Culto
Mark Fisher: la música de nuestro tiempo

Mark Fisher: la música de nuestro tiempo

Llega a librerías K-punk. Volumen 1, de Mark Fisher, una recopilación de los textos que fue publicando en su blog desde 2003. Ensayos y escritos en los que desentraña un puñado de libros, series y películas: desde las novelas de Ballard, pasando por las películas de David Cronenberg, hasta Breaking bad, El gran hermano y los Batman de Christopher Nolan.

Fue en mayo de 2003 cuando Mark Fisher publicó el texto que abriría k-punk, su mítico blog. Desde entonces –y hasta 2016—, Fisher convirtió ese espacio en un lugar de experimentación, el territorio perfecto para desplegar todas sus inquietudes, obsesiones y entusiasmos.

Cuando empezó el blog, Mark Fisher venía de hacer un doctorado en Filosofía en la Universidad de Warwick, donde fue uno de los fundadores de la Unidad de Investigaciones sobre Cultura Cibernética. Sus intereses eran profundamente diversos: había sido un niño que creció viendo televisión —su origen social, de clase trabajadora, sería algo que marcaría sin duda el lugar desde donde leería el mundo—, maravillado con algunos programas y series de la BBC. Pero además también sería un gran lector, un fanático de la música, del cine, de la ciencia ficción, del terror, de la filosofía, de Kafka, de J.G. Ballard, de David Cronenberg, de Nietzsche, de Spinoza, y de Fredric Jameson y de Slavoj Žižek, dos filósofos con los que discutiría y dialogaría constantemente en los textos que iba a publicar en k-punk.

Eran los años en que el formato de los blogs vivía su apogeo, la ilusión de una comunidad que publicaba textos que eran comentados y discutidos; la posibilidad de intervenir el presente, a partir de esos posteos, y responder con urgencia a los debates que iban surgiendo a raíz de una película, un libro, un disco, una serie de televisión.

K-Punk. Volumen 1 (Caja Negra), de Mark Fisher.

Ahora, cuando K-punk ha dejado el formato del blog y se ha convertido en un libro —cuyo primer tomo acaba de publicar Caja Negra—, pensar en ese tiempo parece un ejercicio de arqueología: Mark Fisher está muerto, ya prácticamente no existen los blogs, y lo que queda es Facebook —que a ratos parece un cementerio—, Instagram —la felicidad impostada— y Twitter —que a ratos es cualquier cosa—. Pero no hay por qué romantizar nada, por supuesto, y los textos de Fisher, compilados en este primer volumen, nos llevan, justamente, hacia otros terrenos: la nostalgia no tiene lugar en esta compilación de ensayos y posteos que abordan, principalmente, sus escritos sobre libros, películas y televisión.

En el prefacio de este primer volumen, Simon Reynolds (Retromanía) lo describe así: “Mark Fisher posiblemente haya sido el último de una raza en extinción: la del crítico musical (y cultural) como profeta. Su misión primaria era identificar la vanguardia y hacer proselitismo en su nombre, mientras simultáneamente dirigía rayos láser negativos para desacreditar los caminos errados que otros tomaban y liberar espacio para la verdadera música de nuestro tiempo”.

Ya en uno de los primeros textos de K-punk, Fisher deja en claro los caminos que recorrerá su trabajo como crítico cultural. Responde un cuestionario en el que le piden que elija cinco libros significativos para él, y en esa elección está contenida su poética: El proceso y El castillo, de Kafka; Ojo de gato, de Margaret Atwood (aunque dice que su novela favorita de la canadiense es Resurgir); La exhibición de atrocidades, de J. G. Ballard, Ética, de Spinoza y Rastros de carmín, de Greil Marcus.

Las líneas que le dedica a los libros de Kafka, de hecho, muestran de forma elocuente su manera de leer: “Kafka no es un escritor que te salte de repente. Te invade sutilmente, de a poco. Imagino que en esa época (cuando tenía 14, 15 años) quería y esperaba una declaración más directa de la alienación existencialista. Y, sin embargo, había poco de eso en Kafka. No era un mundo de fanfarronerías metafísicas sino una madriguera estrecha y sórdida, cuyo principal afecto no es la alienación heroica sino una extraña vergüenza (…); la fuerza que motiva a sus sinuosos no-argumentos es la posibilidad siempre presente del bochorno social”.

Así, de entrada, en unas pocas líneas, Fisher condensa una lectura política y social sobre lo kafkiano. Y un par de párrafos más adelante, se detiene en Rastros de carmín, un libro clave para entender los caminos que ha recorrido la crítica cultural en las últimas décadas: “La vasta red de conexiones de Marcus abrió una ruta de escape”, explica Fisher, cuya obra transita, con una fuerza inusitada, por ese camino.

Estado de emergencia, de Steven Meisel.

Los libros de Ballard y las películas de Cronenberg son, también, dos ejes fundamentales: la ciencia-ficción entendida como un campo perfecto para pensar políticamente el futuro —y también el presente—. Eso es lo que hace Fisher en cada uno de estos textos: leer la cultura como parte de un engranaje mayor, realizar conexiones inesperadas, detenerse en sus obsesiones, convertir esas obsesiones en imprescindibles: nadie puede salir de este libro sin la curiosidad de revisar detenidamente las novelas y cuentos de Ballard; o películas como Spider, Una historia violenta y eXistenz, de Cronenberg; o mirar una y otra vez Estado de emergencia, esa deslumbrante sesión fotográfica de moda de Steven Meisel para Vogue, en septiembre de 2006. Poco después de verla, anotaba Fisher: “Estado de emergencia muestra, una vez más, que a la alta moda le corresponde ocupar un rol que las bellas artes han abandonado completamente. Mientras que la mayor parte de las bellas artes ha sucumbido a la ‘pasión por lo real’, la alta moda constituye el último reducto de la Apariencia y la Fantasía”.

La escritura de Fisher nos invita, constantemente, a replantearnos muchas de las ideas que tenemos sobre las cosas. “Su escritura hacía que todo pareciera más cargado de significados. Leerlo producía adicción”, anota Reynolds en el prefacio. Y tiene toda la razón: puede ser un texto sobre Breaking Bad, o The Americans, o una lectura desconcertante sobre La pasión de Cristo o La caída, o cuando se detiene en el documental Tyson —sobre el famoso y pendenciero boxeador norteamericano—, o en esas líneas que le dedica a La caja, de Richard Kelly —una película que pasó más o menos inadvertida, pero que Fisher convierte, a través de sus palabras, en un filme fascinante—: siempre hay algo en sus textos que busca estimular al lector, algo nuevo, un desafío, una pregunta, una forma inquietante de mirar el mundo. Fisher logra traspasar todo eso con un talento innegable. Nada se pierde bajo su escritura. Todo esconde un centro que él quiere descifrar. Pero lo descifra a través de un diálogo constante con el presente, con el afuera, con los otros. Fisher viene de la filosofía, tiene una formación intelectual que le permite moverse con soltura por distintas experiencias, y reconoce por supuesto su genealogía. Discute constantemente con Jameson y Žižek, y de esos encuentros surgen nuevas ideas y una escritura que apela, en su caso, a la claridad. Leer —leer el mundo, parece decirnos Fisher— requiere una curiosidad intransable y una creatividad que exige estar a la altura de las circunstancias.

“Hay un goce que se obtiene del ser arrojados en el medio de cosas que no podemos entender y en vernos forzados a darles sentido”, explica en un texto en el que recuerda su experiencia al ver, siendo niño, Artemis 81, una película extrañísima que Fisher califica como un antecedente de Blade Runner e Hijos del hombre. La película de Cuarón, a propósito, será la protagonista de uno de sus mejores textos —y que luego formaría parte de Realismo capitalista, quizás el libro más importante de Fisher—: “El cine británico, que durante los últimos treinta años ha sido tan estéril como la despreocupada población de Hijos del hombre, no ha producido una versión del apocalipsis que ni remotamente esté tan bien realizada como ésta”, escribía en su blog.

Christopher Nolan y sus Batman, Nietzsche y El Gran Hermano, Chris Marker, V de Vendetta: el mundo de allá afuera —la política— filtrándose en cada una de estas experiencias sensibles.

A propósito de Batman y Nolan y la vida allá afuera, Fisher anotaba: “El anticapitalismo no es nuevo en Hollywood. De Wall-E a Avatar, las corporaciones habitualmente son representadas como entidades malvadas. La contradicción de que las películas financiadas por las corporaciones denuncien a las corporaciones es una ironía que el capitalismo no puede absorber, y que por lo tanto simplemente deja que se desarrolle. Sin embargo, a este anticapitalismo sólo se los permite dentro de ciertos límites. El caballero de la noche asciende traza líneas claras: los comentarios anticapitalistas (del estilo de los que realiza Kyle) están bien, pero cualquier acción directa contra los ricos o movimientos revolucionarios hacia la redistribución de la propiedad conducen a una pesadilla distópica”.

Quizá habría que repetirlo: el par de ensayos que le dedicó Fisher a Nolan y sus Batman son un ejemplo brutal de su talento, de su capacidad para convertir una discusión en arte. Algo de esto, también, subraya Simon Reynolds hacia el final de su prefacio: “En Fisher, la dureza con la ‘oposición’ es una marca de seriedad, un signo de que algo está en juego y de que vale la pena pelear por las diferencias. Sobre todo, es esta capacidad negativa —la fuerza de voluntad para desacreditar y descartar– la que mantiene a la música y la cultura furiosamente en movimiento hacia adelante, no la tolerancia a medias o el optimismo del todo vale. Si la creación de música puede ser una forma de ‘crítica activa’, entonces la crítica también puede ser, a su vez, una suerte de contribución no-sonora a la música”.

La crítica —una crítica situada, podríamos decir, a la manera de Lihn—, entonces, como un ejercicio de creatividad, rabioso, desafiante, imaginativo.

¿Qué hubiese escrito Mark Fisher sobre el final de Game of Thrones? ¿Cuál hubiese sido su respuesta al texto de Žižek? ¿Habría celebrado Avengers: Infinity War? ¿Esperaría con sospecha o entusiasmo al Guasón de Joaquin Phoenix? ¿Qué ideas le hubiesen despertado los cinco capítulos de Chernobyl? ¿Y Black Mirror? ¿Y Leaving Neverland? ¿Y Bohemian Rhapsody? ¿Y Rocketman?…

Sobre el autor:

Diego Zúñiga |
Editor y escritor. Es autor de las novelas Camanchaca, Racimo, Soy de Católica y el libro de cuentos Niños Héroes.