Culto
Festival de Viña: un show en sí mismo

Festival de Viña: un show en sí mismo

Las postales por la que será recordada esta sextagésima versión del Festival son la consolidación de Felipe Avello; la reinvención sinfónica de Raphael; la nostalgia noventera de Backstreet Boys y el despliegue visual que le dio Jorge Alís a su rutina.

Pese a que Viña 2019 tuvo un cartel de artistas repetidos, el Festival incluso mejoró su rating en comparación al año anterior. Desde hace décadas tratan de darlo por muerto y hace aflorar el clasismo de algunos por su vocación popular, pero el evento sigue ahí, marcando la pauta de fin del verano, concitando un interés que no logra ningún otro programa de televisión -también es el evento que más tweets genera en el año- y de manera transversal en edades y grupos socioeconómicos.

Tiene una fórmula que parece anacrónica, pero sigue funcionando, gracias a una Quinta Vergara que grita por una Gaviota -aunque se la dan a todos-, que lleva carteles para saludar a los artistas o a sus familias, que pide el beso de los animadores y que es capaz de pifiar por 35 minutos a una comediante como Jani Dueñas -algo casi inédito, porque suelen irse antes de los 15 minutos si les va mal-, con alto rating y alto morbo.

A falta de artistas como Sting, Elton John o Luis Miguel, que en los últimos años fueron figuras absolutas -y consiguieron mejorar la imagen del evento-, en esta edición el humor tuvo toda la atención. Para presenciar, seguramente, si Dino Gordillo repetía los mismos chistes (y así fue), si a los más desconocidos los pifiaban o no, si corría sangre -figurativamente hablando- como tanto parece gustar ver. Hace nueve años, CHV entendió que ese era el ADN del Festival y transmitió por primera vez la gala. Desde entonces, es lo más visto del año, porque nadie quiere perderse quién se viste mejor, peor o hace el ridículo, sacando a relucir un costado del que pocos están dispuestos a confesar, pero que el rating delata.

Las postales por la que será recordada esta sextagésima versión del Festival son la consolidación de Felipe Avello como el mejor comediante de la actualidad; la reinvención sinfónica de Raphael; la nostalgia noventera de Backstreet Boys y el despliegue visual que le dio Jorge Alís a una rutina de humor. Pero seguramente se hablará más del fracaso de Jani Dueñas. María Luisa Godoy y Martín Cárcamo mostraron química y una animación fresca, más moderna y menos acartonada que sus antecesores -sería ilógico que no siguieran en 2020-, pero muchos también recordarán que no pronunciaron bien el inglés o que lanzaron frases destempladas del tipo “gracias por ese humor revolucionario”, cuando despedían al comediante Mauricio Palma.

De lo que nadie hablará ni recordará son las competencias internacional y folclórica, que este año tuvieron un jurado más atractivo. Es absurdo que se mantengan bajo la premisa de que sin ellas dejaría de ser un Festival de la Canción y se volvería como cualquier otro, porque eso ya sucedió. Nadie en el mundo se pelea por venir a competir a Viña, eso solo ocurre en la imaginación de los organizadores, y resultaría tanto mejor para la música chilena que esos 30-40 minutos, que hoy están desperdiciados, fueron destinados para que un artista local emergente -tipo Camila Gallardo- se presentara cada noche.

Que este haya sido el primer Festival de la nueva alianza entre TVN y Canal 13 es un dato anecdótico. Salvo inconvenientes técnicos en la gala y en la primera noche, prácticamente todo se vio igual de bien a cuando lo organizaba CHV, porque es irrelevante qué canal lo emita. Es un evento que se mueve por cuenta propia, a pesar del cartel de artistas repetidos y de comediantes que no merecían estar. Porque ver a quien pifian, quién está bailando en el palco, cuán viejo o cuánta voz ha perdido un cantante y quién desacierta es un show en sí mismo.

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