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Versus: ¿Cuál es el mejor disco de Radiohead?

Versus: ¿Cuál es el mejor disco de Radiohead?

Hace días la banda de Thom Yorke sufrió la filtración de dieciséis horas de material en verde, temas inéditos y tomas a medio trabajar de su etapa OK Computer. Momento preciso para fijar postura sobre Radiohead, los dos críticos de música de Culto, Andrés Panes y Nuno Veloso, enfrentan sus lecturas del que aseguran es el mejor disco de los de Oxford. Mientras uno aplaude The Bends, el otro elogia Kid A.

Kid A, 2000.

Kid A: perfecto y escalofriante

Por Andrés Panes.

OK Computer es mi disco favorito de todos los tiempos. La razón es emotiva: fue el hito con el que partió mi adolescencia. De tanto mirar Adrenalina y escuchar al Rumpy, el cascarón de mi niñez ya estaba resquebrajándose el 97. Cuando finalmente se rompió, Radiohead fue la primera banda que me dio cobijo. Creo que la ansiedad magistralmente descrita en el tercer disco de Radiohead, una predicción de lo que pasaría con nuestra salud mental en este mundo hiperconectado, es algo con lo que no cuesta mucho relacionarse. Conmigo resonó bien fuerte. Aparte, nunca había sido expuesto a música que sonara así, me parecía fulminante y novedosa en un momento en el que todavía me faltaba para llegar a D.I. Go Pop de Disco Inferno. El deslumbramiento que me produjo escuchar el estreno de “Paranoid Android” en la radio Concierto, haciéndole caso a un entusiasta Alfredo Lewin que invitaba a cerrar los ojos y pegarse a los parlantes, fue la sensación que despertó en mí el deseo de pertenecer a la cadena entre la música y las personas.

El detalle es que por lo mismo, porque ahora soy un periodista musical, no podría decir que mi adorado OK Computer es el mejor disco de Radiohead. Desde luego que me parece una buena alternativa en este juego donde, en realidad, no existen las respuestas correctas, pero dejaré mi sentimental predilección de lado para inclinarme por Kid A en esta pasada. Si alguien me preguntara qué tanto con Radiohead y solamente pudiese mostrarle un disco de ellos, elegiría Kid A por sobre OK Computer porque me parece una síntesis más acabada de todo lo que hace grandiosos a los de Oxford. Como nerd musical, siento que lo que distingue a Radiohead, por sobre cualquier otra cosa, es la acumulación de sentidos en su obra. Se trata de la clase de artistas cuyo trabajo resulta apasionante diseccionar. ¿Han visto los foros sobre la banda? Está lleno de teorías, interpretaciones y especulación en torno a cada paso que han dado en su historia.

Tiendo a valorar los discos de Radiohead basándome en cuánto connotan más que en cómo suenan. Si fuese solamente por buenas canciones, también pensaría en The Bends o In Rainbows, pero me parece que representan hitos menores al lado de un Kid A con capas y capas de significados. El desgarrador The Bends me parece un estirón muy importante, pero el parecido con Jeff Buckley me evoca a un niño que todavía usa rueditas en la bici, mientras In Rainbows es un caviar instrumental hecho por músicos que, al venir de vuelta técnica y económicamente, se dieron el lujo de pasar por trasgresores con la movida del “paga lo que quieras”. Con Kid A, en tanto, Radiohead se abren paso a machetazos por su propia senda, aleonados por un Thom Yorke aburrido de las guitarras eléctricas, un viraje súper criticado en la época, cuando aun no se difundían tanto conceptos como el “rockismo” para entender la consternación de gran parte de la prensa.

Ahora que está de capa caída el rock, sobre todo entendido como rawk, lo que hizo Radiohead en Kid A sugiere que vieron venir la resaca del género mucho antes que el resto, con suficiente tiempo como para encontrar un antídoto en la influencia de Aphex Twin y Brian Eno. Como gesto, siempre me parecerá admirable que no quisieran hacer el OK Computer 2 que esperábamos todos los fanáticos. Recuerdo mi insatisfacción al escuchar por primera vez Kid A y, ahora que lo pienso, supongo que era exactamente lo que buscaba el quinteto. En el fondo, me dieron una lección sobre arte al enseñarme a no buscar la gratificación instantánea y hacerme entender que la incomodidad puede dar paso al deleite. El disco implicó un proceso de aprendizaje para sus seguidores, así como también para la industria, que en esa época no tenía idea cómo sortear la aparición de esa cosa llamada Internet.

Creo que el “paga lo que quieras” fue brillante, pero Kid A marcó un hito online aun más profundo. Es el disco que moldeó la forma en que consumimos música en la era digital. No fue algo que la banda planeara, necesariamente, aunque sí fue una consecuencia de la desesperación de Capitol frente su negativa de promocionar el disco, bajo el argumento de que había sido concebido como una obra íntegra y no para ser separada en singles, así que nada de videos. Tampoco querían dar entrevistas, lo que suponía otro problema a la hora de difundir. Aun así, Kid A llegó al número uno en Inglaterra y Estados Unidos. ¿Cómo? En buena medida a través de una campaña de marketing que consistió en subir un reproductor para escucharlo online antes de su salida. Miles de blogs lo compartieron, medio millón de personas le dieron play y la voz se corrió por todos lados, incluso con ripeos en Soulseek dando vueltas con el material filtrado en MP3. Nada de lo que describo era común en el año 2000, por cierto. Se empezó a volver familiar con Kid A.

Tengo claro que musicalmente Radiohead no ha inventado nada, pero el acervo sonoro que citan en su cuarto disco es mucho más atrevido y sabroso que el post grunge y el pop rock de sus primeros años. Para mí, fue la droga de entrada a DJ Shadow, Boards of Canada y Autechre, un portal a mundos en los que la creación humana se manifiesta a través de máquinas, algo tan común hoy. Enésima prueba de la capacidad predictora de una banda que, a la clarividencia social exhibida en OK Computer, sumó una lectura totalmente acertada acerca de las opciones que el rock debería tomar para seguir vigente. Aunque no suenen como Kid A, cosa que sí hacen varios desde Matorral hasta Mount Kimbie, las bandas masivas tipo Imagine Dragons o Twenty One Pilots, que guste o no son las que la gran industria hoy considera rockeras, se valen de softwares un montón y tampoco usan tanta guitarra eléctrica.

Kid A es el mejor disco de Radiohead porque sustenta sin tambaleos todos los clásicos argumentos a favor del grupo, su fama de innovadores, alternativos, minuciosos, adelantados y todos los demás adjetivos elogiosos asociados a su nombre. En los foros que menciono al inicio, donde por años he pasado más horas de lo que resulta saludable leyendo a fanáticos que hablan de la banda como si fuese una película de Marvel, me he dado cuenta de que ningún otro disco suyo resiste tantas lecturas y aproximaciones, lo que, sumado a un cancionero impecable, me lleva a creer que se trata de su obra definitiva por el magnetismo que ejerce sobre tantas imaginaciones. Si parezco demasiado entusiasta, por favor, déjenme cerrar citando a una de mis plumas favoritas, Chuck Klosterman, y su ensayo en el que afirma que Kid A es un detallado vaticinio del martes 11 de septiembre del 2001 en las Torres Gemelas de Nueva York. Con lujo de detalles, Klosterman explica cómo el disco parte con “Everything in its right place” describiendo la típica mañana en Nueva York, seguida por un momento de intranquilidad en “Kid A” previo a los impactos de avión que serían durante “The national anthem”, para luego dar paso a las nubes de polvo y los escombros en “How to disappear completely”, y así sucesivamente con perfecto y escalofriante sentido. Eso sí que es ser alucinado.

 

The Bends, 1995.

The Bends: sumerge tu alma

Por Nuno Veloso.

Cuando escuché por primera vez “Creep”, encontré que esa guitarra de Jonny sonaba como una motosierra y me volaba la cabeza, pero no fue hasta que salió The Bends que compré un disco de Radiohead. El disco abría con sabias palabras: “Puedes forzarlo, pero no vendrá”, cantaba Thom Yorke en “Planet Telex”. Y era clave: The Bends es intensidad y también honestidad. Se encuentra en el caos que emerge en la mitad de “Nice Dream”, en el quiebre antes del solo en “Just”, en el coro catártico de “Black Star”, en el desgarro caótico de “My Iron Lung”, pero también en esas guitarras que suenan como una ventisca por debajo de “Bullet Proof… I Wish I Was” y las voces casi sacras al cierre de “Street Spirit (Fade Out)”. Junto al Post de Björk, el Great Escape de Blur y el Mellon Collie de los Smashing Pumpkins, fue parte de los discos que acompañaron mi salida del colegio.

En 1997, apenas supe —gracias al video de “Paranoid Android” en MTV— que había salido Ok Computer, lo compré. Pero, a pesar de que “Airbag” me ganó de inmediato con esa batería saturada y sus guitarras líquidas, de que “Paranoid Android” era epopéyica y de que “Subterranean Homesick Alien” tenía ese aire jazzy y el detalle de una abducción extraterrestre —gancho para un entonces fan de los X Files como yo—, el disco siempre sentí que se diluía posteriormente y solo retomaba vuelo con “Lucky” y “The Tourist”, al final. “Karma Police”, con toda su melancolía, nunca pudo llegarme mucho por su descarada similitud a “Sexy Sadie”. El Álbum Blanco de los Beatles era uno de mis discos de cabecera desde los 7 años, y me parecía una movida inescrupulosa.

Siempre creí que la historia del avión en picada que aparece en “Airbag”, “Lucky” y “The Tourist”, no era más que un espejo de la creación de un disco que tomó a la banda por sorpresa, tal como el Sgt. Pepper tomó por sorpresa a McCartney —por quitarle una frase a Lennon— y el Dark Side of the Moon tomó por sorpresa a Pink Floyd. Eso me quedó claro cuando vi el documental Meeting people is easy. Eso explicaba tanto hastío y desgano al contestar preguntas y al recibir los halagos de la crítica y los fans.

Desde luego, en Ok Computer también estaba la deliciosa claustrofobia de “Exit Music”, pero tras ella la lastimera “Let Down” nunca me convenció. Nunca entendí lo simplista de “No Surprises”, ni ese refrito del U2 versión Zooropa que era “Climbing Up The Walls”. “Electioneering” era efectista, y “Fitter Happier” un mero relleno. Ok Computer me pareció y sigue pareciendo un tanto forzado. Y puedes forzarlo, pero no va a darse. Si algo creo, es que Radiohead se apuró demasiado en Ok Computer. Insisto: “Disminuye la velocidad, idiota”, gemía Yorke en “The Tourist”, y tal vez hablaba consigo mismo.

Cuando llegó Kid A, tres años después de Ok Computer, me sorprendió que Yorke y Greenwood hubieran tenido las agallas de reinventarse en vez de decaer una y otra vez (citando “Street Spirit”). Habían dado el salto del Up de R.E.M. y el Adore de los Pumpkins. Fue dos años más tarde que ellos, es cierto, pero lo hicieron. En el tránsito, Kid A les hizo ganar en forma —es un gran disco, es indudable—, pero algo de su espíritu se decantó en el pasaje.

The Bends resume la esencia de una banda cargada de voltaje, de ansiedad, de sangre, y sobre todo, de alma. Nótese que John Leckie, el encargado de registrar el primer disco solista de Lennon —el impulsivo y estremecedor Plastic Ono Band— haya sido el encargado de producir The Bends para la posteridad: este es el grito primal de Radiohead. No hay dudas de que al ex Beatle le hubiera gustado mucho su frase final: “Sumerge tu alma en el amor”.

 

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Posted by Culto on Wednesday, June 26, 2019

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