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“Aún tenemos patria, ciudadanos”: la historia tras el escuadrón de Los Húsares de la Muerte

“Aún tenemos patria, ciudadanos”: la historia tras el escuadrón de Los Húsares de la Muerte

Formado a partir de la derrota de los patriotas en Cancha Rayada y disuelto poco después de la victoria en Maipú, el legendario batallón liderado por el célebre guerrillero ofrece muchas interrogantes. Cuatro expertos explican a Culto quiénes integraban el grupo, la historia tras su icónico uniforme y los detalles de su participación en la batalla.

Montado a caballo, y en compañía de un grupo de seguidores, el afamado guerrillero patriota Manuel Rodríguez recorre las calles de Santiago. Es la tarde del 23 de marzo de 1818. El abogado se detiene en cada barriada y en los cuarteles militares. Arenga a la población. Pocas horas antes una asamblea lo nombró Director Supremo adjunto, y él, un hombre de acción, no pierde el tiempo y se dirige raudo a los arsenales del ejército.

“Trasladándose en seguida a la maestranza, hizo abrir las puertas de los almacenes de armas, a pesar de la oposición del Comandante Prieto, y distribuyó fusiles y sables a todos los que querían tomarlos, recordándoles el deber de emplearlos en la defensa de la patria contra sus arrogantes opresores”, relata el historiador Diego Barros Arana en el Tomo XI de su Historia General de Chile.

Todo empezó un par de días antes. A eso de las nueve de la mañana del 21 de marzo, un escalofriante rumor comenzó a correr por las calles de Santiago, que a esa hora congregaban a los primeros devotos que asistían a la misa de sábado santo. El ejército patriota había sido derrotado de forma calamitosa por los realistas en Cancha Rayada, cerca de Talca. El desastre era total. Poco se había conseguido salvar y el paradero del Director Supremo, Bernardo O’Higgins y del General José de San Martín, era desconocido. Se especulaba que ambos habían muerto.

“Los dispersos referían el desastre con los colores más sombríos y aterradores que les sugería su imaginación embriagada por el pánico”, relata Diego Barros Arana en el texto mencionado. “A pesar de las precauciones tomadas por los centinelas para detener los que venían del sur, estos penetraban en la ciudad abatidos y desalentados, contando a cuantos encontraban la total desorganización del ejército patriota”.

Tras el cruce de la cordillera en 1817, las fuerzas lideradas por O’Higgins y San Martín derrotaron a las tropas del gobernador Casimiro Marcó del Pont en Chacabuco, lo que permitió a los patriotas instalar un gobierno liderado por el chillanejo. Un año después se proclamó la independencia, pero no sería fácil para la novel república conservar su estatus de nación libre. En Lima, el Virrey Joaquín de la Pezuela envió una fuerza expedicionaria al mando de Mariano Osorio, el mismo que comandó a los realistas en la victoria de Rancagua, cuatro años antes. Tras avanzar por el valle central, con penquistas y valdivianos en la tropa, logró sorprender a sus enemigos y les infligió una derrota que derrumbó las ánimos.

Monumento a Manuel Rodríguez en el Parque Bustamante, Santiago. Foto: Rodrigo Fernández

Aún tenemos patria

Presos del miedo, y con el recuerdo de la fuerte represión lanzada por los Talaveras de la Reina durante el período de la Reconquista, muchos no dudaron; era hora de volver a emigrar a Mendoza, tal como en 1814 tras la derrota patriota. “Las calles estaban llenas de mulas cargadas y de carros que conducían fuera de la ciudad a los emigrantes con sus mujeres y familias. El número de los que se ponían en marcha era muy grande, y las personas que estaban cerca del gobierno eran las primeras en partir”, detalla el célebre historiador.

A pesar de las acciones desplegadas en la capital por el Director Delegado, Luis de la Cruz, y de la llegada de un parte oficial de San Martín, reconociendo la derrota, pero llamando a la calma, un grupo de vecinos logró que se convocara a una asamblea en el Palacio de Gobierno, tal como los antiguos cabildos abiertos del período colonial, para discutir las medidas que se debían tomar ante la urgencia. Uno de los impulsores de la idea era Manuel Rodríguez Erdoiza.

En la reunión, ocurrida a las 11 de la mañana del día 23, según Barros Arana, Rodríguez arengó a los asistentes; les conminó a permanecer en el país, y defender, aún a costa de la vida, la libertad de la naciente república. La audiencia, enardecida, reventó en gritos y vivas al guerrillero, mientras el general Cruz intentaba calmar los ánimos. Fue inútil. En el acto se le asignó Directo Supremo adjunto. Horas después ocurrió el suceso de la maestranza donde repartió las armas a la gente.

Esa asamblea también pasó a la historia por una frase atribuida a Rodríguez en su alocución: “Aún tenemos patria, ciudadanos”. Pero, tal como muchos acontecimientos ligados a su trayectoria, no existe total certeza si ella fue pronunciada.

“El registro más antiguo de la arenga al que he podido acceder corresponde al que realiza Salvador Sanfuentes en su obra Chile: desde la batalla de Chacabuco hasta la de Maipo y data del año 1850”, detalla a Culto el investigador serenense Javier Campos Santander, autor del libro Tras la huella de Manuel Rodríguez, aún inédito.“Sin embargo, Sanfuentes no precisa el origen de la información y podría corresponder, incluso, a una licencia del autor”, agrega.

Una vez en la maestranza, Rodríguez no se detuvo. En ese mismo lugar, según Barros Arana, el antiguo emisario de San Martín procedió a organizar un escuadrón, que también pasaría a la historia, especialmente por la iconografía que eligió para identificarse: los Húsares de la Muerte.

El arrastre del prócer entre la población se forjó durante los duros años de la reconquista, en que, como espía del general argentino, consiguió información, distrajo a las tropas del gobernador y preparó audaces golpes, como los ataques a Melipilla y San Fernando. Fue en este período cuando surgieron las legendarias hazañas que se le atribuyen, de las que tampoco hay total certeza. “La gran mayoría no tienen ningún sustento documental, algunas, eso sí, aparecen tempranamente, en las décadas de 1840 y 1850”, explica Campos. “Corresponden a hechos recogidos de la tradición oral sin fuente conocida”.

En este punto coincide el escritor e investigador Jorge Baradit. “De sus hazañas específicas prácticamente ninguna tiene respaldo. Pero de sus efectos y repercusión hay mucho. Marcó del Pont publica muchas veces su disgusto y molestia con Manuel Rodríguez por sus correrías y en una de esas intervenciones pone incluso precio a su cabeza”.

Tal vez la más conocida de las historias sobre el guerrillero es aquella en que abrió la puerta del carruaje del gobernador, sin ser reconocido. “Existe correspondencia de la época en que Rodríguez informa a San Martín, que se hallaba formando el Ejército Libertador en Mendoza, de las acciones de búsqueda de información. En ellas se relata la forma en que conseguía la información. Entre estas está aquella en que le abre la puerta del carruaje a Marcó del Pont. Además, esta anécdota fue muy comentada en los círculos sociales de ese tiempo”, explica a Culto el periodista y escritor Guillermo Parvex, autor de libros como Un veterano de tres guerras (2018, Ediciones B) y ¿Quién asesinó a Manuel Rodriguez? (2019, Ediciones B).

Hace falta un húsar

“Los Húsares de la Muerte fue un escuadrón de caballería” explica Parvex. “Este escuadrón lo creó Rodríguez con la autorización del Director Supremo subrogante, Luis de la Cruz. Estaba integrado, al igual que los otros regimientos patriotas, por personas con poca experiencia militar, pero con mucha voluntad de luchar”.

El investigador Ernesto Guajardo, autor de un libro recopilatorio de fuentes documentales sobre el prócer, titulado Manuel Rodríguez: Historia y Leyenda (2014, Ril Editores), agrega algunos datos sobre las características del grupo. “No constituían un cuerpo militar regular, en el sentido de que no fue sancionada su constitución por el mando del Ejército, pero no era del todo irregular, dado que fue sancionado por la dirección provisoria del gobierno de Chile”.

Dadas estas características, Guajardo explica cuál fue la función del regimiento en el difícil momento en que fue creado. “A esta unidad se le asigna la labor de defensa de la ciudad de Santiago, como una unidad que debería contener las avanzadas realistas. Podría estar asociada a la exploración y, eventualmente, a acciones audaces sobre las fuerzas realistas, pero en ningún modo podrían sostener una defensa prolongada en el tiempo”.

Ese tipo de grupos ya existía en el viejo continente. “Húsar deriva de la palabra húngara ‘huszár’, con que en ese país se denominó a la caballería ligera, que combatía con lanzas y/o sables, pero sin corazas ni cascos, a diferencia de la caballería pesada. Es un tipo de unidad de caballería que se extendió prácticamente a toda Europa”, explica Parvex. “La caballería del escuadrón formado por Rodríguez era ligera y de allí el nombre ‘Húsar’, el apellido ‘de la muerte’, indicado por la calavera y tibias cruzadas, era sin duda el ánimo de esta unidad de combatir sin límites… hasta el final”, agrega.

Según Barros Arana,la inspiración para el grupo estuvo precisamente en Europa, en específico, en un regimiento del mismo nombre creado por el príncipe Guillermo Federico, de Brunswick, en 1815, a consecuencia del escape de Napoleón de su exilio en la Isla de Elba, lo que alertó a las potencias enemigas a volver a aliarse contra el corso, a quien vencieron en Waterloo. Las tropas del noble prusiano vestían de negro con una calavera en su morrión y el cuello de la casaca.

Pero Guajardo tiene sus dudas respecto de esta última versión. “Creo que hasta el día de hoy no existen pruebas documentales que puedan permitir afirmar cuáles fueron las referencias que tuvo Rodríguez para constituir este regimiento”, detalla. “La creación del mismo fue apresurada y un tanto inorgánica, así que es dable pensar que la figura de los húsares, propiamente tales, era la más pertinente, al momento de pensar en la constitución de un regimiento de caballería ligera”.

Calaveras y tibias ¿un traje legendario?

El uniforme negro, con la calavera y las tibias cruzadas, es un clásico en las representaciones sobre el prócer, tal como la que aparece en el billete de dos mil pesos. Pero los expertos tienen sus dudas. Plantean que una cosa es que haya existido la simbología, otra es que efectivamente Rodríguez y el resto del grupo hayan usado el traje.

“Yo creo que es verosímil que se haya definido un símbolo, a modo de insignia, pero no creo probable que, en tan breve tiempo, se haya podido uniformar a la totalidad del regimiento de esa manera. Este es un punto delicado, por la carga simbólica que tiene y, particularmente, por la falta de documentación al respecto”, detalla Guajardo.

Campos Santander profundiza en el orígen de la imagen sobre el guerrillero que llegó hasta hoy. “No hay ningún registro documental ni gráfico de época que lo describa. El primer retrato ‘oficial’ de Rodríguez vistiendo este uniforme es obra del grabador francés Narcisse Desmadryl y corresponde al publicado en la obra Galería Nacional de Hombres Célebres de Chile de 1854. Es decir, Rodríguez fue retratado 36 años después de su asesinato y por un artista que no lo conoció. Lamentablemente Desmadryl no dejó constancia de los referentes que utilizó para representar la fisonomía ni el uniforme”, detalla.

Un vistazo a las fuentes, según Campos, basta para entender que la premura con que se organizó el grupo, hizo que no se pusiera mayor cuidado al diseño de un uniforme. “El sargento mayor de los Húsares, Pedro Martínez de Aldunate, declaró que ‘el armamento se trajo de la maestranza, incompleto y de todas las clases, e igualmente vestuario para la tropa, de todos colores y figuras’ lo que evidencia de que el contingente fue vestido de forma improvisada con diversos uniformes encontrados en la maestranza del ejército. Luego del desastre de Cancha Rayada no había tiempo ni recursos para vestir a más de 200 hombres con un uniforme tan intrincado y costoso como el de húsar”.

Manuel Rodríguez según Narcisse Desmadryl. El retrato canónico sobre el prócer.

¿Húsares en Maipú?

El 24 de marzo, de madrugada, arribó O’Higgins a la capital. Había cabalgado dos días desde San Fernando, con una detención en Rancagua. A las pocas horas, resumió el mando de la nación y comenzó a organizar la defensa de la ciudad. El enfrentamiento decisiva se pelearía en Maipú. Por ello se necesitaría a todas las fuerzas patriotas disponibles…o casi.

Los estudiosos coinciden en que la oficialidad de los Húsares estaba integrada por partidarios de José Miguel Carrera, el rival de O’Higgins. Aunque el “príncipe de los caminos” no estaba en Chile -por esos días residía en Montevideo- aún contaba con seguidores, y sus hermanos, Juan José y Luis, intentaron cruzar hasta Chile, pero fueron arrestados en Mendoza. El mismo Rodríguez había sido secretario de Carrera durante su gobierno, por lo que ahora, con una fuerza militar a su mando, y popularidad entre la gente, se volvía de cuidado. De allí a que durante décadas, especialmente a partir de las memorias de José Zapiola, se estableciera la idea de que el escuadrón no participó en la lucha del 5 de abril de 1818, justamente para reservarse un rol en una inminente revuelta de los Carrera para recuperar el poder.

Batalla de Maipú, óleo de Pedro Subercaseaux

Pero los expertos tienen sus reparos. “En la víspera de la batalla de Maipú, O’Higgins prohibió que oficiales partidarios de los Carrera participaran en ese hecho de armas, ‘para evitar que la gloria les llegue también a ellos’”, explica Guillermo Parvex. “En este contexto se prohibió la participación de los Húsares de la Muerte, pero Rodríguez igual llegó hasta Maipú con su unidad y se puso a las órdenes del general San Martín, quién le ordenó que permaneciera en la reserva. Sin embargo, entraron en combate contra los hombres del coronel español Calvo, arrasando con esa columna hispana y evitando que se reagruparan al sur del río Maipo. Hay numerosos documentos oficiales, como la hoja de vida del general Maturana, indicando que combatió en Maipú, en el escuadrón Húsares de la Muerte, ‘al mando de su comandante, el teniente coronel Manuel Rodríguez Erdoyza’”, agrega el escritor.

Por su lado, Javier Campos coincide con Parvex en desacreditar la versión tradicional, y sostiene que el grupo sí entró en acción en algún momento. “Parece haber consenso de que no participan de la acción principal, sin embargo la mayoría de las fuentes consignan que en los días previos a la contienda cumplieron funciones de exploración y vigilancia de los vados del río Maipo a la altura del camino de Tango, ruta que podría utilizar, eventualmente, el ejército realista para aproximarse a Santiago. En este sector habrían permanecido hasta las postrimerías de la lucha, donde —si bien algunos relatos magnifican el enfrentamiento contra fuerzas realistas— habrían colaborado en la persecución de enemigos en retirada”.

Como sea, esa fue la última acción del regimiento, pues fue disuelto a los pocos días. “En parte tuvo que ver con que la mayoría de la oficialidad era o había sido afecta a los Carrera, pero además había necesidad de recuperar el armamento y los uniformes que se encontraban en manos de un regimiento improvisado y a ojos del gobierno, con deficiente instrucción militar”, explica Campos.

“Dicen que es Manuel es su nombre y que se lo llevan camino a Tiltil”

Días después una triste noticia llegaba a Santiago. Los hermanos Carrera finalmente habían sido fusilados. Ello causó indignación, especialmente entre sus cercanos. “A mi juicio, fueron asesinados por razones políticas, ya que en el juicio que se les hizo en Mendoza, dos de los tres jueces votaron por su inocencia, pero Bernardo José de Monteagudo, doblándoles la mano a estos jueces, ordenó que los fusilaran”, argumenta Parvex.

En ese punto, Barros Arana consigna que una mañana Rodríguez entró de manera intempestiva y montado a caballo al palacio de gobierno, capitaneando una turba en protesta por los acontecimientos. Sin embargo fue detenido, y reducido a prisión en el Cuartel de San Pablo, ocupado por el Regimiento Cazadores de los Andes.

El 26 de mayo de 1818, el guerrillero fue sacado de prisión para ser trasladado a Quillota donde esperaría la decisión sobre su suerte. Sin embargo, no llegó. Murió en Til Til a manos de oficiales del escuadrón que lo custodiaba. “Fue asesinado por los oficiales argentinos coronel Rudecindo Alvarado y por el mayor Severo García de Sequeira. El primero le disparó un tiro de pistola en el lado derecho de su espalda y el segundo le infirió heridas cortantes con su sable en el abdomen y cuello. Para ello contaron con la complicidad de los cabos argentinos de apellidos Gómez y Agüero, más el soldado de esa misma nacionalidad de apellido Parra. Estos tres últimos lo golpearon el cráneo con las culatas de sus fusiles y le infirieron heridas cortopunzantes con las bayonetas”, detalla con precisión Guillermo Parvex.

Sin embargo, esa muerte está envuelta en el misterio. Barros Arana desliza la posibilidad de que fuera ordenada por la Logia Lautarina, una hermandad secreta en la que participaban O’Higgins, San Martín y otros tantos oficiales. “El consenso general es que esta ordenó su muerte. Lo que no se ha llegado a establecer a ciencia cierta es que O´Higgins hubiera estado al tanto”, explica Jorge Baradit. “Hay que recordar que O’Higgins era una marioneta de la Logia y de los argentinos por esos días y no necesariamente tomaba o se enteraba de todas las decisiones por muy Director Supremo que nominalmente fuera”, agrega.

Hasta hoy, existen dudas de que el cuerpo que está en la tumba de Rodríguez en el cementerio general, corresponda al del legendario patriota. “El mausoleo del Cementerio General fue abierto en 1984 y el perito forense a cargo determinó que se trataba de los restos de un hombre de edad avanzada, debido al desgaste dental y las suturas del cráneo totalmente cerradas, por lo que no corresponderían a Rodríguez, asesinado a los 33 años”, explica Javier Campos.

Parvex añade otras piezas sobre el misterioso destino final del guerrillero. “Lo más probable es que dichas osamentas [del Cementerio General] pertenezcan a Manuel Tomás Valle, exadministrador de la parroquia de Tiltil, quien falleció a los 51 años y fue enterrado junto al cadáver de Rodríguez en 1832, catorce años después que el mismo Valle sepultó allí al prócer. Los restos se confundieron durante trabajos realizados en el subsuelo del templo en 1854 y allí se generó el error en la exhumación de los supuestos restos de Rodríguez en 1894”.

En 2008, un grupo de descendientes del prócer solicitaron a la justicia la apertura y exhumación de los restos que se encuentran en el camposanto, lo que fue denegado. Con ocasión de los 200 años de su muerte, en 2018, hubo algún interés por aclarar el misterio. En noviembre la Cámara Baja aprobó la resolución 241, la que “pide al Presidente de la República adoptar las medidas administrativas, legales y financieras a fin de investigar, ubicar y proporcionar la adecuada sepultura del Padre de la Patria, Manuel Rodríguez Erdoíza”. Pero no se conocen mayores noticias al respecto. “Chocó con la burocracia y el desinterés político del gobierno arribando a nada”, explica Baradit.

Como sea, la vida del prócer y del escuadrón inseparable de su figura, seguirán envueltos en el misterio.

“¡Jamás el héroe muere!
En la mano que le hiere
En página inmortal su nombre escribe,
Y el héroe mártir con su gloria vive

*Poema de Guillermo Matta dedicado a Rodríguez

Sobre el autor:

Felipe Retamal N. |
Periodista de Culto. En Twitter es @feloretamaln