Culto
Fundaciones culturales: grandes voluntades, pocos recursos

Fundaciones culturales: grandes voluntades, pocos recursos

Creadas para promover la obra de artistas y escritores, así como para apoyar la creación joven, las instituciones privadas sin fines de lucro dependen vitalmente de los aportes estatales. Sin ellos, se ven expuestos a severas crisis y al riesgo de paralizar sus funciones. La gran excepción es la Fundación Neruda.

En las guías de viaje del litoral central, Isla Negra ocupa una posición de relieve. De algún modo, puede considerarse el epicentro de la ruta de los poetas. Encumbrada en una colina y de cara al mar y su enjambre de rocas se encuentra la casa favorita de Pablo Neruda, hoy convertida en museo. Diariamente, cientos de personas visitan la casona donde el poeta reunió su colección de caracolas y mascarones de proa, y donde reposan sus restos y los de su viuda Matilde Urrutia. Y en su paso por ella dejan uno de los principales aportes de recursos a la Fundación Neruda.

Cerradas durante 17 años, las casas del Premio Nobel 1971 fueron laboriosa y cuidadosamente recuperadas luego de la destrucción que sufrieron tras el golpe militar. Isla Negra, La Sebastiana en Valparaíso y La Chascona en Santiago conforman los mayores activos de la fundación creada en 1986 a partir del testamento de Matilde Urrutia.

Concebida para preservar la obra del poeta, la fundación invirtió sus primeros años en restaurar los inmuebles, muebles, libros y colecciones de Neruda. Gracias a una gestión exitosa, en conjunto las casas reciben más de 300 mil visitas anuales y entregan más de US$ 1 millón 800 mil de recaudación, donde se suman el valor de las entradas ($ 7.000 general) y la venta de libros y recuerdos.

El caso de Neruda es inusualmente afortunado: son pocos los poetas que pueden rivalizar en popularidad con el autor de los Veinte poemas de amor. Su biografía pública está compuesta esencialmente de viajes, fugas, romances y leyendas, y sus casas están impregnadas de ellas, así como de objetos extravagantes y sentimentales.

A más de 45 años de su muerte, el 23 de septiembre de 1973, Neruda mantiene activa presencia en librerías. “Ahora acabamos de firmar un contrato de traducción de obras al chino”, cuenta Fernando Sáez, director ejecutivo de la fundación.

La corporación posee el 75 % de los derechos de autor (el 25% restante se distribuye entre sus familiares) y estos mantienen su vigencia por 25 años más (70 años después de la muerte según nuestra legislación).

En cualquier caso, a Sáez no lo desvela la vigencia de derechos: “Nuestra principal entrada proviene de las visitas a las casas-museo. Los derechos de autor dejan US$ 200 mil al año”.

De este modo, las casas-museo y los derechos de autor proporcionan a la fundación ingresos por US$ 2 millones al año.

Esos recursos cubren los gastos de honorarios y mantención de las casas, así como los principales ejes de trabajo cultural: talleres para jóvenes, el premio de poesía joven, festivales, y desde 2018 una colección de poetas de trayectoria (Elicura Chihuailaf, Carmen Berenguer, Elvira Hernández y José Angel Cuevas fueron los primeros).

Delicado equilibrio

A unos 19 kilómetros al sur de Isla Negra se encuentra Cartagena, balneario que hace un siglo recibía a la aristocracia de Santiago y donde pasó sus últimos años Vicente Huidobro, quien murió el 2 de enero de 1948.

La casa del poeta conoció diferentes propietarios, sufrió fracturas producto del último terremoto, y desde 2013 acoge al museo Vicente Huidobro, propiedad de la fundación que difunde la obra del autor de Altazor.

Creada en 1990 y presidida por Vicente García Huidobro, nieto del escritor, la fundación exhibe una trayectoria menos afortunada que la del poeta vecino y rival en las polémicas literarias del siglo XX. “En los primeros años recibimos subvención de la Municipalidad de Santiago, pero eso se acabó a fines de los 90”, cuenta García Huidobro.

Eventualmente los derechos de autor del poeta quedaron atrapados en una legislación anterior y caducaron en 1998.

Sin el apoyo del municipio, la fundación encontró respaldo en la empresa privada, pero por corto tiempo: “Desde el año 2000 esos recursos encontraron otros destinos: las empresas comenzaron a invertir en innovación, tecnología y medio ambiente”, dice el nieto.

Enfrentada a la escasez de recursos, la fundación atravesó serias dificultades, y pudo salir de la crisis gracias al programa Otras Instituciones Colaboradoras (OIC), del Ministerio de Cultura. Creada en 2016, esta línea de financiamiento apoya instituciones culturales sin fines de lucro, con trayectoria superior a cinco años que han demostrado ser un aporte notorio para la sociedad.

A través del OIC, la fundación recibe $ 80 millones anuales. “El Ministerio de la Cultura mejoró mucho la situación de la fundación. Nos ha otorgado tranquilidad para trabajar”, confirma García-Huidobro.

Con cerca de 30 mil visitas por año y un 70% de ellas subvencionadas, el museo no está en posición de aportar significativamente al presupuesto. “Tenemos que seguir trabajando, mejorar la señalética y los caminos de acceso”, subraya el presidente de la institución.

La Fundación Huidobro, como gran parte de las instituciones culturales, desarrolla hoy sus actividades con un frágil equilibrio: este martes junto a Editorial Universitaria presenta una antología de la poeta peruana Blanca Varela, en la casa central de la Universidad de Chile, que el año pasado abrió la Cátedra Huidobro. Para el segundo semestre, proyecta un festival de arte, pero por lo pronto García-Huidobro busca nuevo domicilio en Santiago: “Funcionábamos en la Casa Colorada hasta el año pasado. Pero se nos pidió salir porque la casa necesita reparaciones. Ahora estamos a la búsqueda de una sede donde conservar nuestros archivos”.

Dos caras

Dispersa por Chile y el mundo durante años, la obra de Violeta Parra encontró una casa definitiva en el museo que lleva su nombre. En 1992 Isabel y Angel Parra crearon una fundación que se abocó minuciosa y tenazmente a recuperar el patrimonio visual de su madre. Y entregaron 47 obras en comodato a la nueva Fundación Museo Violeta Parra, que abrió en 2015 a pasos de Plaza Italia.

Dirigida por Cecilia García Huidobro y con un directorio que integran Isabel y Javiera Parra, la Fundación Museo Violeta Parra recibe $ 450 millones anuales de parte del Ministerio de las Culturas.

Contrariamente, la institución original creada en 1992 y que conserva la obra musical de la artista, no cuenta con subvenciones ni recursos propios. “Hacemos muchos proyectos con el museo y cantamos con frecuencia ahí, pero no tenemos un espacio físico. Y aunque hay música, el museo gira en torno a la obra visual”, dice Isabel Parra.

Con veinte años menos, la Fundación Nemesio Antúnez enfrenta un escenario similar. Creada en 2015 y dirigida por la hija menor del artista, Guillermina, nació con el fin de sistematizar el archivo del pintor, construir una plataforma web y desarrollar un plan de celebración del centenario. No cuenta con patrimonio propio ni presupuesto fijo.

“La fundación financia sus proyectos principalmente en base a fondos concursables”, dice Guillermina Antúnez. Para la sistematización del archivo, recibió $ 8 millones, y el año pasado le fueron asignados $ 15 millones para un proyecto de ilustración.

Inaugurada recientemente, la muestra Antúnez centenario se distribuye en dos museos (Bellas Artes y MAC) y fue financiada íntegramente por el Ministerio de las Culturas. Se trata de uno de los ejes del Proyecto Centenario Nemesio Antúnez, al que se destinaron $ 131 millones y que considera actividades todo el año, como itinerancias, la edición de un cuaderno pedagógico y la apertura a público del archivo digital

Salvavidas

En una casona de dos pisos en las inmediaciones del Parque Bustamante, se encuentra la nueva sede de la fundación Víctor Jara. Cuenta con sala de reuniones, espacio de exposiciones, tienda y un patio que parece naturalmente destinado para actividades musicales.

“Esta casa es un gran logro”, dice el cineasta Cristián Galaz, director ejecutivo de la fundación. El inmueble les fue cedido por Bienes Nacionales en 2016: “El Estado consideró que una fundación como nosotros requería apoyo de los chilenos”.

Legalizada en 1993, la fundación despliega su tarea en dos grandes ejes: cultura y derechos humanos. El primero abarca edición de discos y libros en torno a Víctor Jara, visitas pedagógicas a colegios, un festival y un archivo visual web, lanzado en marzo. El segundo los mantiene en red con sitios de memoria, especialmente con el estadio donde el cantante fue asesinado.

La fundación no cuenta con los derechos de autor, pero sí es beneficiada por el programa OIC con $ 70 millones anuales. Tras el cierre del Galpón Víctor Jara en 2013, que les proveía de ingresos regulares, el aporte del Ministerio de Culturas rescató a la fundación de una profunda crisis.

“El Estado debe apoyar este tipo de trabajos, hay muchas fundaciones que no tienen apoyo”, dice Galaz. “Hablo por ejemplo de la fundación Gonzalo Rojas, que no tiene cómo desarrollar su trabajo”.

Gonzalo Rojas May, hijo del poeta y presidente de la fundación, encabezó el centenario del autor en 2017, y el año pasado abrió la casa de su padre en Chillán como centro cultural, gracias a un conjunto de aportes públicos. Consultado por este medio, prefirió no referirse al tema.

La gestión de recursos es el problema transversal que afecta a las fundaciones culturales. Si bien muchas de ellas funcionan con presupuestos diminutos y voluntades gigantescas, a veces las carencias impiden continuar. Es el caso de la Fundación Manuel Rojas. Fundada en 2011, la institución presidida por Jorge Guerra decidió entrar en receso.

“Esperamos que sea solo por un breve tiempo, una pausa que permita dar con una estrategia que logre captar recursos públicos y privados”, dice Guerra.

Sin subvenciones ni derechos de autor, que pertenecen a la familia, gran parte de los proyectos han sido empujados por “gestiones personales de quienes les interesa Manuel Rojas”. En sus ochos años, la fundación logró impulsar nuevas ediciones, montar exposiciones, lanzar un sitio web y unirse al Premio Manuel Rojas. Además, próximamente presentarán un archivo digital junto al Centro de Estudios de Literatura Chilena UC.

Más allá del interés y la energía personal de quienes sostienen las fundaciones, los fondos públicos hoy parecen vitales para su subsistencia. Los recursos privados, según dicen, no llegan a ellos. “El Estado debería tener un compromiso mayor y más fuerte con estas personalidades que hicieron un aporte enorme a nuestra cultura”, dice Cristián Galaz.

El año pasado, los hijos menores de Nicanor Parra inscribieron una fundación con su nombre. Una vez que superen sus problemas de herencia, Las Cruces naturalmente aportará un museo al litoral de los poetas. Y la fundación se verá enfrentada al mismo dilema: cómo difundir cultura sin morir en el intento.

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