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Wendy Guerra y la literatura de los hijos de la Revolución: “Estamos al final de los extremos”

Wendy Guerra y la literatura de los hijos de la Revolución: “Estamos al final de los extremos”

La escritora cubana conversó con Culto sobre El mercenario que coleccionaba obras de arte (Alfaguara), su nueva novela que aborda la vida de Adrián Falcón, la chapa de un hombre que ha ejecutado y visto ejecutar "lo peor de ambas partes". Su autora sentencia: "En un mundo donde Maduro y Trump son los cánones, debemos asumir que se trata del desgaste ideológico más grande de la historia contemporánea".

Acaba de llegar a librerías El mercenario que coleccionaba obras de arte (2019, Alfaguara), la novela de Wendy Guerra que —según cuenta la escritora a Culto— “reescribe mi propia versión de la utopía”.

Allí relata la vida de un hombre de sesenta y tantos años que fue blanco del FBI y que actuó contra el mando de la Unión Soviética y Fidel Castro; un sujeto que, asegura, “estuvo en el centro de lo sórdido” y que hoy vive “una vejez tranquila junto a sus nietos, aunque esto signifique contradecir todo lo que ha sido”.

“Es muy extraño verlo citar a Borges y narrar cómo disparó a quemarropa a un joven en plena selva centroamericana”, reflexiona la novelista y poetisa. Su historia le permitió a la autora de Domingo de Revolución y Posar desnuda en La Habana, “ver lo que pasa del otro lado de las revoluciones”.

“Advertir cómo empiezan a parecerse de modo dramático me ha dejado sin ilusiones”, sentencia.

Entrevistada por Culto, Wendy Guerra se refiere además a la “izquierda caviar” y a los republicanos que se vuelven demócratas y viceversa, como la mutante tendencia de un tiempo que asume como “decadente”, y que, asegura, “nos ha tocado vivir a los hijos de las derechas y las izquierdas”.

Wendy Guerra. Foto: Gabriel Guerra.

-Karl Ove Knausgard dice que se hizo escritor porque le rompieron la infancia. Cómo es contigo, ¿por qué escribes?

Como he contado en varias oportunidades, mi trabajo se basa en un diario íntimo del que voy refinando lo que me parece trascendente dramatúrgicamente. Todos se van (2006, Bruguera), mi primera novela, resulta un trabajo de rescate, una especie de early diary contado en tono de ficción. Tras esos primeros esbozos el ejercicio se ha seguido repitiendo y todo el gesto literario con el que experimento, salta de las notas personales acumuladas en la intimidad de un frágil, expuesto, efímero cuaderno de papel. Así, separando el arroz del jazmín me voy comunicando con mis contemporáneos, regalándoles cada una de las peripecias personales, pescando experiencias, joyas y horrores en las que me detengo para inflamarlas como un hongo que se humedece y revive. Lo que al inicio fuera una enorme, infinita carta a mi madre es ya un asentamiento de un tiempo compartido con mis lectores, una visita a un museo personal, un extenso promenade realizado a través de un trozo de vidrio con colores caleidoscópicos, que poco a poco, desde sus tomos originales, terminan en una caja del archivo de la universidad de Princeton. La obsesión del asentamiento es mi estilo, el modo de ir empaquetando ese mundo raro, ciertas circunstancias desquiciadas, gestos fuera de lo común en las que voy viviendo, y de las que trasluzco una ficción manchada de realidad.

-En el epígrafe de El mercenario que coleccionaba obras de arte, tu último libro, hay una contradicción vital: “En muchos casos el héroe no es otra cosa que una variedad del asesino”. ¿De dónde viene ese sino que señala el libro?

Cuando conocí a Falcón (el protagonista de la novela) en una exposición de pintura cubana, supe de inmediato que este era un personaje literario y no un ser común. Años más tarde, cuando decidí acompañarlo en su larga travesía, para saber de qué se trataba su obsesión por la contradicción, por ir en “contra”, su goce al transitar en sentido contrario al tráfico, me di cuenta de que este sería un libro repudiado por las izquierdas y las derechas puras. El libro es un espejo que trasluce lo peor de los dos mundos.

El ser humano desvestido de cualquier ideología a pesar del disfraz de “revolucionario” o “mercenario” causaría una indigestión incómoda, una pesadilla que acompañaría el eco interior de quien adquiera este tomo que irrumpe con la cita de Víctor Hugo. “En muchos casos el héroe no es otra cosa que una variedad del asesino”. Así ha sido, los periódicos que subsidia la izquierda, aquellos que se parcializan con Chávez, Maduro, Fidel, Raúl o el Che, se escandalizan con el panorama desolador de parálisis o muerte ideológica, nexo con el narcotráfico y doble moral, que formula su protagonista. La profunda decepción del mercenario por la CIA, el FBI, su asco y repulsión por las trampas de las instituciones que la derecha le imponen a él y su tropa desplazada, tras haber librado batallas financiadas por todas estas organizaciones son, en realidad, un terrible canto al fin de las que han sido los credos principales del hombre en el mundo contemporáneo, algo que tampoco la derecha quiere admitir con madurez y sobriedad. Solo quienes se han visto acosados por décadas dos extremos ideológicos funcionando al mismo tiempo, acción-reacción. Solo así se puede entender el viaje de clavado al fondo del mar que propone El mercenario…

Es muy simpático ver, desde el campo de batalla donde me coloca mi deber de autora, el ardid, la miseria humana, el trabajo que pasa un crítico desde la segura comodidad de su apartamento, que pasa cualquier periódico de ambos extremos, intentando minimizar lo que él mismo padece a diario, viva donde viva. El que paga manda. Hay que acribillar la verdad porque duele, así actúan los extremos y todas esas acciones solo validan lo que aquí estamos contando. Abaratar la visión del texto con nimiedades, tratando de encontrar zonas aciagas que logren desaparecer la verdadera tragedia que narra el testimonio este libro. Estamos al final de los extremos, en un mundo donde Maduro y Trump son los cánones o modelos que nos escoltan, debemos asumir que se trata del desgaste ideológico más grande de la historia contemporánea.

Entiendo que duele, duele mucho hurgar en la herida, sobre todo si se encuentra en tu piel, pero qué otra posibilidad nos queda que no sea revolver la carne con alcohol hasta llegar al hueso para llevarnos de cuajo la infección, lo otro qué sería ¿borrar la biografía del desencanto? ¿Silenciar la cadena de horrores de un lado y del otro? ¿Cerrar los ojos ante tanto atropello? ¿Sentarnos a esperar que el ser humano se escude en ideologías para hacer lo que desee con sus semejantes? Todo esto en nombre de una idea. Sostener la idea que contradice la vida del hombre. El hombre necesita detenerse, meditar, limpiarse y reformularse, luego podemos hablar de las doctrinas y su zaga.

-¿Por qué crees que los Adrián Falcón se desencantan de las ideologías?

Porque siendo protagonista de la contra y viniendo de donde viene, ha visto lo sucio, ha sido centro de lo sórdido, ha ejecutado y visto ejecutar lo peor de ambas partes.

-En un pasaje de la novela, el protagonista dice: “Estamos inventándonos una isla que no existe”. ¿Es la ideología una isla?

La isla como ideología o la condena infinita de que Cuba resista aislada, inmolándose siempre, resistiendo bajo cualquier circunstancia como una utopía de lo que debimos ser, pero no fuimos. Aunque los ciudadanos no tengamos vida, no importa, la izquierda necesita que nos sacrifiquemos.

-¿Cómo fue tomada la novela en Cuba?

En todos estos años de carrera en Cuba solo me han editado una novela sobre la vida de Anaïs Nin (Posar desnuda en La Habana) que ocurre entre los años 1922-23 del siglo pasado. Los contenidos actuales, las novelas que hablan de lo que ocurre en estos años en presente continuo no han tenido esa suerte. Mi primera poesía, la adolescente, fue editada en su momento. Ojalá me equivoque, pero siento que El mercenario que coleccionaba obras de arte, tardará en salir a la luz en las librerías de la isla. Es un libro que ocurre en Centroamérica y Francia, pero todos los caminos tocan bordes incómodos y afines a nuestra realidad.

Wendy Guerra. Foto: Gabriel Guerra.

-¿La literatura es lo que las palabras despiertan en el lector? ¿Qué es para ti?

Narrativa cernida de sensaciones, con la musicalidad, el color y el sentimiento de quien la entona. Las palabras son la partitura para hacer sonar el instrumento en tu cabeza. La literatura es mi forma de vivir, a veces poso para mis libros y a veces mis libros me fuerzan a vivir en peligro. Acompañar a un hombre como Falcón pudo y aun puede costarme muy caro. Vivir al filo del peligro, eso es parte de la literatura de mi vida. Soy esclava de mi literatura, es mi elección.

-Entiendo que estuviste más de un año de trabajo junto al verdadero Adrián Falcón, el hombre tras el pseudónimo. ¿Cómo fue esa experiencia, ese riesgo?

Riesgo, miedo, desconcierto, dolor por todo lo que he creído y, al entrar en el escenario, descubrir las medias tintas de esta guerra infinita. Por otro lado, es muy extraño verlo citar a Borges y narrar cómo disparó a quemarropa a un joven en plena selva centroamericana. Cómo cobrar a quien le debe a un narco, mientras sus hijos, tan bien educados y sensibles, lo escuchan narrar su vida, que es la de ellos, repasando el universo de horror y barbaries frente a sus ojos. Sentir que cantar a Silvio o Pablo fue para ellos el modo de combatir las revoluciones, ha sido para mí la contradicción mayor a la que me enfrenté, verlo citar al Che para desmitificarlo pues para él no hay caudillo que sostenga su biografía con coherencia. Pero esos son los grandes personajes que un autor encuentra para contar el tiempo que le ha tocado vivir. No soy mujer de mirar para otro lado, el miedo no me paraliza.

El protagonista de este libro pidió que en la contraportada se indicara que él era un hombre de izquierda, mis editores ya habían cerrado el proceso de imprenta. Esta montaña rusa de argumentos desconcertantes me descubrió desquiciada, tecleando al amanecer la novela que reescribe mi propia versión de la utopía. Saltar la tapia y ver lo que pasa del otro lado de las revoluciones, ver que la contra y las revoluciones peleándose éticamente, advertir cómo se empiezan a parecer de modo dramático me ha dejado sin ilusiones.

-¿Y qué lectura haces de un hombre de sesenta años que, con la vida que vivió Falcón, ahora colecciona obras de arte?

La misma de Valentina Villalba, su contrapartida literaria, quien, con cuarenta años viene de regreso de cualquier acción que contradiga sus ideales. La misma actitud de mi vecino de los bajos, ex militar formado con honores en la KGB, Комите́т госуда́рственной y hoy va y viene, transcurriendo por ese puente invisible de La Habana a Miami. Ahí está él en las fotografías, sonriente, posando frente al mar junto a sus hijos, celebrando el 4 de julio con un Vodka con naranja helado que remueve con su dedo índice, así mismo los tomaba en la Unión Soviética cuando estudiaba y hoy los saborea con nostalgia en Miami Beach, mientras espera los beneficios del Medicare escamoteando, una vejez tranquila junto a sus nietos, aunque esto signifique contradecir todo lo que ha sido. Eso es lo que algunos llaman “gozar lo mejor de los dos mundos”. La izquierda caviar, los republicanos que se vuelven demócratas y viceversa para ganar una elección, el mutante ejercicio de la traición o el mimetismo político como sarampión, insolación, tendencia de un tiempo decadente que nos ha tocado vivir a los hijos de las derechas y las izquierdas.

El mercenario que coleccionaba obras de arte (Alfaguara), de Wendy Guerra.
Sobre el autor:

Alejandro Jofré |
Editor de Culto. En Twitter es @rebobinars