Culto
La ovación que Ennio Morricone recibió en su segunda visita a Chile

La ovación que Ennio Morricone recibió en su segunda visita a Chile

Al mando de la Sinfónica y del Coro de la U. de Chile, el músico ofreció en 2011 un repertorio de sus obras más populares, aunque distinto al de su primera visita.

Curiosos los romances que Chile tiene, de tanto en tanto, con ciertas figuras. Mientras en Londres Ennio Morricone, con un show muy similar al que mostró anoche en Santiago, toca sólo un día en el Royal Albert Hall, aquí vende, como si nada, las localidades de dos fechas seguidas en el Movistar Arena, un sitio con más del doble de capacidad.

Como todo romance, este tiene algo de inexplicable. Se sabe, sí, que partió hace más de tres años, cuando el italiano ofreció dos conciertos gratuitos al aire libre, por encargo de la corredora de bolsa Celfin Capital, que para celebrar sus 20 años se metió la mano al bolsillo y regaló dos conciertos del que debe ser, junto con John Williams, el compositor vivo más importante del cine.

La actuación de anoche fue distinta de ese debut. Distinta, porque entonces fue la Sinfónica de Roma la que estaba a sus órdenes (anoche le tocó a la de Chile, que no lo hizo mal). Distinta, porque el Parque Bicentenario de Vitacura, cuya acústica queda sometida a la voluntad del aire, fue reemplazado esta vez por un recinto cerrado, aunque el sonido no fuera mucho mejor. Y distinta, sobre todo, porque no hubo rastros del caos desatado esa vez por la masiva concurrencia, que superó a la producción en el segundo día y provocó cosas como gente pifiando por no haber podido entrar y un entusiasmo inusual por parte de cierto público, que era capaz de seguir con las palmas las melodías más reconocidas de Morricone. Imágenes, por cierto, más propias de un recital rockero que de un concierto dirigido por un circunspecto señor vestido de frac.

Anoche todo fue orden y normalidad. El compositor apareció en escena con 10 minutos de retraso, menos formal esta vez, vestido de terno y corbata, y con una seriedad y concentración que lo acompañaron durante todo el concierto.

El repertorio fue, en gran medida, el esperable. Es decir, centrado en las obras más populares de un músico que puede presumir de un impresionante número de bandas sonoras (cerca de 500), aunque también tuvo algo de riesgo o, si se quiere, novedad, al menos respecto a lo ya mostrado. Se escucharon los temas centrales de El clan siciliano, Investigación de un ciudadano libre de toda sospecha y H2S, filmes menos conocidos, aunque con partituras atractivas.

Dividido en cinco partes, el concierto tuvo en el apartado dedicado a Sergio Leone uno de sus puntos altos, aunque la soprano Susanna Rigacci, quien casi siempre acompaña al músico, no estuviera en sus mejores días.

Tampoco fue un buen día para el sonido. No porque haya habido algún problema puntual, sino porque no fue el que uno espera cuando va a escuchar música principalmente sinfónica. El Movistar Arena, cierto, no está pensado para ello, pero también anoche todo sonó como estandarizado por la mesa de sonido, lejos de la dinámica y la potencia naturales de la música orquestada. Luego de La misión, la banda sonora más celebrada, Morricone recibió no una, sino que varias ovaciones, lo que obligó a más de un bis, donde repitió temas como “El éxtasis del oro”, de El bueno, el malo y el feo.

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