Culto
Avengers vs. Legasov

Avengers vs. Legasov

Como simple mortal, me basta con ver la serie Chernobyl para entender que el mundo no es ni debe ser como lo imagina Kant, o como los súper moralistas de Marvel imaginan que lo imagina Kant.

En su columna “La intemperie pop (quedarse fuera)“, Alberto Fuguet confiesa que no ha visto ninguna de las 22 películas del Universo Marvel (ni tampoco Game of Thrones) y que no tiene muchos deseos de verlas. Está afuera, y cree que es el momento para pensar en el geriátrico. “Allá voy también”, pensé. Pero como tengo que vivir en Chile y tratar con mis hijas veinteañeras, estudiantes, amigos de treinta y tantos y mis colegas cuarentones, no puedo evadirme tan fácilmente. Es que, frente a ellas y ellos, parece casi tan grave desconocer la moral Marvel como haber apoyado el No en el plebiscito sin quemar previamente el país, a la Concertación aunque no haya expropiado todo lo que privatizó la Dictadura y a los Tribunales de Justicia, aunque no pasen por el paredón a todo el que la hubiera apoyado. Ellas y ellos también me podrían recriminar diciendo que no se trata sólo de películas de entretención y fantasía, sino de algo más: “Es una moral y me parece inmoral no tener convicciones Marvel”, le dijeron a Fuguet. Así que, junto a mi esposa e hijas, fuimos a ver Endgame. E investigamos brevemente para descubrir que la moral Marvel no es una invención de la fanaticada, que un Profesor de Harvard dedica su carrera a publicar textos filosóficos sobre ella y que en varias decenas de sitios web se discute con detalle acerca de los problemas morales que plantearía, por ejemplo, la decisión de Thanos de destruir la mitad de la población del mundo con un solo chasquido de dedos, para salvarlo de la destrucción causada por ese exceso de población (y su contaminación asociada, etc.), o la del Capitán América de no comerciar ninguna vida (menos la de otro superhéroe y amigo, Vision), aunque ello signifique la destrucción de todo el mundo.

En estas discusiones, la superioridad moral de Iron Man y sus amigos parece evidente. Lo que Kant no pudo, lo pueden el y la Capitanes Marvel: demostrar que, sin justicia, no tiene sentido el paso del hombre sobre la tierra, fiat iustitia et pereat mundus. Porque no es justo sacrificar una sola vida inocente, aunque sea para salvar a todas las restantes (y ni siquiera si el posible sacrificado está de acuerdo, pero no estamos hablando aquí de eutanasia, ¿cierto?). Y claro, ya que no compartimos los súper poderes de los miembros de la Liga de la Justicia, al menos podemos compartir su súper moral, juzgando desde esa atalaya a todos y todas quienes se enfrentan a problemas reales con soluciones practicables, graduales, posibles, financiadas y consensuadas. Así, armados con la moral idealista no solo puede ser cierto que, “ahora todos quieren ser superhéroes”, como reclama Fuguet: ¡Ahora todos podemos ser superhéroes o, al menos, súper moralistas!

Y ya que estamos, yo también quiero ser superhéroe. Pero por razones diferentes, sorry.

Como simple mortal, me basta con ver Chernobyl, la nueva serie de HBO sobre el desastre nuclear en la ex Unión Soviética para entender que el mundo no es ni debe ser como lo imagina Kant (o como los súper moralistas de Marvel imaginan que lo imagina Kant): Thanos bien podría haber chasqueado los dedos para que, estrictamente al azar, se redujera la tasa de reproducción de los humanos (y los animales domésticos) a la proporción que asegurase la sobrevivencia de los ecosistemas, sin exterminar a nadie vivo (proveer la mayor felicidad al mayor número causando el menor daño, esa inmoralidad utilitarista); y hasta en la moral cristiana la teoría del doble efecto excusa el sacrificio de uno (sobre todo con su consentimiento) para salvar millones. En cambio, se requiere valor y heroísmo terrenales para tomar y ejecutar las difíciles decisiones que se adoptaron tras el desastre nuclear soviético y que supusieron el sacrificio de cientos de personas, muchos sin saberlo y otros con plena conciencia, para que los descendientes de al menos un centenar de millones de habitantes de buena parte de Rusia, Ucrania y Europa pudiesen hoy llenar las salas de cine imaginando problemas inexistentes, mal planteados y peor resueltos. Aplicado a la realidad, prefiero las miserias del comunismo real que el idealismo kantiano. Solo en Japón, los héroes locales vencieron en taquilla a Avengers en su primer fin de semana. Quisiera pensar que en parte ello puede deberse al recuerdo de los héroes de Fukushima, otro desastre nuclear que costó vidas verdaderas para salvar otras no menos reales, pero ya entramos al plano de la especulación.

No, a mí no me gustaría ser superhéroe del Universo Marvel y compartir su súper moral para sentirme superior a todos esos utilitaristas que ven en el mundo más complejidades que los ideales de justicia kantianos. Lo que a mí me gustaría es ser como Tony Stark, un empresario de armas, multimillonario, inteligentísimo y buen mozo, que puede dedicar todo su tiempo y recursos a construirse gadgets y recursos tecnológicos que sólo él puede usar. ¿Ello supone que exista mercado de armas, rampante y poco regulado, y la horrorosa acumulación capitalista? No importa, porque haré justicia (y pasaré muchos buenos ratos con mis juguetes). También me gustaría ser como T’Chaila y heredar un imperio tecnológico donde no tenga que ganar elecciones (algo que, por los resultados, no es mi fuerte), sino, eventualmente, batirme a duelo con un pariente y, ¡zas!, a reinar se ha dicho (y que mi hermana haga el trabajo pesado de pensar, diseñar y fabricar toda la tecnología que necesite). Me gustaría ser como la Capitana Marvel y darme el gusto de llegar al final de los problemas y pedir que la gente me agradezca que aparezco, pues tengo tanto que hacer (mucho, menos atender los problemas de mis amigos). Me gustaría que el Capitán América fuera mi amigo y sacrificara a todo el resto por , para demostrar la dignidad inalienable de mi existencia. Me gustaría reunir la Piedras del Infinito, el Guantelete aquel, chasquear los dedos y que todos mis derechos se hagan realidad sin que intervengan el Gobierno ni el Congreso, tan preocupados de cosas materiales como el financiamiento, los costos alternativos, la soberanía, la seguridad y todas esas tonteras de la vida real, porque, ¿no es justo que todos tengamos educación, salud, vivienda, transporte, paz y viajes al Sudeste Asiático, de calidad y gratuitamente?

Sobre el autor:

Jean Pierre Matus |
Ex abogado integrante de la Corte Suprema.