Culto
El antipoeta, el mago y el toro furioso

El antipoeta, el mago y el toro furioso

Nicanor Parra tomó distancia de los poetas mayores y mantuvo relaciones polémicas con ellos o con sus seguidores. Condenó la poesía de Huidobro y tuvo en De Rokha a uno de sus mayores detractores.

Es tal vez su poema más confrontacional. En 1963 Nicanor Parra publicó su Manifiesto. Declaración de principios y pistoletazo de guerra, en él el creador de los antipoemas hacía un polémico rayado de cancha, singularizaba su estética y marcaba un antes y un después:

“Durante medio siglo
la poesía fue el paraíso del tonto solemne
hasta que vine yo y me instalé con mi montaña rusa”.

En ese poema, Parra tomaba distancia de los poetas mayores: “Nosotros condenamos/ y esto sí que lo digo con respeto/ la poesía de pequeño dios/ la poesía de vaca sagrada/ la poesía de toro furioso”, decía en forma combativa. Naturalmente, se refería a Vicente Huidobro (el “pequeño dios”), Neruda (“vaca sagrada”) y Pablo de Rokha (“toro furioso”).

Con Neruda mantuvo una relación ambivalente, de admiración y rivalidad, de respeto, celos y competencia (ver nota aparte). Con el otro Pablo, en cambio, fue un vínculo más frontal: muy prontamente pasó de la simpatía a la enemistad.

Por entonces el terreno de la poesía chilena se parecía a un campo minado: los egos de los grandes poetas chocaban entre sí, cultivaban discípulos como guerrilleros y se disputaban los espacios con polémicas públicas incendiarias. Era la llamada guerrilla literaria.

Según contaba Nicanor, De Rokha fue amable con él en sus inicios y lo invitó a escribir en la revista Multitud, que él editaba. Pero el mayor de los Parra rechazó la oferta: en ese entonces mantenía buenas relaciones con Pablo Neruda, el mayor enemigo de De Rokha, y aparecer en la revista suponía ponerse en el bando contrario. El vate del Macho anciano, según Nicanor, no le perdonó el desaire y le declaró la guerra.

“Parra no es nada más que un snob plebeyo y populachero, no popular, un versificador a niveles intolerables de oportunismo”, diría De Rokha sobre el antipoeta. Maestro en las artes del insulto, el poeta de Lincantén condenaría la antipoesía como “un escupo de mosca tirado a un espejo inexistente, pequeño ladrido de perro más o menos tiñoso y metafísico”.

Desde luego, las ofensas de De Rokha no solo eran un teatro público, también se tejían en privado: en 1966 el escritor Mario Ferrero preparaba un libro en torno al poeta de Los gemidos, y se lo dio a leer. En uno de sus pasajes el texto hablaba de los estilos de algunos poetas y mencionaba al antipoeta. Por supuesto, De Rokha no lo aceptó: “Amigo Ferrero: ¿Es posible referirse a Nicanor Parra, incluyéndolo entre los poetas? Yo estimo que no es posible. A mí me parece un mistificador idiota, absolutamente idiota y perverso”, anotó en el manuscrito.

A pesar de esa animosidad contra el mayor de los Parra, De Rokha admiraba a Violeta Parra y se le vio muy afectado en su funeral, en 1967. Allí, recordaba Nicanor, el poeta se le acercó y le hizo saber su pesar. Aquella fue la última vez que lo vio.

Un año después, De Rokha pondría fin a su vida, tal como Violeta. En conversación con Jorge Teillier, Nicanor Parra defendería la dignidad del suicidio y situaría a De Rokha entre los grandes poetas chilenos. Pero no perdería la ocasión de restarle méritos en lo que acaso más enorgullecía a De Rokha: el carácter chileno y popular de su poesía. “Lo que a mí me parece dudosa”, dice Parra, “es la chilenidad de Pablo de Rokha. Dije en una ocasión que él era la antítesis del chileno medio, que es quitado de bullas, ladino, introvertido, que no pone su yo por delante, y si le preguntan acaso es poeta suele contestar que sí, que algo le pega, que escribe unos versitos. Todo lo contrario de la sicología rokhiana”. Por ello, agrega, De Rokha nunca será popular. “O compare usted un público que escuche mi Cueca larga o cualquier poema de Pablo de Rokha, y verá por quién se siente más interpretado”.

Creacionistas

El primer autor que utilizó el término antipoeta fue Vicente Huidobro. Claro que lo usó con un sentido distinto a Parra. “Aquí yace Vicente Huidobro, antipoeta y mago”, dice al final de Altazor. Parra comparte con Huidobro la voluntad experimental, el sentido lúdico, el afán desmitificador, la sorpresa y el humor. Pero está en las antípodas de su estética.

En su Manifiesto Parra condena a quienes, como Huidobro, que había muerto en 1948 y era un seguidor de las vanguardias francesas, agrupan “palabras al azar/ a la última moda de París”.

Ante Huidobro y su séquito (Eduardo Anguita, los poetas de La Mandrágora, entre otros), “creacionistas, versolibristas, herméticos, oníricos, sacerdotales”, Parra propone una poesía “al alcance del grueso público”.
Muchos años después, en el centenario de Vicente Huidobro, en 1993, Nicanor puso de algún modo punto final a la controversia con el discurso Also Sprach Altazor, donde escribió:

“¿Qué sería de Chile sin Huidobro?
¿Qué sería de la chilena poesía sin este duende?
Fácil imaginárselo: todos estaríamos escribiendo
Sonetos
Odas elementales
O gemidos
Alabado sea el Santísimo”.
En su saludo a Huidobro, Parra no pierde ocasión de ironizar con Neruda y De Rokha.

En sus últimos años, desde la terraza de su casa en Las Cruces, a Nicanor le gustaba observar hacia Cartagena y con prismáticos buscar la tumba de Huidobro. A más de medio siglo de su célebre Manifiesto, tal vez el antipoeta había firmado la paz con el poeta creacionista, tal como escribió en las últimas palabras del discurso que le dedicó:

“Paz en el mar a las olas de buena voluntad
Paz sobre la lápida de los naufragios
Paz sobre los tambores del orgullo y las pupilas tenebrosas
Y si soy el traductor de las olas
Paz también sobre mí”.

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