algunas para el show que primero se llamó Las crónicas de Seinfeld y luego simplemente Seinfeld. Al elenco del piloto le agregaron, además, un cuarto integrante; Elaine Benes, ex novia de Seinfeld, la única mujer del cuarteto y asimismo, dicen algunos, la más cuerda de todos.

Si bien los ejecutivos de NBC no estaban muy seguros de la suerte del show, igual le dieron la luz verde (uno de los productores de NBC dijo: “¿Quién va a querer ver a unos judíos neuróticos caminar y hablar aún más neuróticamente a lo largo de las calles de Nueva York?”). El público de prueba tampoco reaccionó muy bien. “No sé a quién le interesa ver a un grupo de personajes que va a la tintorería”, dijo uno de los espectadores de aquella primera prueba. De todas maneras, NBC emitió el primer episodio y Seinfeld salió al aire.

No fue hasta pasada la cuarta temporada que la serie encontró definitivamente su tono. Esto gracias a, por ejemplo, episodios como aquel en que Jerry y George (emulando el momento de gestación) reciben una oferta de la televisión e idean un show sobre la nada.

-El primer show para la televisión sin una historia –dice George.
-¿Sin una historia? –responde Jerry.
-Sin historia. Olvida la historia.
-¡Pero hay que tener historia!
-¿Quién dice que hay que tener historia?, ¿te acuerdas cuando esperamos una mesa en ese restaurante chino? Eso podría ser un show televisivo.

La serie consiguió mejores ratings gracias a momentos como ese. Según Jennifer Keishin Armstrong, una de las razones del porqué Seinfeld ha tenido una mejor “afterlife” que otros shows, es que nunca ha terminado del todo. Ahí está el efecto Larry David, que durante los nueve años que la comedia estuvo al aire prefirió el anonimato. Por eso parte del revival de Seinfeld ha sido consecuencia del éxito de Curb Your Enthusiasm, la serie de David que ha mantenido el espíritu de Seinfeld. Curb… es una suerte de spin-off que funciona (y hasta depende) de esa realidad paralela llamada Seinfeldia: se trata de Larry David y sus problemas con ciertas convenciones y expectativas sociales en Los Ángeles.

A diferencia de Jerry, quien era uno de los creadores, actores y hasta dio el nombre al show, David era un nombre fantasma; aunque hizo divertidas apariciones esporádicas en la serie, solo los fanáticos lo vinculaban con el show. Pero desde que Curb Your Enthusiasm salió al aire, en el 2000, los viudos y viudas de Seinfeld encontraron un nuevo lugar para desahogarse. Aunque es cierto: cuesta ver Curb… sin recordar a veces a Jerry y compañía.

El cruce entre ambos shows fue aún más obvio cuando en la séptima temporada de Curb…, David y Jerry acceden a crear un episodio más de Seinfeld. Y ahí están: Kramer, Elaine, George y Jerry en el mismo apartamento, las mismas cajas de cereal, los mismos sillones, la figura de Superman atrás, como siempre. Es uno de esos momentos que explica muy bien Seinfeldia: esa dimensión que no es ni la realidad, ni ficción, sino una absurda dimensión a medio camino entre la realidad y Seinfeld.

Seinfeld.

No es una mentira si te la crees

Luego de acabar Seinfeldia (y como daño colateral volver a revisar varios episodios), me sumerjo en Seinfeld and Philosophy, otro de los libros sobre la serie. Esta vez es un conjunto de ensayos académicos sobre sus vínculos con temas como existencialismo, feminismo, moral y ética. Es un libro más denso, sin duda, pero que ya va por su séptima edición y tiene algunas ideas interesantes. Principalmente, cómo lo que aparentemente es superficial en la serie se vuelve filosofía pura y dura.

Algunos ejemplos.

Nietzche subtituló su Así habló Zaratustra como “Un libro sobre nada y todo”; Sócrates —quien no era más que un tipo que se paseaba caminando y analizando todo— al parecer dijo que “la vida que no se examina minuciosamente no vale la pena vivirla”; Sartre y su máxima existencialista no son muy diferentes de la aversión de alguno de los personajes de Seinfeld en contra de otros: “el infierno son las demás personas”; Kramer representa muy bien el sujeto esteta, ese hedonista que disfruta todo a costa de todos y que Kierkegaard ahondó en sus libros; y Elaine es analizada como una de las primeras feministas en el contexto de la televisión noventera (al lado de las chicas de Friends, por lo menos Elaine tiene título universitario, es la única persona en la serie con trabajo estable, no depende económicamente de los hombres y lee libros, no solo la prensa amarillista o la guía de TV).

“A veces la nada y el todo están más cerca de lo que pensamos”, dice William Irwin, editor de Seinfeld and Philosophy profesor de filosofía en King’s College, quien enseña la serie a nuevas generaciones de universitarios en Filadelfia. “Para decirlo de otra forma, la ‘nada’ con que Seinfeld juega tiene algo muy filosófico. La sitcom más popular de los noventa logró hacernos preocupar por eventos del día a día que antes pasaban desapercibidos. Con los años se volvió un reflejo de nuestras vidas”.

Seinfeld and Philosophy, de William Irwin.

En otro de esos grandes momentos neuróticos de Constanza, éste le dice a Jerry: “No quiero esperanzarme. La esperanza es lo que me mata. Mi sueño es volverme un ser desesperanzado. Cuando te conviertes en un ser desesperanzado, ya no te importa nada. Y cuando no te importa nada, esa indiferencia te hace atractivo para el resto de la gente”. Como pocos artefactos culturales, la TV impacta porque entra a nuestras vidas a través de un espacio privado (el living de nuestras casas y nuestros computadores). Y es por eso, tal vez, que busquemos en la televisión respuestas a problemas reales, como en el caso de mi amigo y su dilema sobre la friend zone.

-¿Y qué pasó? –le pregunté en otra ocasión, un par de semanas luego de nuestra primera reunión.
-¿Con esta mina?
-Sí, poh’. Si por eso me citaste acá, huevón.
-Ah, sí. Finalmente le dejé de hablar.
-¿Así, de una?
-Sí, terapia de shock. No le hablé más.
-¿Y qué pasó?
-Primero no me habló por días, pero luego me mandaba mensajes preguntándome si estaba todo ok.
-¿Y?
-Y nada. Seguí sin hablarle.
-¿Por cuánto tiempo?
-No sé, unas semanas. Y un día me despierto y tengo un mensaje en Facebook que dice que ahora, por fin, lo ve todo más claro y que está dispuesta a “algo más” conmigo.
-La raja, y entonces te juntaste con ella, ¿no?
-No.
-¿No?, pero cómo, si pensé que te gustaba…
-No sé, me gustaba más antes, cuando ella tenía el poder. No al revés.

Seinfeld es una de esas series que funcionan como anteojos: luego de verla (y peor aún: verla compulsivamente) es probable que tu realidad sea teñida por las situaciones, el humor, la moral y estética de esta serie. El problema de eso es que la vida, la mayor parte del tiempo, no es como la televisión. “Mucha gente no entiende que este es un show oscuro. Si te detienes en las premisas, estas son cosas terribles que le pasan a la gente. Se quedan sin trabajo; las relaciones se acaban de maneras desquiciadas; a alguien le dicen que necesita una operación de nariz como si nada”, dijo alguna vez Larry David. “Bueno, también debo confesar que así es mi sensibilidad”.

Sobre el autor:

Antonio Díaz Oliva |
Es periodista y escritor. Ha publicado la novela La soga de los muertos, la investigación Piedra Roja: el mito del Woodstock chileno y el volumen de relatos La experiencia formativa. En Twitter es @TheAntonioAdo