Culto
Diamela Eltit: las cosas en su debido lugar

Diamela Eltit: las cosas en su debido lugar

Todo premio literario produce reverberaciones extraliterarias. Y en este caso, a diferencia de trifulcas anteriores, me refiero a las históricas y también a las más recientes, se dio una transversalidad que fue grata de observar.

Es perfectamente posible no admirar de principio a fin la propuesta estética de Diamela Eltit y, al mismo tiempo, sostener sin asomo de duda que la autora es una de las prosistas más oficiosas de nuestra lengua. A mí, sin ir más lejos, no me conmueven demasiado ciertos tópicos que abundan en sus libros, pero no por ello voy a dejar de reconocer, ni menos de celebrar, la búsqueda, la osadía y la pureza técnica que permean parte de su literatura.

El reconocimiento que ella recibió vuelve a poner, además, las cosas en su debido lugar. Manchado como hasta ayer estaba el Premio Nacional de Literatura (versión narrativa) por concesiones ajenas a lo artístico, hoy los lectores podemos respirar aliviados: la distinción a Eltit es prueba sólida de que entre los jurados primó el sentido estético por sobre el populismo, el valor de una obra que genera admiración horizontal por sobre el amiguismo.

No faltarán, sin embargo, los mezquinos o los ignorantes que aleguen motivaciones ocultas, como, por ejemplo, que debido a que el feminismo es una fuerza universal de nuestros días, al gobierno de turno le reportará alguna ventajilla premiar a la única mujer entre los candidatos al galardón. El error de cálculo de tal afirmación es flagrante, puesto que un país que sólo cuenta con cuatro laureadas antes que Eltit (a la Mistral le dieron el Premio Nacional después del Nobel), ciertamente tiene una deuda con la literatura femenina. Diamela Eltit es quien hoy mejor encarna la voz escrita de las mujeres chilenas.

Todo premio literario produce reverberaciones extraliterarias. Y en este caso, a diferencia de trifulcas anteriores, me refiero a las históricas y también a las más recientes, se dio una transversalidad que fue grata de observar: el despliegue de la campaña que promovió la candidatura de Eltit -campaña de la que ella se mantuvo al margen- fue algo nunca antes visto, y por allí desfilaron ultramontanos, trasgresores y progresistas. La literatura también puede unir voluntades que, en ausencia de ella, permanecerían dispersas o antagónicas. Y ésta es una razón más para expresar mi enhorabuena.

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