Culto
Ribeyro mira a la cámara, fuma, sonríe

Ribeyro mira a la cámara, fuma, sonríe

En agosto se conmemorarán los 90 años del nacimiento de Julio Ramón Ribeyro, el escritor más querido del Perú. Seix Barral acaba de reeditar sus libros más importantes, mientras circula en YouTube una de las últimas entrevistas que alcanzó a dar en su estudio en Lima.

Cada cierto tiempo —digamos unos cinco, seis o diez años—, Julio Ramón Ribeyro es redescubierto por una “nueva” generación de lectores.

Eso habla muy bien de Ribeyro —que con los años nunca ha dejado de ser un contemporáneo— y muy mal de nosotros, los lectores, que parecemos más preocupados de cualquier cosa que de leer a alguien que escribió varios de los libros más singulares y geniales que produjo la literatura latinoamericana del siglo XX. Decir La palabra del mudo, Prosas apátridas o esa catedral que es La tentación del fracaso, es decir libros descomunales, inclasificables, importantes.

Prosas apátridas, de Ribeyro.

Libros únicos.

Ahora, cuando llegamos casi a la mitad de este 2019, la excusa que ha traído de vuelta los libros de Ribeyro —y que han llenado la prensa cultural de España en estas semanas—, es la reedición de sus tres obras más importantes, a propósito de los 90 años que hubiese cumplido el próximo 31 de agosto y los 25 que se cumplirán de su muerte, el próximo 4 de diciembre. Seix Barral ha vuelto a poner en librerías La palabra del mudo —sus cuentos completos—, Prosas apátridas y La tentación del fracaso, todos libros difíciles de encontrar, y que llegarán a Chile en los próximos meses.

Pero, además, hace unas semanas, Jorge Coaguila, probablemente el hombre que más sabe de Ribeyro en el mundo —y que prepara una biografía desde hace años— subió a YouTube una entrevista que encontró, una de las la últimas entrevista que se le hizo a Julio Ramón Ribeyro, solo unos meses antes de que enfermara de gravedad y lo tuvieran que internar en una clínica en Lima.

El último registro de quien ha sido, según muchos, el escritor más querido del Perú.

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En noviembre de 1976, Ribeyro anotaba en su diario: “Escritor discreto, tímido, laborioso, honesto, ejemplar, marginal, intimista, pulcro, lúcido: he allí algunos de los calificativos que me ha dado la crítica. Nadie me ha llamado nunca gran escritor. Porque seguramente no soy un gran escritor”.
La tentación del fracaso es, probablemente, su libro más importante, quizás el diario literario más genial que se haya escrito en nuestra lengua, y, sin duda, la obra que sitúa a Ribeyro como ese “gran escritor” que, según él, nunca fue.

La tentación del fracaso, de Ribeyro.

Esta vez, la reedición de sus diarios la abre un prólogo de Enrique Vila-Matas que empieza así: “Julio Ramón Ribeyro imaginó un libro que sería desde la primera hasta la última página un manual de sabiduría, una caja de sorpresas, un modelo de elegancia, un valioso conjunto de experiencias, una guía de conducta, un regalo para los estetas, un enigma para los críticos, un consuelo para los desdichados y un arma para los impacientes”.

Ese libro, esa arma, tiene cerca de setecientas páginas, pero podría tener mil o dos mil fácilmente. Lo cuenta el mismo Ribeyro en la introducción, en la que relata que su proyecto era publicar entre diez y doce volúmenes que conformarían su diario —en vida alcanzó a publicar tres, que son los que se reúnen en La tentación del fracaso, y que abarcan entre los años 1950 y 1978—. Es decir, los lectores han tenido acceso sólo a una parte de este material, cuyo destino lo cuenta de forma muy precisa Daniel Titinger en su bello perfil Un hombre flaco (Ediciones UDP). El destino de estos diarios inéditos debe ser una de las mayores incógnitas literarias de las últimas décadas: se sabe que esos diarios —los inéditos, que abarcarían entre 1979 y 1994, pues Ribeyro no dejó de escribir hasta su muerte— están en un banco en París y que su viuda —quien maneja sus derechos junto a su hijo— ha desistido de publicarlos.

¿Qué habrá en esos diarios? ¿Serán tan geniales como los que conforman La tentación del fracaso? Lo que se debiera encontrar ahí, sin duda, sería el registro de lo que fue su regreso a Lima, a fines de los 80, principio de los 90, cuando además publicó el último tomo de La palabra del mudo y comprobó el cariño incondicional que tenían los lectores peruanos por su obra. Fue, quizás, una de las épocas más felices de Ribeyro: después de años viviendo en el extranjero, muchas veces ofuscado por no saber cuál era la recepción de sus libros —mientras veía cómo el Boom latinoamericano brillaba en el mundo—, regresa a Lima y descubre que no solo es querido y admirado, sino también muy leído por esas mismas personas que él retrató, de forma tan certera y entrañable, en sus novelas y cuentos: vidas grises, austeras, silenciosas, que Ribeyro transformó en historias imprescindibles.

La palabra del mudo, de Ribeyro.

Una curiosidad: Ribeyro tuvo una vida editorial bastante singular y desafortunada —como deja en claro durante varios momentos de La tentación del fracaso—: ediciones precarias, portadas que no le gustaban, títulos que se los cambiaron sin avisarle, o esa anécdota tan ribeyriana, en la que abrió, ansioso, un ejemplar de una traducción de sus cuentos, y se encontró en la solapa con la foto de un escritor que no era él. Sin embargo —y aquí la curiosidad—, una de sus aventuras editoriales más afortunadas la tuvo en Chile, cuando en 1969, Editorial Universitaria publicó una edición de su novela Crónica de San Gabriel. A propósito de esto, en una carta a Wolfgang A. Luchting —quien era su traductor al alemán y agente literario—, le decía: “Me he dado cuenta de la superioridad cultural de Chile sobre Perú. Mi vieja novela Crónica…, que apareció al fin en Santiago, ha merecido innumerables críticas, la mayoría de ellas muy favorables. Y como los extremos se tocan, las más elogiosas son las del critico reaccionario Alone y la del comunista (Hernán) Loyola”.

Las cartas de Ribeyro a Luchting —que se publicaron en 2016 en México, en la editorial de la Universidad Veracruzana— son uno de esos materiales invaluables que circulan secretamente acerca del peruano. En diciembre se cumplirán 25 años desde su muerte en Lima, pero su literatura sigue teniendo una vigencia innegable. Y en otros idiomas, además, sus libros por fin comienzan a encontrar editoriales a su altura. En septiembre, de hecho, la prestigiosa New York Review Books Classics publicará una antología de sus cuentos, con prólogo de Alejandro Zambra.

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El último cuento que escribió Ribeyro, fechado el 26 de julio de 1994, es decir, un mes antes de su muerte, se titula “Surf” y empieza así: “Lo primero que hizo Bernardo cuando se instaló en su nuevo departamento en el sexto y último piso de ese edificio barranquino fue colocar su escritorio cerca de la amplia mampara que daba sobre una pequeña terraza, de modo que a través de sus cristales podía contemplar el mar y gozar en las tardes de las admirables puestas de sol. Ese lugar, apenas estudio más que departamento, era el espacio soñado, buscado y al fin encontrado donde, al bordear la sesentena, pensaba concluir apaciblemente su vida, escribiendo el libro que le era indispensable para que su obra, apreciada por unos pocos pero ignorada por el vulgo, alcanzara el reconocimiento unánime que, a su juicio, merecía”.

Julio Ramón Ribeyro.

La entrevista que rescató hace unas semanas Jorge Coaguila y que sería una de las últimas apariciones en medios que tendría Ribeyro, lo muestra justamente en ese departamento, en Barrancos, frente al mar. Lo vemos sentado en su escritorio, tecleando en un computador, con un cigarro, siempre, por supuesto, y un cenicero encima de la edición de sus cuentos completos de Alfaguara. El escritor y periodista Eloy Jáuregui es quien lo entrevista en ese estudio, el último estudio que tuvo Ribeyro. Conversan en la terraza: al fondo vemos Lima, los acantilados, el mar, ese cielo gris, el cielo de sus cuentos. Ribeyro está de buen ánimo, pues acababa de recibir el Premio Internacional de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, el más importante de su carrera, dotado de cien mil dólares. Ahí está su bigote, el bigote de ese hombre flaco, que sonríe a la cámara y contesta amablemente las preguntas de Jáuregui, que lo llevan a hablar de la música que le gustaba, de su fe en San Martín de Porres, de las veces que estuvo a punto de morir y de cómo nunca pudo dejar realmente de fumar, pues para él, fumar y escribir siempre serían dos actividades inseparables.
Ahí está Ribeyro, fumando, contento.

Quizá no haya otra imagen más feliz que lo pueda retratar.

Sobre el autor:

Diego Zúñiga |
Editor y escritor. Es autor de las novelas Camanchaca, Racimo, Soy de Católica y el libro de cuentos Niños Héroes.