De Kafka a Virginia Woolf: los libros que inspiraron a García Márquez

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El escritor colombiano era un lector voraz, que lograba obtener enseñanzas de los relatos. Desde clásicos a complejas novelas contemporáneas, el autor leía todo lo que cayera en sus manos.


La extensa obra literaria y periodística de Gabriel García Márquez no se formó solo a punta de observación y cientos de borradores que acabaron en un tacho de basura, sino que también de muchas, muchísimas, lecturas.

El mismo novelista lo reconoció a Revista Bohemia, en 1979. "La literatura no se aprende en la universidad, sino leyendo y leyendo a los otros escritores". Por ello a lo largo de su vida comentó en varias entrevistas y artículos, algunas de las lecturas que lo marcaron.

Las mil y una noches, es uno de los textos que el colombiano mencionaba como sus preferidos. "Aprendí para no olvidarlo nunca que sólo deberían leerse los libros que nos fuerzan a releerlos", señaló en una entrevista. Incluso dejó entrever su influencia en su imaginario realista mágico. "Incluso me atreví a pensar que las maravillas contadas por Sherezade ocurrieron realmente en la vida diaria de su tiempo. Por la misma razón parecía imposible que alguien de nuestro tiempo volviese a creer de nuevo que se podía volar sobre ciudades y montañas en una alfombra, o que un esclavo de Cartagena de Indias viviría durante doscientos años en una botella como un castigo, a menos que el autor de la historia pudiese hacer que sus lectores lo creyesen".

En la misma categoría él consideraba a libros como La isla del tesoro -de Robert Louis Stevenson- y El conde de Montecristo -de Alejandro Dumas-, pues "fueron mi droga feliz en aquellos años pedregosos". La obsesiva travesía del capitán Ahab en la novela Moby Dick, de Hermann Melville, también conmovió al escritor. "Cuando lo leí me pareció una proeza literaria asombrosa".

Pero no solo los clásicos eran los preferidos del autor de El otoño del patriarca. También autoras contemporáneas como Virginia Woolf fueron parte de sus influencias, especialmente cuando un amigo le obsequió un ejemplar de La señora Dalloway. "Me lo regaló con el pronóstico de que me lo aprendería de memoria, y así fue". 

El relato audaz y desestructurado de Ulises, la influyente novela de James Joyce, también marcó al narrador. "Un compañero de la Universidad me reiteró: 'esta es la otra Biblia'", contó. A pesar de su difícil lectura, con los años aprendió a valorar la obra. "Años más tarde, como un adulto dócil, me impuse la tarea de leerlo de nuevo de una manera seria, y no sólo era el descubrimiento de un mundo real que jamás sospeché dentro de mí, sino que también proporcionó ayuda técnica muy valiosa para mí, liberando el lenguaje y en el manejo de tiempo y estructuras en mis libros".

En cambio, hubo otros textos que le produjeron consecuencias no deseadas. Tal fue el caso de La Metamorfosis, de Kafka. "Después de leerlo, nunca más volví a dormir con la placidez de antes. Me di cuenta de que no era necesario demostrar hechos: fue suficiente para el autor escribir algo para que fuese verdad, sin prueba que no sea el poder de su talento y la autoridad de su voz", escribió en sus anotaciones. Incluso leyó ese texto desde la perspectiva de otro de sus predilectos. "Fue Sherezade todo de nuevo, no en su mundo milenario donde todo era posible, pero en otro mundo irreparable en el que todo ya se había perdido".

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