Culto
Stranger Things 3: un verano puede arruinarlo todo

Stranger Things 3: un verano puede arruinarlo todo

Fanáticos y no tanto de la serie: ¿por qué la tercera temporada de Stranger Things es tan disonante? ¿Qué la separa de la primera y la segunda? ¿Debería haberse acabado con la primera entrega?

Hablar de Stranger Things es hablar de un fenómeno de Internet. Con una primera temporada que presentó una historia más coral que clásica, se impuso haciendo lo que Stephen King llamó “una compilación de mis mejores momentos como novelista”. Es decir, una serie que homenajeaba a la literatura y el cine de ficción, terror y, sobre todo, de la década de los ochenta.

Así, con la aprobación casi general de la crítica, la primera entrega de la creación de los hermanos Duffer fue no sólo materia de discusión, sino de adoración por parte de una generación que no vivió los ochenta -y se enamoró de los carismáticos personajes- y otra que sí -y escudriñó en todos y cada uno de los homenajes que la serie mostraba a veces de forma no tan elegante a los referentes que la embriagaban-.

Hay una postal inolvidable en torno al “efecto Stranger Things“: un crítico del sitio Playground que acusó a la adaptación cinematográfica de It -Andy Muschietti, 2017-, la novela original de Stephen King, de estar copiando a la serie. Una audacia tan grande como las ganas que tuvieron los Duffer de adaptar la obra del rey antes de crear su ficción en Netflix.

Con el amor por los Duffer consolidado y la primera temporada de Stranger Things saliendo a la venta en un coqueto envoltorio que evocaba la caja de un VHS -formato que sus actores y su público en general no llegó a conocer-, apareció la segunda entrega en Netflix. Ahí comenzó el divorcio con su audiencia. Se sumaron personajes a los tradicionales niños de Hawkins, se profundizó el olfato del personaje de Winona Ryder en lo que refiere a sucesos paranormales y se crearon lazos afectivos entre ellos, que redundaron en conflictos -como el de Mad Max-, que hicieron que la serie ganara en valentía, pero perdiera en  resultados y esa suerte de enamoramiento adolescente que llegamos a sentir.

Ya el tablero estaba revuelto: Eleven era derechamente un X-Men, el buen jefe de policía Hopper habiendo salvado la plata en la primera temporada al ser uno de los pocos personajes multidimensionales del reparto, ganaba una hija en la pequeña ¿mutante? Joyce Byers se enamoraba y aunque en general la opinión es que esta temporada fue un traspié, hubo mucho más contexto en ella, conflictos e intención de contagiar a los personajes más planos lo que abundaba en los que mantenían al ¿televidente? atento a la pantalla.

Rescatando una vez más a Will Byers -al igual que al final de la primera-, cerrando el portal al Upside Down en Hawkins introduciendo el concepto de adolescencia, la amistad versus el amor en la mitad del reparto y prometiendo una amenaza mayor si es que regresaban, cerró el ciclo más cuestionado. Hasta que apareció la tercera temporada, demorada en parte porque sus actores se volvieron estrellas y ya tenían agenda en Hollywood, en parte por las críticas que recibió la secuela de lo que los Duffer llamaron “una película de ocho horas”.

Stranger Things 3: más Stranger Things que nunca

La historia comienza con la serie haciéndose cargo de la guerra fría sin que nadie se lo pidiese. Hawkins, que antes fue un laboratorio de una corporación maléfica, es hoy la respuesta a la búsqueda de la Unión Soviética para encontrar nuevas armas que les permitan imponerse. Hay un alcalde como el de Tiburón que no tiene empacho en darle espacio a los espías comunistas, a través de una herramienta del capitalismo: el Mall Startcourt. Si, entendimos la dicotomía que querían plantear los Duffer, pero es tan inocua y superficial que ni siquiera da para ponerse de lado de alguien.

Y acá viene el Dealbreaker más grande de Stranger Things en sus tres temporadas. Los personajes que conocimos homenajeando, por ejemplo al Roy Neary de Steven Spielberg, son ahora personas distintas. Y si, se puede cambiar en la vida, pero lo que hace Stranger Things 3 es grosero y roza en la autoparodia. El mejor investigador del pueblo, el jefe de policía que fue capaz de darle esperanza a niños desconsolados que estaban siendo aterrorizados desde el más allá, es ahora un papá idiota, preocupado de que su hija no se bese mucho tiempo con su novio, pero obsesionado en que una mujer que perdió hace menos de un año a su pareja, acepte una cita con él, camisa hawaiana mediante.

Otro ejemplo: Steve Harrington, el otrora malhechor de la primera temporada no está conforme con haberse hecho amigo de Dustin, que en la temporada anterior tenía un inexplicable arco enamorado de una criatura -una suerte de homenaje a los Gremlins-. Esa redención, funcionaba en cierta medida, aunque no estuviera del todo bien ejecutada. Acá, la apuesta parece haber sido doblada hasta el punto de volverla ridícula. Vemos a Harrington trabajando en el mall del pueblo -que tiene a los dependientes de las tiendas pequeñas protestando frente a la alcaldía- y actuando como un personaje que desconoce completamente su recorrido en la serie hasta este punto. Siendo honestos, no se sabe cuánto puede haber influido la vestimenta de Quico que le han puesto en la percepción de sus habilidades cognitivas, pero claramente es un personaje distinto, cambiado y de ninguna forma se ha justificado este viaje que lo hace chocar, sobre el final de la temporada, con Nancy y Jonathan Byers, como si la historia de cualquier episodio anterior no hubiera existido.

Y lo de Joyce Byers, en su mini sitcom con Hopper merece más comentarios, pero algo logra rescatar Winona Ryder de su personaje, al igual que Will -perdido, poseído, pero ahora abandonado- y el halo adolescente que se le ha sumado a los niños de la primera temporada. Pero otra vez aparece una piedra en el camino. ¿Por qué Max es sumada como un elemento disonante en la temporada anterior si en esta se le iba a convertir en una niña completamente diferente? Es normal que nos quieran describir los cambios que trae consigo la pubertad, pero de ser una apuesta que puede haber o no funcionado en la temporada anterior en base a sus conflictos familiares -horribles, por lo demás- y el recorrido de una infante inadaptada que pasa sus tardes andando en skate, pasó a ser la BFF de Eleven, que hace no muchos episodios la había botado de una patineta por estar coqueteando con Mike. La gente puede cambiar, perfecto. ¿Pero de forma tan diametralmente opuesta?

Dejemos de lado las diferencias de trato y tono entre los personajes y sus anteriores versiones, concedámosle a Stranger Things el derecho a cambiar, como alguna vez se mostrara de forma tan clara en Los Simpson.

Se ha vuelto norma e incluso necesario, echar vista a los guiños que emplean los creadores de esta serie en cada temporada. Ellos mismos, por ejemplo en un especial de Netflix titulado El Mundo de Stranger Things han ahondado en su amor por el cine de los ochenta y los libros que los inspiraron. La tercera temporada no sólo es un compendio de tomas, detalles o sencillamente ramplonería a cargo de personajes como Dustin cantando el tema de La historia sin fin mientras sus colegas podrían estar siendo asesinados por un monstruo salido de la imaginación de Cronenberg. Acá los homenajes pueden ser considerados faltas de respeto, particularmente uno: Back To The Future. Se permitieron meter a los niños a una función de la película de Zemeckis y Gale. Se permitieron que el público saliera enamorado de ella, cuando han sido sus propios creadores los que han dicho que la gracia de aquella obra maestra de la cultura popular es que nunca se termina de digerir, mucho menos en el primer visionado. Se permitieron usar la canción de Alan Silvestri como parte de su OST. Audacia, osadía, pleitesía e irreverencia incomprendidas.

Otro ejemplo: Terminator “es” un humano ruso en este universo. El propio alcalde bromea con que se trata de Arnold en conversación con Hopper. Y cuando estamos por creernos que el personaje tiene algún poder especial, se saca un chaleco antibalas. Todo el decoro o cierto amor propio que había mostrado esta serie en su pasado ha dado paso a esta versión desfachatada que de seguro emocionará mucho más que las dos temporadas anteriores a su público base, sin mediar en sus consecuencias ni mucho menos comprender la década que intenta abrazar como piedra base de su historia. Porque poner rusos no la hace hablar de la guerra fría, así como poner un alcalde idiota no la hace hablar de la democracia y poner un mall no necesariamente es reflexionar sobre el capitalismo actuando sobre la vida de pueblo en Estados Unidos.

Los Duffer vuelven al origen de su serie en esta entrega, sacrifican lo que no les resultó en la segunda -¿quién podría culparlos en el mundo de likes en que vivimos?- y ahondan en la Stranger Things que llena convenciones, le entrega papeles a sus protagonistas en películas de Hollywood y llena horas de videos en YouTube buscando las referencias. Desarrollo de sus personajes, ninguno. Porque terminaron en B la temporada pasada y esta tercera entrega, se encuentran en Z, disfrazados de marineros, vistiendo una camisa hawaiana, cantando mientras sus amigos podrían morir, imitando a Henry Bowers en pantaloncillos o peor aún, reemplazando cosas dignas de escuchar por chistes de dudosa calidad. Lo que sintetiza esta temporada completa.

Sobre el autor:

Gabriel Labraña |
Subeditor digital de @latercera.