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Versus: ¿cuál es el mejor disco de Charly García?

Versus: ¿cuál es el mejor disco de Charly García?

En una nueva batalla musical, los críticos de Culto, Andrés Panes y Nuno Veloso, enfrentan sus lecturas del que aseguran es su disco preferido del bonaerense. Mientras uno aplaude Clics modernos, el otro elogia Filosofía barata y zapatos de goma.

Charly García.

Clics modernos: están pasando demasiadas cosas raras

Por Andrés Panes

Charly García ya era un consumado músico cuando sacó su segundo disco solista en 1983, más o menos al mismo tiempo en que la democracia volvía a una Argentina necesitada de artistas que se hicieran cargo de lo sucedido en el país, no para solucionarlo (tarea de los que detentan el poder), sino para exponerlo y así ayudar a sublimarlo. Fueron siete años de implacable opresión -coincidentes con el grueso de la trayectoria del ex Sui Generis, de hecho- los que llegaron a su fin pocas semanas después del lanzamiento del disco, que en sí mismo también tenía un cariz emancipatorio. Clics modernos, con el debido respeto a las proporciones, equivale en la biografía de Charly al momento en que Dylan se electrificó y fue rechazado por los más puristas. Aunque nadie le gritó “Judas” en pleno concierto, su inclinación por las máquinas desconcertó a una vocal porción de sus acólitos, más habituada a la guitarra, los ecos del hippismo y las tendencias progresivas.

Charly siempre fue bueno para alienar a los conservadores. Autoconsciente, escribió “Dos cero uno (transas)” para dirigirse a ellos. Cuando habla del músico que se aburre de la canción protesta y se vende al dinero de Fiorucci, está refiriéndose irónica e inequívocamente a sí mismo tras haber sido auspiciado por esa marca de ropa cuando aún no era pan de cada día que los músicos se financiaran así, un trato que desde luego activó la moralina rockera de la época. Lo cierto es que en Clics modernos no hay ninguna contemplación hacia los que frenan al resto. Grabado en Nueva York, el disco responde al impulso de moverse tanto geográfica como metafóricamente. Es la necesidad de avanzar hecha pop, un sentimiento condensado en la indómita “No me dejan salir”, donde la arrebatadora creatividad de Charly sale a flote sampleando a James Brown años antes de que la cultura hip hop se encargara de reutilizar cada respiro del Padrino del Soul. Conviene señalar que la tecnología musical fue clave en el disco: apenas se dio cuenta de que ningún sesionista le llenaba el gusto, el argentino recurrió a las baterías programadas.

En una entrevista concedida a Rolling Stone el año 2002, Charly niega haber escrito “Los dinosaurios” pensando en los desaparecidos por los militares, dichos que reman contra la noción popular que interpreta su letra como una poética denuncia de las atrocidades perpetradas por el régimen. Según él, originalmente habla de un sentimiento de pérdida más amplio, tan vago que hasta se podría aplicar al extravío del más trivial objeto. Pero ni siquiera Charly, tan bueno para oponerse al resto, podría negar que la lectura colectiva de “Los dinosaurios” es la que prima: el arreglo de flores que envió a la ceremonia fúnebre de Santiago Maldonado, víctima de la represión policial contra los pueblos originarios, llevaba la frase “los dinosaurios van a desaparecer”. Ahí está, precisamente, lo que enaltece a Clics modernos: la universalidad que logra en base a sus particularidades. De alguna mágica forma, el Charly de 1983, fascinado con los avances musicales primermundistas (sobre todo con la Roland TR-808, la legendaria caja de ritmos amada por la electrónica y la música urbana), era el hombre indicado en el momento correcto. Su anhelo de libertad calzó con el ambiente de su país e hizo de Clics modernos la clase de disco que dialoga con su tiempo y lo retrata. Tampoco es alocado sentir que conversa con el presente. Basta mirar las noticias para darse cuenta de que es cierto: están pasando demasiadas cosas raras para que todo pueda seguir tan normal.

 

Charly García.

Filosofía barata y zapatos de goma: quise quedarme pero me fui

Por Nuno Veloso

Como bien decía Pete Seeger, hay un momento para todo. Y para cada momento de la vida hay un Charly. En este preciso momento, cada uno de nosotros tiene un Charly. Y Charly también tuvo sus momentos. Charly es una road movie, es un tour interminable —como el de Dylan— por la vida. Dilear con Charly es dilear con la vanguardia, con vivirlo todo primero, aguardando el ataque. En primera fila todo se ve más de cerca y se escucha más fuerte (“Si lo que te gusta es gritar, desenchufa el cable del parlante”). De esa intensidad nace Charly. Esa intensidad ES Charly. Por eso es necesario aprender a dilear con Charly. Charly nos ayuda a dilear con el mundo y con nosotros mismos, también.

Entre Sui Generis y la Máquina, y entre Serú Girán y Yendo de la cama al living hay unos cuantos abismos. Entre Yendo y Clics modernos hay otro más. “Se va el tren, se va lejos”, cantaba Charly ya en su etapa hippie, y era un aviso del aprendizaje que venía. Nada de formal, nada de cortés, cuando llegó el viento norte Charly se mandó a cambiar. Y, en 1990, después de haber dado vuelta el folk, el prog, el rock, el pop, y de arrastrar consigo a una audiencia delirante, Charly decidió torcerse a sí mismo. “El ómnibus se ha ido, el amor se ha vencido. Quise quedarme pero me fui”.

“Este mundo exclamará por siempre la película que vi una vez” y, como en The Wall, Filosofía barata y zapatos de goma es el disco donde Charly comienza a construir aquella pared que establecerá las fronteras del reino Say No More. Ladrillo a ladrillo, introduce su propia vida (“No pienses que estoy loco, es solo una manera de actuar”), expone su despedida (“Quise quedarme pero me fui”) y reflexiona sobre el implacable paso del tiempo (“Una vez creí que nada iba a pasarme, una vez pensé que nadie iba a matarme. El tiempo pasó”). Y su muda de piel tiene que ver con el amor, a fin de cuentas. Porque “el amor cambia tu sangre”, como cantaba en “Anhedonia”, de Cómo conseguir chicas.

Los invitados que deambulan en el disco —Calamaro, Cerati, Aznar, Cantilo, Mestre— son claves para apuntalar cada uno de los delirios que se derraman en él. “Gato de metal” es una declaración para todos quienes no entienden —ni entenderán— su exilio de sí mismo, burlando la identidad: “Vos te querías comprar un perro, pero soy un gato”. Cerrando el lado A, “No te mueras en mi casa”, es una premonición de la internación por sobredosis que ocurriría unos meses más tarde, como si su inconsciente advirtiera las posibilidades: “Te he visto en situaciones similares. Presiento lo tremendo del momento (…) Búscate un bar abierto que aún se puede. Tomate un whisky a ver si se te pasa, pero por favor no te mueras en mi casa”.

Filosofía es un disco sobre cambiar la piel, pero también sobre la pérdida y la soledad. Es el disco del amor que se echa a perder. Nació tras la ruptura de Charly con Zoca —su pareja desde fines de los 70— y Charly oculta la herida hasta que ya no puede taponearla más. Queda al descubierto en la ansiedad de “Curitas” (“Pegaba las canciones con curitas. Hay algo sangrando. Hay algo que sangra porque yo te extraño”) y en ese lamento de abandono que es “Siempre puedes olvidar”. En medio del desarme, “Solo un poquito no más”, “La canción del indeciso” y su versión de “Me siento mucho mejor” son defensas maníacas, formas de sobrellevar por un instante el dolor, paradas —de un indeciso— antes de decretar como finalizada la instalación del muro llamado Say No More: el “Himno nacional argentino” es una refundación de este Charly que se esconde para siempre. La libertad y la gloria de olvidarse de uno mismo. Es un grito sangrado y sagrado. “Oíd, mortales, el grito sagrado. Libertad, libertad, libertad”. Ya al borde del alma, exclama: “Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”. El precio de la vanguardia es así.

Los laureles que Charly supo conseguir serán eternos. Cuando estemos mal, cuando estemos solos, cuando estemos cansados de llorar, no nos olvidemos de este disco. Solo necesitamos un radio para vivir.

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