Culto
Susan Sontag, cuentos de una vida

Susan Sontag, cuentos de una vida

La escritora estadounidense no es tan conocida como narradora, pero lo era. El libro Declaración reúne la totalidad (o casi) de sus relatos. El matrimonio, la pérdida, la enfermedad o conocer a Thomas Mann, son algunos de sus temas.

Ya sea porque se dedicó de manera menos constante o por la importancia e influencia de sus ensayos, el nombre de Susan Sontag (1933-2004) no se asocia tanto con la ficción. Su obra narrativa es más pequeña, en todos los sentidos, que la ensayística, la que goza de un prestigio tan grande que casi excluye la atención al resto de su labor. Por otra parte, la personalidad de la autora (para algunos, es una narcisista esnob; para otros, un genio indiscutible) a veces amenaza con distraer el foco en ella por sobre su creación.

Es cierto que Sontag de cierta forma renovó el género del ensayo en los Estados Unidos, por sus perspectivas, por sus temas, mezclando tanto su pasión por la literatura vanguardista como por la cultura de masas. Hizo de las drogas, la pornografía o el fascismo, objetos de análisis cultural no especializado. Cambió (a veces, inició) el interés en el camp (la estética de lo pop basada en la ironía o la exageración), en la fotografía, en la enfermedad.

Su producción narrativa, con todo, no es tan escasa, ni tardía. De hecho, su primer libro fue la novela El benefactor (1963), a la que seguiría Estuche de muerte (1967). Después de dedicarse a la serie de sus libros y ensayos más famosos, retomaría la novela con El amante del volcán (1992) y En América (1999).

Pero también, por casi 30 años, escribió relatos, ahora recopilados en Declaración. El editor Benjamin Taylor señala en la edición en inglés que “los cuentos son su obra más recóndita”, pero Sontag había publicado Yo, etcétera (1977; Seix Barral, 1983) y ocho de los 11 cuentos aparecían allí. La edición en castellano de Declaración incorpora cuatro nuevos a la edición en inglés, hasta ahora no recogidos en libro. No son la totalidad de los que Sontag publicó (falta Hombre con dolor, de 1964), pero constituyen la muestra más completa de esa faceta de la autora.

Lo más llamativo del conjunto, probablemente sea su variedad, la búsqueda o experimentación de distintas formas o estilos: desde el diario a la escena teatral, desde la sátira a la confesión.

Algunos son autobiografía pura, En Peregrinación cuenta cómo una niña Sontag, de 14 años, visita al autor idolatrado, al Nobel Thomas Mann que vive su exilio de la Alemania nazi en Estados Unidos. La razón para que esto no fuera un ensayo o memoria, se basa en que el encuentro fue decepcionante, pues descubre que Mann era solemne, previsible, que no hablaba, como ella hubiera querido, como un libro sino que “hablaba como una reseña”. Mann, en una mezcla de amabilidad y vanidad, solía responder todas las cartas y recibir a quien se lo pidiera. Proyecto para un viaje a China permite acercarse tanto a la infancia de Sontag (lectora voraz, asidua a cavar hoyos en el jardín) y su padre (que murió en China); es un conjunto de aforismos sobre China, donde la narradora nunca ha estado, un lugar más imaginado que real. Igualmente autobiográfico parece Declaración que se refiere al suicidio de una amiga; pero figura destacadamente Sontag (o la narradora) y poco a poco la amiga va desapareciendo o quedando encerrada en unas cuantas frases que más hablan del pequeño (comparativamente) dolor de la narradora por la pérdida de la amiga que la amiga.

Muchos cuentos parecen ejercicios, no siempre logrados. A veces se entrega al ingenio, como en El muñeco, donde un oficinista, para escapar de su vida aburrida que se ha vuelto insoportable fabrica un muñeco idéntico a él, que lo reemplace, pero terminará construyendor un segundo muñeco para reemplazar al primero. O en El nene en que sólo se escuchan las voces de uno padres ansiosos, que buscan el consejo de una especie de terapeuta para poder criar a su niño prodigio, que ya no es un niño y probablemente tampoco es prodigio, sino una especie de monstruo.

Ahora, ni siquiera el ingenio justifica un Parsifal que lleva al hombro una metralleta Uzi y realiza ruedas de prensa, o el diálogo entre un descendiente de Noé y un pájaro en que el segundo lleva fotos del desastre fuera del arca.

Entre los puntos más bajos del libro están la alegorías (en que puede haber personajes llamados señor Obscenidad o señorita Amor). El premio al tedio lo merecen Repaso de antiguas quejas, una distopía con un protagonista rebelde, un traductor, miembro de una organización secreta, con líderes y reglas que se infiltran en la sociedad, y Doctor Jekyll, en que el protagonista se relaciona con un señor Hyde (ambos contradicen las expectativas generadas por sus nombres) y una especie de gurú, tan fascinante como repelente, llamado Utterson, que regenta un Instituto para la Desprogramación de Seres Humanos Potenciales.

Un punto alto es Así vivimos ahora (1986), sobre alguien aquejado de una afección que no se nombra nunca (“esa enfermedad”, por cierto, el VIH-Sida) o más específicamente de sus amigos o de lo que hablan sus amigos sobre él, no con él, considerando incluso chismes y la preocupación pasajera, a veces egoísta, por ese amigo junto a la ansiedad y la oscuridad (en el sentido de no saber mucho) sobre la enfermedad.

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