Culto
Recuerdos (arbitrarios) sobre Don Francisco

Recuerdos (arbitrarios) sobre Don Francisco

La historia del dueño de un negocio y de un fallido amor a distancia unidos por Sábados Gigantes, en distintas épocas, que también repasan los cambios del programa con el paso del tiempo y su internacionalización.

UNO.
Cada vez que don Daniel y la señora Juanita iban a concursar a Sábados Gigantes el barrio se revolucionaba. Digo “cada vez” porque pasó varias veces. Era un evento extraño que sucedía de atrás hacia adelante porque sabíamos de antemano el desenlace. Me explico. De pronto aparecía en la puerta de su casa que estaba frente a la mía un auto nuevo cero kilómetro con pegatinas en las puertas de una marca comercial, que don Daniel había ganado un día cualquiera tras viajar desde Valparaíso a Santiago a los estudios de Canal 13 en calle Lira. Fueron dos autos mientras en otras ocasiones se llevaban como premio de consuelo una cocina, electrodomésticos o dinero, pero jamás volvían al cerro con las manos vacías. Los vecinos veíamos primero los premios (recuerdo un Subaru amarillo enano) y generalmente una semana después el concurso por Sábados Gigantes. Don Daniel siempre te explicaba tras el grasiento mesón de su negocio de menestras del cerro Yungay, que los concursos se grababan antes. O sea, Sábados Gigantes era un rompecabezas que se iba armando en la semana para mantener a las familias ocho horas pegadas a la tele cada sábado. Don Daniel contaba detalles de la producción, que don Francisco era cascarrabias y nada simpático cuando no estaban al aire. Nunca se quedaba con los vehículos. Duraban poco frente a su casa en la empinada calle Miguel Angel.

Siempre intrigaba que este señor wanderino fanático (todos sus carteles con precios llevaban el símbolo del equipo y alguna alusión a la precariedad en la tabla) tuviera tanta suerte. Uno veía por la pantalla que llegaban miles de cartas a esos concursos y sin embargo él y su señora salían sorteados por años. Por supuesto, había pistas sobre tamaña fortuna. Uno. Cuando ibas al negocio era habitual que alguna de las hijas estuviera metiendo etiquetas de distintas marcas en sobres. Dos. Si alguien del barrio viajaba a Santiago, don Daniel pedía la paleteada de pasar al canal a dejar cartas. Un día fue la hija menor y cuando consultó dónde depositarlas, el guardia le preguntó de vuelta que de dónde venía. Apenas dijo Valparaíso, el hombre replicó “te apuesto que a nombre de Daniel Orellana”, apuntando luego un buzón. “Está lleno de cartas con ese remitente”.

Don Daniel había montado un sistema, una verdadera cadena para aumentar sus probabilidades. En el negocio mantenía a un par de indigentes alcoholizados, práctica común en los cerros en esos años, que se ganaban unas monedas acarreando mercadería. Cuando no había mucha pega don Daniel les pasaba un saco y unas monedas para que compraran un mosto vomitivo como combustible para encaminarse cerro arriba a los basurales en la parte alta de Valparaíso cuando el camino La Pólvora era digno de un rally, con la misión de rescatar entre los desperdicios y la mugre cuanta etiqueta fuera posible. Esas cargas luego eran lavadas por las hijas en una artesa de madera con detergente, un trabajo delicado para no borrar los impresos en las etiquetas. Pamela, la hija menor, aborrecía la pega. Pero ella también tenía suerte. Años después se ganó una motoneta en EneTV de Televisión Nacional con Katherine Salosny. ¿Detalle? Perdió en pantalla pero hicieron un sorteo entre los que no habían obtenido premio y ganó el vehículo cortesía de Pepsi.

El concurso que más recuerdo de mis vecinos en Sábados Gigantes fue aquel donde participaban matrimonios y les preguntaban sobre gustos o detalles de su historia conjunta mientras uno de ellos no escuchaba y después se veía si coincidían. Don Francisco se daba un festín con las parejas que claramente no sabían muy bien quién era el otro. Fue el caso de Don Daniel, bajito, calvo y medio desdentado que poco y nada conocía las preferencias de doña Juanita, más alta que él, mórbida y la lengua más rápida que recuerde para los garabatos en los 80.

DOS.
Suena el teléfono, mi amigo Rolo al habla. “Hueón, la Celi va a salir en Sábados Gigantes, grábala en un VHS porfa”. La Celi era una peruana medio polola que visitaba a mi compadre todos los veranos. Entre fines de los 80 y comienzos de los 90 su viaje era un acontecimiento con capítulos anuales para un romance trabajado. Mi amigo tuvo que empeñarse a fondo para conquistarla porque la Celi tenía interés en conocer en profundidad a más chilenos y no solo a mi broder. Pero a esas alturas ya eran casi pololos o algo parecido. No dio para hacer una junta de amigotes esperando a que la peruana saliera en pantalla pero desde las seis de la tarde había que empezar a hacer guardia. Eran los años en que Don Francisco se había convertido en la sensación de los latinos en la televisión estadounidense. Simplemente arrasaba pero ya no era el mismo para nosotros. El acento, las inflexiones, las tallas, eran otras y decía “carro” en vez de auto. No veía el programa hacía muchísimo tiempo y me resultaba extraño este nuevo Don Francisco versión Miami.

Corría la última hora de programa cuando el animador empezó a hablar sobre amistades por cartas entre gentes de distintos países que daban paso a amores por correspondencia. Aparecen, no sé, tres, cuatro personas en el estudio y entre ellas Celi. El primer shock, su peinado. Parecía una Señora Mundo, ese concurso de bellezas femeninas casadas que nunca prendió. Don Francisco inició la conversa y rápidamente se inclinó por nuestra amiga porque Celi hablaba de corrido con el encantador acento peruano. Segundo shock. Nos enteramos que Rolo no era ni por si acaso su único amigo de larga data, sino que tenía decenas por toda Latinoamérica. No sé en qué minuto supusimos que él sería el único, una idiotez machista supongo. Entonces Don Francisco empezó a obrar su vieja magia. Bajó el tono y con cierta picardía dijo “siempre hay amigos más especiales”. “Ay Don Francisco”, replicó ella toda coqueta. “Es que entiendo que hay un amigo que es muy especial”, insistió Don Francis. Con su peinado de Señora Mundo intacto Celi sonrió nerviosa y el animador metió primera con voz estentórea: “¡porque aquí tenemos a…!”, y aparece un tacuaco horrible, de no sé dónde. Corren besos y abrazos entre Celi y este novio súbito tomados de la mano. Tercer shock. Les regalan un crucero por el Caribe.

Entre la algarabía Don Francisco le dice a Celi “entiendo que también hay un amigo chileno”. La peruana responde algo así como “eso no es nada”. Stop al VHS y suena el teléfono. Rolo balbucea.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras