Culto
Horacio González, ex director de la Biblioteca Nacional y director del FCE Argentina: “Ser un intelectual de izquierda significa una melancolía”

Horacio González, ex director de la Biblioteca Nacional y director del FCE Argentina: “Ser un intelectual de izquierda significa una melancolía”

Nombrado recientemente como director de la editorial estatal mexicana en el país trasandino, González reflexiona sobre la institucionalidad cultural y sobre qué significa ser un intelectual de izquierda.

Horacio González es uno de los intelectuales latinoamericanos vivos más destacados y en Argentina ocupa un rango similar al de Beatriz Sarlo, de hecho no es infrecuente que debatan o den entrevistas juntos; entre ellos, pese a las posiciones políticas antagónicas, existe el diálogo y también el respeto. Pero González puede ser un intelectual incómodo, en especial para la derecha. Durante el kirchnerismo fue director de la Biblioteca Nacional y fundó Carta Abierta, el grupo de intelectuales filokirchneristas que se reunían los sábados en la misma biblioteca. Hay que aclarar que ser director de la Biblioteca no es como en Chile, un puesto oscuro y poco relevante, en Argentina los directores de la Biblioteca han encarnado el espíritu de una época, de ahí que Borges haya sido director en la época en la que el peronismo estuvo proscrito.

Hace dos meses González fue nombrado director editorial del Fondo de Cultura Económica (FCE) de Argentina y desde ese momento su nombre ha vuelto a tener cierta notoriedad, y es que en un gobierno de derecha los intelectuales que han ocupado la atención de los medios han sido otros.

-Resulta llamativo que la institucionalidad cultural mexicana te llame para dirigir la filial argentina de FCE y que la institucionalidad cultural argentina prescinda de ti. ¿Hoy te sientes más valorado por la institucionalidad mexicana?

-No, yo participo del drama argentino, las fisuras que se han producido en el campo intelectual, el grupo de relaciones y de amigos con los que teníamos un montón de relaciones en los años 80 se ha dispersado en distintas franjas de opciones políticas. Son muy excepcionalmente las amistades que han quedado en pie, en este caso hay varias, pero tampoco podría decir que nadie deliberadamente produjo esto, es un evento que se produce por unas placas internas que tienen los países y que no sé cómo llamarlo, pero que se mueven de tal modo que producen en la superficie estas rasgaduras, no quiero llamarla grieta porque es un concepto irritante, y que puede o no repararse, pese a que la actitud general debe ser la de mantener las opiniones que nos llevaron a esta situación y al mismo tiempo ellas tengan una pulsión reparatoria. A mi juicio ninguno de los intelectuales que hemos tomado posición nos estamos luciendo demasiado, lo que hay en la política argentina es un campo de mucha capacidad afirmativa de las propias posiciones, pero esto no tiene un correlato fácil con los enunciados de los saberes necesarios para resolver los problemas tan graves por los que atraviesa la Argentina, mucho más después de las decisiones que tomó el gobierno actual de profundizar la deuda externa y hacer una política económica que, aun en sus propios términos, no consigue resolver cuestiones elementales.

-¿Qué efecto provoca esto que dices de que el gobierno no pueda resolver estas cuestiones elementales?

-Bueno, eso hace que buena parte de los que vieron con alivio la sustitución de un gobierno de raíz peronista, a pesar de que hoy es muy difícil definir qué es el peronismo, sus hilachas están por toda la vida política argentina; bueno, pero al mismo tiempo lo que se propuso sustituir el gobierno fue a través de una política liberal, y aquí tampoco el gobierno actual obedece a fáciles clasificaciones respecto a lo que sería un conjunto de ideas serias, más bien son orientaciones vinculadas a urgencias de acatamiento, y esas urgencias de acatamiento son a grandes organismos financieros internacionales, los medios de comunicación y además su figura máxima se caracteriza notoriamente por una asombrosa indigencia cultural, entonces también eso pesa: que el país esté gobernado por un personaje desprovisto de cualquier intención vinculada a cualquier horizonte cultural. Después se podría decir qué importa eso si supiera economía, pero tampoco este es el caso y, aun si supiera economía, claro que importa, estamos todos envueltos en un constructo vinculado a la vida intelectual y por eso mismo a las decisiones económicas.

-Pese a lo que dices, el Presidente habla fuerte y dice saber hacia dónde hay que ir, a diferencia de otras épocas en las que se hacía el simpático y contaba chistes. Pero vuelvo al comienzo, ¿hoy cuál es la importancia de la cultura en Argentina?

-No hay una línea de trabajo que interrelacione y que permita decirte que hay una política cultural o decisiones culturales que toma el administrador y que en sí misma son interesantes porque han sido motivo de alguna reflexión. Eso no ocurre, lo que sí hay son buenos espectáculos musicales o buenos espectáculos teatrales, no se puede decir que sea una época de oscurantismo, lo que se puede decir es que es una época donde el Estado recibe una obligación cultural y algunos funcionarios saben perfectamente que esas obligaciones culturales suponen contratos e invitaciones a figuras relevantes, casi siempre vinculadas a efectos de mercado y casi siempre vinculadas a no tener una idea propia sobre el mundo cultural, es decir si viene a dar un concierto Martha Argerich es evidente por el renombre internacional que tiene, ahora eso ocurrió ahora y ocurrió antes también, lo que no ocurre es que haya un pensamiento entre medios de comunicación, universidades, el estado actual de la lectura, es decir no hay un pensamiento cultural sobre la Argentina, esto quiere decir un pensamiento no del administrador cultural, sino un pensamiento de aquel que está en una posición de decisiones culturales que financia actividades culturales, pero vinculadas a la problematización de la cultura, que significa sacarla del ámbito ornamental, del lucimiento o de la construcción de una élite que tiene su modesto goce en asistir a una actividad que interpreta una falta de prestigio. Aunque esto siempre existió (las élites en el Colón, por ejemplo), antes no se marcaba este aspecto, y espero que en una futura cultura en Argentina tampoco marque la idea de cultura como prestigio, sino como la cultura como la gran pregunta sobre el ser social. En fin lo que aspiro con la idea de lectura colectiva o de espectáculo teatral o del espectador a grandes conciertos es que se pueda crear una trama cultural con fuerte contenidos humanistas y emancipatorios y que eso al mismo tiempo impulse nuevas obras.

-¿La crisis económica que vive Argentina no sería un obstáculo para una oferta cultural de calidad y cantidad?

-No es que no haya obras, hay importantes libros que se están publicando, o sea no es porque hay una crisis económica fatal que Jorge Consiglio va a dejar de hacer buenos cuentos o buenas novelas, es decir no hay una Santa Inquisición que impide eso y podemos decir a veces, por el contrario, que son épocas muy difíciles: si bien la crisis económica no impide muchas publicaciones que están presentes en una época que no se corresponde con el modo literario que tienen esas publicaciones, pero una nación es eso: cuando nada se produce por lo que piensan sus políticos, igual se pueden seguir publicando grandes obras, te mencioné una pero hay varias.

-¿Y qué rol juegan hoy los intelectuales que están a favor del gobierno, pienso en Santiago Kovadloff y Alejandro Katz? ¿A tu juicio han problematizado la cultura?

-En el caso de esos intelectuales me parece que forma parte de la tradición liberal argentina: Kovadloff tiene un cierto estilo pastoral, el estilo de Katz es más laico, serían una parte de la cultura argentina que en su momento dio grandes nombres y grandes obras, este no es el caso, porque entre otras cosas el liberalismo argentino pasó por Carlos Menem y ahora por Macri, o sea expresiones políticas muy desaconsejables para lo que fue el liberalismo argentino de principios del siglo XX. También hay un problema con reconocerse liberal en este época, porque sus correlatos son políticas económicas muy desdichadas, políticas culturales muy dudosas, y al mismo tiempo implica pasar por alto la complicidad del sistema judicial, los servicios de inteligencia y los modos en los que se ejerce el periodismo, en definitiva pasar demasiado por alto la configuración cultural que produjo el neoliberalismo en todas sus expresiones. Y en cuanto a lo que nos interesa, financiando actividades culturales, como el espectáculo del Teatro Colón para el G20 que puede permitir que analicemos qué tipo de ideología cultural hay en un espectáculo así y basado en estereotipos muy duros, o sea un país no es una suma de sus estereotipos más arquetípicos, más cristalizados, presentados como una especie de turista ideal, y eso en el Colón.

-¿Cómo se podría analizar la política cultural de los últimos gobiernos? Fogwill criticaba la política cultural de Alfonsín porque era muy de la cultura del evento, del impacto, algo que sucede mucho en Chile.

-Se podría analizar qué hizo el Estado desde la recuperación de la democracia en los 80 con las grandes conmemoraciones y celebraciones políticas, y nos encontraríamos con que el mismo cuerpo de baile que estuvo en el Colón, Fuerza Bruta, también estuvo con el kirchnerismo pero en un espectáculo al aire libre para el Bicentenario. Ahí no te puedo adelantar nada porque es algo para pensar: cuál es el papel de Fuerza Bruta en los dos gobiernos. Es un grupo importante, porque agrega a la gimnasia aérea una idea diegética sobre la creación de imágenes en el aire a través de la fuerza de lo corporal. Habría que comparar los eventos en los que participó Fuerza Bruta y definir qué grado de artificialidad o autenticidad tenían en cada uno de los momentos políticos. Si era igual en cualquiera de los dos, es un tema; si el momento político diferente influye de alguna manera para que el mismo grupo haga cosas diferentes, también es una observación que podría hacerse. El espectáculo que vi en el Colón por televisión era como una especie de collage sumamente desaconsejable no sólo para el Colón, sino para el espectador que lo veía por televisión, para los visitantes al G20, porque estaban viendo un conjunto de estampas turísticas.

-Por último, en la presentación que te hizo el director general del FCE, Paco Ignacio Taibo, te presentó como un intelectual de izquierda. ¿Qué significa hoy ser un intelectual de izquierda?

-Significa una melancolía, no estoy de acuerdo que la melancolía no tenga futuro, por supuesto la melancolía es un lamento por el tiempo que pasó, pero ese lamento tiene un ejercicio de proyección sobre el futuro muy fuerte. Tengo que aclarar que soy una persona de izquierda dentro de los movimientos nacionales y populares argentinos. Por otro lado, yo a la izquierda literal, que es la izquierda, aunque no toda la izquierda, pero sí el Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) ejerce sobre mí el interés de ser un grupo que tiene sus publicaciones, las cuales las expresa con una escritura con la cual se puede debatir, no pienso lo mismo de otros grupos de izquierda, que tampoco me incomodan para nada, pero si tengo que optar por la izquierda-izquierda el PTS me parece un partido que lleva en sí mismo el problema de su herencia trotskista y lo lleva como problema; no es que impone a nadie enunciados de hace cien años por el presente; no, problematiza el presente con ese legado, lo mismo que debe hacer cualquier grupo político. En cuanto a mi izquierda, sí la reconozco un poco melancólica y la veo como un dilema ético más que nada, no tengo un programa económico que pueda decir este es el programa económico de la izquierda, pero sin duda es un programa ético la izquierda de incorporar en la gran cultura, en las grandes tradiciones, no sólo aquellas que se llaman así misma de izquierda, pienso en la gran tradición de escritores reaccionarios, ponele Borges, que podría ser llamado reaccionario, pero su incorporación a otro rango de lectura es un acto de izquierda.

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