Culto
Hunter S. Thompson, Muhammad Ali y Kinshasa: la más grande (y jodida) aventura periodística en la historia del periodismo

Hunter S. Thompson, Muhammad Ali y Kinshasa: la más grande (y jodida) aventura periodística en la historia del periodismo

Consciente y a punto de ser consumido por su propio mito, Hunter S. Thompson fue enviado a cubrir para Rolling Stone el regreso al ring de Muhammad Ali frente al invicto George Foreman. Colmillos de elefante, nazis en la selva y la sombra del dictador Mobutu se asoman en el principio del fin del Gonzo en Kinshasa.

Es 1974 y Hunter S. Thompson ya ha publicado Hell’s Angels: The Strange and Terrible Saga of the Outlaw Motorcycle Gangs (1967), Fear and Loathing in Las Vegas (1971) y Fear and Loathing on the Campaign Trail ’72 (1973). También innumerables artículos entre los que se cuentan los relevantes “Freak Power in the Rockies (The Battle of Aspen)”, “Strange Rumblings in Aztlan” y “The Kentucky Derby is Decadent and Depraved”. O sea, los textos más trascendentes de su producción periodística. Ya existe también el periodismo gonzo, su álter ego Raoul Duke y las ilustraciones de Ralph Steadman. Si antes Thompson buscaba escribir —como tantos otros— la gran novela norteamericana, ahora se conforma con ser una estrella de rock. Consciente y a punto de ser consumido por su propio mito.

“Yo solía pararme atrás y observar las historias. Absorberlas. Ahora, en cuanto aparezco en una, me vuelvo parte de ella. La primera vez que fui a una conferencia de prensa con Jimmy Carter tuve que firmar más autógrafos que él y el servicio secreto no tenía idea quién era yo. Creían que era un astronauta”, se lamentaba Thompson en un entrevista recogida por el documental Gonzo: The Life and Work of Dr. Hunter S. Thompson (2008).

Hunter S. Thompson.

A Jann Wenner, fundador y editor de la revista Rolling Stone, se le hacía cada vez más difícil dar con historias a la altura del mito de Thompson. Por lo mismo, el evento deportivo que se produciría el 25 de septiembre de 1974 llamado “The Rumble in the Jungle” parecía una misión natural para el periodista: Muhammad Ali retaría por el campeonato mundial de los pesos pesados al invicto George Foreman en Kinshasa, Zaire —actual República Democrática del Congo—, en un combate patrocinado por el dictador Mobutu Sese Seko.

Nazis en la selva

Hunter S. Thompson tenía una debilidad por Muhammad Ali. Era uno de sus máximos ídolos. Ambos nacieron en Louisville, Kentucky. Solía repetir que estaban ligados sanguíneamente, pero muy pocos le creían. Lo cierto es que Thompson tenía demasiadas razones para admirar a Ali. En 1967, el nacido como Cassius Clay se negó a alistarse al ejército de Estados Unidos en plena guerra de Vietnam —”nadie del Viet Cong me ha llamado negro”— por lo que le quitaron el título mundial de los pesos pesados y fue suspendido por tres años y medio del boxeo.

Muhammad Ali y Sonny Liston en 1965.

Después de su regreso al ring en 1970, se decía que Ali había perdido parte de su agilidad y efectividad. Por el contrario, George Foreman era temido por la potencia de sus golpes y venía de destruir —y ridiculizar— a dos boxeadores con los que Ali había perdido últimamente: Joe Frazier y Ken Norton. El combate en Kinshasa era la oportunidad de Ali para recuperar su antiguo trono. Aunque muy pocos creían que podría derrotar a Foreman
“Dios, yo creo que Ali estaba asustado. Desde un principio estaba asustado. Sabía que se iba a asustar más a medida que se acercaba el combate. Gracias a su ego seguía autoconvenciéndose de que iba a noquear a Foreman, que le ganaría, que le bailaría, que le dejaría en ridículo, que demostraría ser un boxeador superior, que Foreman no le pondría un guante encima”, recuerda el escritor Norman Mailer en el documental When We Were Kings (1996).

“The Rumble in the Jungle”, la pelea, había nacido de las gestiones del promotor Don King quien, al no poder obtener los cinco millones de dólares que pedían Ali y Foreman, salió a buscar un patrocinador fuera de Estados Unidos.

Consciente de la publicidad que traería el evento para su país, el dictador zaireño Mobutu Sese Seko pagó por el evento.

La pelea quedó programada inicialmente para el 25 de septiembre de 1974 y la antesala del combate sería un festival de música de tres días llamado Zaire 74, que incluía entre sus artistas a James Brown, BB. King, The Spinners, Celia Cruz and the Fania All-Stars, Bill Withers, The Crusaders, Miriam Makeba y Manu Dibango.

Zaire 74.

Aunque el festival se realizó en la fecha convenida, “The Rumble in the Jungle” se aplazó hasta el 30 de octubre, luego de que Foreman sufriera un corte en la ceja derecha en un entrenamiento con su sparring Bill McMurray. “Ahora tengo que esperar. Él conseguirá una paliza. Solo tengo que esperar”, se oye gritar a Ali en When We Were Kings, con la verborrea de siempre.

Con el retraso, casi todos los periodistas volvieron a sus países, menos los que no tenían dinero y los más importantes como Norman Mailer o Hunter S. Thompson. Mailer, por su lado, se dedicó a preparar su impecable libro The Fight (1975). Según Mike Downey en el Chicago Tribune, que cita una conversación con el periodista George Plimpton, Thompson contrató a un guía turístico y tomó un bote por el río Congo. Le dijo al guía que necesitaba hacer lo siguiente:

1) Visitar el bosque de Ituri y comprar colmillos de elefante.
2) Conocer a un pigmeo para preguntarle si alguien de su raza había sido devorado por una cobra.
3) Probar que el criminal de guerra nazi Martin Bormann vivía en una choza en la selva.

Lo único que supuestamente logró, según el ilustrador inglés Ralph Steadman, fue comprar colmillos de elefante. A los nativos con los que negoció les dijo que era el doctor de George Foreman… El Dr. Bormann.

A pesar de la admiración de Thompson por Ali, cada vez fue viendo la pelea con mayor pesimismo y sus ganas de presenciarla eran escasas. No intentó entrevistar a Ali o a Foreman, a quien vio caminando por el lobby del hotel con sus perros. Tampoco se esforzó por ir a N’ Sele —en el oeste de Kinshasa—, lugar en el que entrenaban los boxeadores.

Ali.

Según Mailer en Gonzo. The life of Hunter S. Thompson, de Jann Wenner y Corey Seymour, Thompson se frustró cuando asumió que no aprendería más sobre boxeo en una o dos semanas que lo que ya sabía el mismo autor de Los ejércitos de la noche (1968) o Plimpton durante años: “Entonces buscó un atajo: decidió que vería la pelea con Mobutu. Hizo un verdadero esfuerzo por reunirse con Mobutu, pero fracasó”.

Plimpton coincide con Mailer sobre el frustrado encuentro con el dictador zaireño: “Me pidió varias veces que lo ayudara. ¿Cómo? Pues consiguiéndole una audiencia privada con Mobutu, por ejemplo”.

“No hizo nada. Total y absolutamente nada. Parecía más interesado en buscar cocaína. De hecho, todo lo que hizo fue buscar cocaína”, se queja Ralph Steadman en Fear and Loathing. The Strange and Terrible Saga of Hunter S. Thompson de Paul Perry.

En Gonzo: The Life and Work of Dr. Hunter S. Thompson reproducen una grabación de ese 30 de octubre, el día de la pelea:

Hunter S. Thompson: ¿Estamos grabando? ¿Estamos grabando? Sí, eso parece. Estoy tirado en la cama en esta apestosa pequeña pieza, con unas malditas entradas para una pelea a la que no quiero ir. Está más allá de mi comprensión que esta pelea pueda ser buena.

Ralph Steadman: Sigue hablando… haciendo.

Hunter S. Thompson: Estoy trabajando, Ralph.

Ralph Steadman: Sé que estás trabajando. Puedo oír la rueda de tu mente moverse. Realmente deberíamos irnos.
Hunter S. Thompson: He tratado todo el día… de acostarme y escuchar música. Es lo único que quiero hacer —se le escucha jalar cocaína—.

Los que están presentes en esa pieza del Hotel Intercontinental de Kinshasa durante la grabación son Thompson, Steadman y un traficante. Supuestamente, el autor de The Rum Diary (1998) cambió las entradas a la pelea por cocaína. Luego, bajó a la piscina con una gran bolsa de marihuana, compró una botella de Glenfiddich, un balde de hielo y se puso a nadar.

Steadman, paranoico por las drogas y aterrado ante la posibilidad de que Thompson no entregase ningún texto, corrió hacia la habitación para tratar de llamar a Mobutu. Efectivamente, según el ilustrador inglés en Fear and Loathing…, logró hablar con una asistenta del dictador, a quién le explicó el problema.

—No quiero tickets gratis —le aseguró. Lo que quiero es ver la pelea con el Presidente Mobutu y, ya sabes, hacer dibujos de él mientras mira la pelea.

Hubo un silencio en la línea. Luego, la mujer murmuró algunas palabras a otra persona. “El Presidente no quiere que hagas eso”, respondió finalmente. “Lo lamentamos mucho”.

Ali y Foreman en The Rumble in the Jungle.

“Ali, boma ye!”

“Antes del combate, presencié una escena incomparable: el vestuario de Ali era como un velatorio. Era como la última cena. En un momento, Ali preguntó: ‘¿Por qué están tan tristes? ¿Qué les pasa?’. Todos creían que iba a perder y estaban aterrados. Pensaban que con su orgullo aguantaría una de las peores palizas de la historia. Que no se rendiría. Que lo iban a destruir en ese ring”, recuerda Mailer en When We Were Kings.

El evento comenzó a las cuatro de la mañana en el estadio 20 de mayo de Kinshasa —bajo las galerías había celdas con más de mil personas prisioneras del régimen, según Mailer en The Fight—, para poder ser transmitida en el horario estelar de Estados Unidos. Mobutu Sese Seko no fue al combate. En el recinto solo había una gran fotografía del dictador, que prefirió verlo en su palacio por circuito cerrado de televisión. Era el único en Zaire que lo tenía.

En la pelea, George Foreman dominó a Ali contra las cuerdas en los primeros rounds. Las sospechas parecían confirmarse: el campeón destruiría, y de paso, humillaría al retador. Pero pronto Foreman se comenzó a cansar, se volvió lento.

Mientras, Ali resistía y jugaba con su cabeza: “¿Eso es todo lo que tienes, George? Pensé que pegabas más fuerte”. Las sesenta mil personas que estaban en el estadio gritaban: “Ali, boma ye!, Ali, mátalo“. Muhammad Ali ganó por nocaut en el octavo round y “The Rumble in the Jungle” se convirtió en una de las peleas clásicas de todos los tiempos.

Thompson volvió a Estados Unidos y, según su primera esposa, Sandra Thompson, durmió dos días: “¡Estaba literalmente inerte! Cuando despertó, nos dio los regalos que nos había traído: dos enormes colmillos de marfil, uno para Juan —su hijo— y otro para mí”.

No entregó ningún texto a Rolling Stone. Steadman hizo veinte dibujos, pero los editores le dijeron que eran muy “oscuros y toscos” y decidieron no publicarlos si no había un artículo de Thompson. Jann Wenner pagó los elevados gastos del hotel, que ascendían a 25 mil dólares, y comenzó a referirse a la aventura de Thompson en Kinshasa como “la más grande (y jodida) aventura periodística en la historia del periodismo”.

Jann Wenner y H.unter S. Thompson.

Thompson no volvió a escribir nada realmente relevante después de ese fracaso. Notó que ya no era el escritor que quería ser y se deprimió. Sus bloqueos creativos se hicieron insuperables y se encerró cada vez más en su rancho Owl Farm.

Un año después, Wenner le dio otra oportunidad. Lo envió a Vietnam a cubrir el fin de la guerra. Thompson llegó cuando los otros periodistas eran evacuados. Luego se fue a Hong Kong a comprar una grabadora y se perdió la caída de Saigón. Al parecer, ya no había mucho que hacer, el vaso se había quebrado.

Sobre el autor:

Javier Correa |
Periodista y co-autor de Nunca Cumplimos 30. Una historia oral del Canal 2 Rock & Pop (2018).