Culto
Calamaro tiene la fórmula: los éxitos de una carrera imbatible

Calamaro tiene la fórmula: los éxitos de una carrera imbatible

Bastó que Miguel Abuelo lo reclutara para exhibir un talento creativo inusitado. En cada período, como tecladista de Los Abuelos de la Nada, frontman de Los Rodríguez o en su etapa solista, Andrés Calamaro demostró su capacidad a la hora de componer, ofreciendo un catálogo de clásicos eternos.

La primera vez que Gerardo López coincidió con Andrés Calamaro, recuerda, le sorprendió la seguridad que proyectaba el novel músico. Recomendado por Alejandro Lerner, el propio “Cachorro” y Miguel Abuelo lo fueron a buscar para convertirlo en el tecladista de la nueva formación que reviviría el proyecto de Los Abuelos de la Nada. Le mostraron un puñado de canciones, ideas y sonidos que el frontman de la extinta banda absorbió en su periplo por el viejo continente. Calamaro, hasta entonces tecladista de numerosos grupos adolescentes, replicó con algunas de sus intenciones. López destacó que esa autoestima tan convincente selló el acuerdo. Calamaro, sin embargo, en su libro Paracaídas & vueltas (2015) sostiene que durante el encuentro se sintió algo inseguro: “‘El gran orinador’ -una de las canciones que Abuelo le presentó- tenía demasiados acordes distintos y me asustó un poco el desafío armónico”.

La casa de Quique Gornatti, en Constitución, refugió los primeros ensayos: de instrumentales funkys al despegue compositivo que pronto le brindaría un protagonismo impensado inicialmente. Con 21 años, Calamaro ya no era tan sólo el extecladista de un puñado de proyectos tan prometedores como efímeros: daba los primeros pasos para transformarse en el hitmaker de la banda de Miguel Abuelo y también comenzaba a inscribir su nombre en una época revolucionaria para la escena del rock argentino.

Refrendó su estatura como creativo posteriormente con su escape a España y se recibió con su regreso como solista. ¿La clave de su éxito? En una entrevista concedida a Rolling Stone, el propio Calamaro aseguró no tener una forma definida de componer: “Yo no tengo métodos y prefiero tampoco revelar las formas. Confieso que hice trampas alguna vez, que tomé algún verso prestado o que robé demasiada fruta del árbol de canciones. Pero también ahorré canciones y, visto lo visto, fue más seguro que poner la plata en el banco”.



El estallido de la nada

Confeso baterista no-tan-frustrado y ferviente admirador de Keith Moon, Calamaro, sin embargo, lograría acaso su mejor performance en el teclado. Violeta Gainza, quien fue su profesora de piano desde los seis años, admitió en entrevista con la Revista Mavirock que Andrés “era un adelantado, que componía piezas complejas y ya mostraba un talento”. En efecto, a los 16 años ideaba canciones junto a “Gringui” Herrera, grababa discos y salía de gira. Hasta que recibió el llamado para ser un abuelo.

En 1982 fue su debut en el estudio, presentando Los Abuelos de la Nada, con una novedad: fue el principal responsable de “Sin gamulán“, la canción que anticipó el fenómeno y que impulsó las ventas de la banda. Su cometido incluso le permitió tiempo después formar parte provisoriamente del conjunto de Charly García.



Un año más tarde, en Vasos y besos, Calamaro se repitió el plato y aportó con el mayor himno de la agrupación: “Mil horas”. En un principio, la canción, según el propio Andrés, “no le gustaba a nadie”: al interior del grupo la consideraban no-adecuada y Charly la tildó de música rusa. El Salmón, por su parte, la definió en Rolling Stone como: “un collage psicotrópico, resentimental y un estribillo que parece anticiparse con cierta ironía a la música popular bailable actual”. Calamaro, además, con el pasar de los años ha admitido no sentirse orgulloso del “hit” y que hubiese preferido que lo interpretara Miguel Abuelo.



En 1985, seguramente el año más complicado para la banda, que sufriría las bajas de Gustavo Bazterrica -reemplazado por “Gringui” Herrera- y posteriormente la del propio Calamaro, grabaron Los Abuelos en el Ópera, su primer registro en vivo. El setlist ofreció el debut de otra canción escrita por Andrés: “Costumbres argentinas”, que pronto se convertiría en otro de sus emblemas. Su particularidad es precisamente que nunca fue grabada en un disco que no fuera en directo.


Estar de Rodríguez

Andrés Calamaro conoció a Ariel Rot durante la segunda parte de la década de los ochenta. Ambos buscaban un objetivo común: dar un vuelco a sus carreras tras las exitosas expediciones logradas en Los Abuelos de la Nada y Tequila respectivamente. En la búsqueda de ese sonido más personal, comenzaron una estrecha colaboración que se tradujo en el disco Por mirarte (1988). El éxito, sin embargo, en esta oportunidad, les fue esquivo. Un escenario que se sumó a la crisis institucional y económica que atravesaba por entonces Argentina. Ariel Rot, entonces dio el primer paso y, durante un viaje en Madrid, sintió la confianza necesaria para repetir la fórmula: montar un proyecto desde cero en España. Convocó a Julián Infante, excompañero en Tequila, Germán Vilella y, la pieza clave, Andrés Calamaro. Nacían Los Rodríguez.

La apuesta no tardó en funcionar y la sociedad hispano-argentina logró el reconocimiento que Andrés no obtuvo en su primera etapa como solista en el país trasandino. “No suena muy modesto, pero creo que en esa época estábamos por encima de todas las bandas del momento. Incluso creo que aún hoy lo estamos. No quiero decir que no haya buenas bandas, pero Los Rodríguez dejaron el listón muy alto”, opinó Calamaro, años después, en Revista Mavirock.



En su debut en el estudio, Buena Suerte (1991), la sociedad Calamaro/Rot regaló un batallón de hits como “A los ojos“, “Engánchate conmigo” y “Mi enfermedad“. Pero el gran éxito del conjunto llegaría en su segundo trabajo discográfico: Sin documentos (1993). “Dulce condena“, “Salud“, “Mi rock perdido“, “Me estás atrapando otra vez” y la canción homónima daban cuenta de una rumba-rock más madura, acaso profesional.

Palabras más, palabras menos (1995) marcaría la separación de la banda. Un éxito de ventas que entregó otros títulos clásicos como “Milonga del marinero y el capitán“, “Aquí no podemos hacerlo“, “Todavía una canción de amor” -con la participación de Joaquín Sabina- y “Para no olvidar”.



Prodigio pop

Mientras acumulaba elogios por su decisiva participación en los “hits” de Los Abuelos de la Nada, Calamaro presentó su primer disco en solitario: Hotel Calamaro (1984), un trabajo íntimo que sumó colaboraciones de Charly García -en la producción de cuatro temas-, Cuino Scornik, David Lebón y los GIT, entre otros. “Fabio Zerpa tiene razón” y “No me pidas que no sea un inconsciente” fueron los dos sencillos más destacados.



Sobre “No me pidas que no sea un inconsciente”, Andrés recordó en Rolling Stone que la hizo junto al Cuino en una Navidad en casa de sus viejos. Y aunque asume que tiene un arreglo de coros bastante bueno, admite que “la grabación tiene un defecto en la velocidad: todo el disco está un poco acelerado y afecta el sonido de la voz”.

Le seguiría, un año más tarde, Vida cruel, disco experimental con un carácter más vanguardista, contrario al pop que exhibía en la banda de Miguel Abuelo. “El mejor hotel“, con Roberto Petinatto, y “Acto simple” son algunos de los destacados, aunque “Vi la raya” seguramente sea el tema que más brilla, además por las colaboraciones de Charly y el “Flaco” Spinetta. “La hicimos con Charly en Palermo y la grabamos en cinta de ocho canales. Después en Panda la grabamos de nuevo con los músicos y con Luis Alberto”, recuerda Andrés.



Tras su salida de Los Abuelos de la Nada, Calamaro volvió al estudio para la entrega de Por mirarte. Precisamente la canción homónima es uno de los “hits” del trabajo: “Estábamos buscando sonidos más naturalmente crudos y razonables. No sé si es el caso de “Por mirarte”. A veces creo que el disco era una excusa para encerrarse a grabar y consumir estimulantes, fumando hierba todo el tiempo”, asume.



Nadie sale vivo de aquí (1989) fue su última intención como solista antes de viajar a España: “un disco que gustó sin lograr nada”, aclaró alguna vez. También un disco en el que encontró el sonido que tanto buscaba y que utilizó por un buen tiempo tanto en vivo como en grabaciones. “Vietnam“, una canción de 40 segundos que contó con la participación de Fito Páez y Gustavo Cerati, y “Señal que te he perdido” son algunos de los temas que más gustaron. Sobre esta última, Calamaro expresó en Rolling Stone: “Probablemente la mejor canción de aquella cosecha y una de mis preferidas. Todavía hoy me gusta. La letra, la construcción de acordes simple pero armónica”.



La dirección del salmón

Concluida su etapa en Los Rodríguez, el bonaerense comenzó una nueva etapa en solitario. En esta oportunidad, más maduro (confesó que la etapa en Los Rodríguez había sido su doctorado), y seguramente en el período creativo más importante de su carrera, viajó a Estados Unidos y consiguió un equipo de lujo para estrenar la que sería su revancha en Argentina. Alta suciedad (1997), como él mismo definió en Mavirock, “fue una grabación extraordinaria” que logró “trascender a Los Rodríguez”.

Loco“, “Media Verónica“, “Crímenes perfectos” y “Flaca” fueron los grandes éxitos del segundo disco más vendido en la historia del país vecino y el décimo mejor álbum en la historia del rock argentino, según la revista Rolling Stone.



Sobre la construcción de “Flaca”, clave en el éxito del disco, Calamaro recordó que Charley Drayton “le dio mucho oxígeno invirtiendo la figura del bajo” y explicó que “tiene una estructura muy original, nada estándar para una canción de esta especie, con algún registro de R&B”.

Así como apuntó a Alta suciedad como “una grabación extraordinaria”, Calamaro considera a su disco sucesor, Honestidad brutal, como “un episodio interminable en los estudios de grabación, un ‘apocalypsis now’”. El álbum, editado en 1999, presentó “hits” como “Te quiero igual“, “La parte de adelante“, “Los aviones” y “Paloma”, además del homenaje a Miguel Peralta: “Con Abuelo”.



“Paloma”, canción que se convirtió en una de las favoritas del público, fue una letra que Andrés escribió en un viaje de Santa Rosa a provincia de Buenos Aires. “No puedo negar que haya existido una muchacha del mismo nombre, pero no es que toda la letra está inspirada en Paloma porque aquel fue un encuentro furtivo y fugaz”, señala al respecto.

En el 2000, Calamaro volvería a golpear fuerte: El Salmón, disco quíntuple, un repaso a gran parte de su carrera, homenajes a amigos como Fito Páez, Pappo y Spinetta y a ídolos como The Beatles, The Rolling Stones y Carlos Gardel, entre otros.

Uno de los temas que más gustó del inmenso trabajo fue “Tuyo siempre”. En un especial de Rolling Stone, Calamaro explicó cómo nació: “Estaba con un distribuidor de estimulantes que me pidió -muy amablemente- que escribiera una melodía francamente popular, algo que se pudiera escuchar en cualquier barrio. Grabé la versión de El salmón, que es la misma melodía pero sobre una especie de reggae japonés más arrastrado. En vivo con Bersuit grabamos la versión definitiva, cinco años después en el Luna Park. Mi frase preferida es la épica “este viaje es mejor hacerlo solo””.



El regreso

Tras un período de casi cinco años, que el propio Calamaro definió como “un breaking bad total imposible de narrar”, decidió volver a Argentina. Aún herido, acaso intoxicado, aunque bastante mejor, se alió con sus amigos de la Bersuit para volver a su estado ideal. Y también a los escenarios, oportunidad que se presentó en 2005. Un año antes, El Salmón editó su octavo disco, El cantante, con una serie de reversiones de clásicos latinoamericanos.



“Estadio Azteca” es uno de los temas que escribió, junto a Marcelo Scornik, y que se transformó en un clásico de sus setlist. Calamaro explicó que fue una de las primeras canciones que grabó tras El salmón, y relató el proceso: “La escribimos “al mismo tiempo” con Marcelo. Nos damos una métrica, yo espío la clase de versos que está escribiendo y empiezo a grabar una base completa”.

Tras los estrenos en 2006 de Tinta roja, disco recopilatorio de tangos, y El palacio de las flores, producido por Litto Nebbia, Calamaro volvió un año más tarde con La lengua popular, que le valió ganar el Grammy Latino 2008 a mejor cantante de rock. “Los chicos”, “Carnaval de Brasil”, “5 minutos más” y “Mi Gin Tonic” fueron algunos de los éxitos del trabajo.



Sobre “Carnaval de Brasil”, Calamaro indicó que la idea era buscar “un paralelo a “Crímenes perfectos”, una power balada con un estribillo épico”.

En 2010, On the rock fue la nueva apuesta de El Salmón, una aventura de estilos que van desde los riffs de puro rock, al flamenco y también a la cumbia. En ese sentido, uno de los temas que más llamó la atención fue “Tres Marías”, que contó con enorme participación de Pablo Lescano, frontman de Damas Gratis y padre de la denominada cumbia villera.



Bohemio (2013) se transformó en el decimotercer trabajo discográfico de Calamaro. Aclamado por la crítica especializada, incluso fue seleccionado como el mejor disco del año por la revista Rolling Stone. “Plástico fino” y “Cuando no estás” fueron las que más gustaron.

Precisamente sobre esta última, el cantautor bonaerense afirmó que “escuchándola con cierto detenimiento se puede adivinar que “el que no está” soy yo en mis “viajes vampiros” entre Buenos Aires y Madrid”.



En diciembre de 2016, presentó Volumen 11, su decimocuarto álbum a la fecha, que comprende distintos registros que realizó en distintos estudios y con diferentes colegas entre 2012 y 2016. Una muestra más de los muchos Calamaro a lo largo de su carrera.

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