Culto
Dolor y Gloria: el gesto que conmueve

Dolor y Gloria: el gesto que conmueve

Con menos impudicia que nunca, Pedro Almodóvar se retrata a sí mismo en la piel de un extraordinario Antonio Banderas, su antiguo cómplice de La ley del deseo y ¡Átame!

¿De dónde viene la emoción? ¿Qué son los sentimientos? Pedro Almodóvar ha pasado buena parte de su trayectoria asediando estas preguntas, examinando sus implicancias, ensayando respuestas a través de la escritura y de una puesta en escena que siente en casa en el melodrama y otros géneros de ayer. De esa voluntad nace una intuición que ha parido piezas tan formidables como La flor de mi secreto y Carne trémula, donde las imágenes son la materia de la que están hechas las emociones, y viceversa. Ahora llega Dolor y gloria: un logro mayor, incluso para los estándares de Almodóvar.

Con menos impudicia que nunca, el guionista y realizador manchego se retrata a sí mismo en la piel de un extraordinario Antonio Banderas, su antiguo cómplice de La ley del deseo y ¡Átame! Banderas encarna al cineasta Salvador Mallo, que perdió el interés por filmar y que, dado que hacer películas es su vida, está perdiendo el interés en vivir, reclusivo y víctima de dolencias varias, aparentemente agudizadas por la muerte de su madre. De este marasmo podría sacarlo el protagonista de uno de sus viejas películas, con quien no se ha visto en 32 años. Aunque quizá no, y tal vez lo único que salga de esta experiencia es una tardía iniciación en el caballo, como llaman en España a la heroína.

En paralelo a este presente, conocemos la historia de Salvador cuando niño, en la provincia, siempre cerca de su madre (Penélope Cruz): un chico despierto, un lector que alfabetiza adultos, un niño pobre que solo podrá continuar su educación si es al alero de los curas. Al momento en que ambas historias se encuentren, el cine ya no será solo instrumento del recuerdo, o bien su evocación: será el recuerdo mismo.

Observó un colega que Dolor y gloria es una película donde hasta el corte más inadvertido vibra de emoción. Cabe agregar que esa emoción no nace solo de la acumulación de empatías, menos aún de los golpes de efecto. Su origen parece estar en un arte que explora las minucias del cuerpo y que examina las huellas de la experiencia para terminar pariendo una cinta conmovedora, donde el deseo es un motor veleidoso, y donde el dolor no hace de las dolientes víctimas irreprochables, sino seres misteriosos, cuando no fascinantes.

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