Culto
Alicia Vega: la maestra de cine

Alicia Vega: la maestra de cine

Pasó 30 años haciendo talleres en todo Chile y así consagró una vocación que quedó retratada en el documental Cien niños esperando un tren. Con 87 años, la pedagoga es postulante al Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales.

Los ojos pequeños y expresivos de Alicia Vega han visto pasar momentos fundacionales del cine chileno, pero también presenciaron la expresión de quienes nunca habían visto una película en su vida. Han estado en la cúspide y en la base, en la formación de cineastas universitarios y en la enseñanza de niños inquietos que recuerdan sus clases como lo mejor de una infancia con alimento justo, ropa vieja y escasos juguetes.

En todos esos casos siempre sintió que era capaz de entregar conocimientos con claridad, pero fue lo suficientemente humilde como para aprender de lo que veía. Entender, por ejemplo, que si los muchachos aplaudían cada vez que veían una escena con comida, era porque en casa no había. Comprender que si los chicos tenían malas notas en el colegio podían redimirse con el papel, las tijeras y los lápices que les daba para crear un juguete llamado taumátropo.

Nacida en una familia de buen pasar del centro de Santiago donde la costumbre de leer era liderada por su padre abogado, Alicia Vega (1931) ha hecho del método pedagógico una regla de vida. Reconoce que la curiosidad intelectual y el gusto por las letras le viene de su progenitor, pero al mismo tiempo tiene claro que ser artista no es su taza de té. “No, no me muevo en la parte creativa del cine. Nunca fue lo mío”, dice la docente e investigadora, casada con el artista y también profesor universitario Eduardo Vilches (1932).

Si sus dedos no eran para el piano de la creación, si lo eran para el de la enseñanza. Desde los 12 años lo hizo en una parroquia de calle General Mackenna, donde por primera vez conoció a “niños que vivían en el Mapocho” y ya de adulta lo repitió en sus clases de Apreciación Cinematográfica en el desaparecido Instituto Fílmico de la Universidad Católica.

Fue ahí que entre sus alumnos tuvo a los futuros cineastas Ignacio Agüero, Gerardo Cáceres y Cristián Lorca. El primero, uno de los grandes documentalistas chilenos, filmó su labor en los talleres de comunas vulnerables en el documental Cien niños esperando un tren (1988).

Es él quien está a la cabeza además de su postulación al Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisual que se entrega en el segundo semestre. Desde que se creó el galardón en 1993 ha recaído 11 veces en personalidades ligadas al teatro (actores, dramaturgos y directores) y apenas dos veces en otras disciplinas (la bailarina Malucha Solari en el 2001 y el cineasta Raúl Ruiz en 1997).

Para muchos, nada menos que para 53 firmantes, esta es la oportunidad en que el cine otra vez sea reconocido. El patrocinio es del Instituto de Comunicación e Imagen de la U. de Chile y entre los nombres están cineastas como Sebastián Lelio, Pablo Larraín, Valeria Sarmiento o Andrés Wood. Pero también se asoman ilustres de la literatura (Diamela Eltit), la antropología (Sonia Montecinos) o las artes (Gonzalo Díaz y Federico Assler), todos Premios Nacionales.

De la tuberculosis a la toma

Cinco años en cama le sirvieron para enfrentarse a la posibilidad de la muerte, para leer todo lo que había en casa (de Dostoievski a Shakespeare) y para allanar su vocación por las humanidades. “Tuve tuberculosis. Entré en un período de reflexión y lo que me interesaba iba a estar claramente orientado a las letras”, dice en su casa de calle Bremen, en Ñuñoa.

Mientras sus hermanas estudiaban Derecho y Enfermería, ella optó por algo más despeinado. “Vi que la Universidad Católica comenzó a impartir cine en el recién creado Instituto Fílmico a cargo del padre Rafael Sánchez y me inscribí. Era 1956. Se presentaron muchos postulantes y quedamos 50. Entre otros de mis compañeros estaban también los futuros realizadores Pedro Chaskel y Sergio Bravo”, comenta Alicia Vega sobre la decisión que la llevó a tener clases con el “cura” Rafael Sánchez (1920-2006), uno de los padres del documental chileno y sacerdote hasta que se casó con la sonidista Graciela Bresciani.

De esa época también es una experiencia capital. “Fui asistente de Sánchez en el rodaje de su documental Las callampas (1958), que registró la primera toma de terrenos de Latinoamérica, en la que luego sería la población La Victoria”, cuenta.

Tras el 11 de septiembre de 1973 se cerró el Instituto Fílmico UC, pero Alicia Vega logró encontrar trabajo durante 10 años en la Escuela de Teatro de la Universidad de Chile. Fue poco después, a inicios de los años 80, que su vocación pedagógica encontró otra vez el amparo de de cine e iglesia. “Me contrató la oficina del Episcopado y creé el Cine Foro Escolar. Arrendábamos el Cine Normandie, que en ese tiempo sólo era un rotativo. Duramos cinco años hasta que un día ya no pude llegar a acuerdo con el administrador de la sala”, recuerda.

Buena parte de esa labor la gestionó ella misma. “En el Episcopado sólo me pagaron el primer taller: el resto lo financié yo con el dinero que le cobrábamos a los colegios ricos (se refiere al Liceo Alemán, los Padres Franceses, Verbo Divino, Saint George o San Ignacio, entre otros). Con ese dinero le podíamos hacer talleres a los colegios pobres. Me alcanzaba para arrendar el cine, la película y el equipo para proyectar”, recuerda sobre la experiencia que logró llevar a más de 40 mil niños a las butacas de la sala ubicada entonces en la Alameda

Después de salir del Normandie comenzó a realizar todos los sábados por la mañana sus talleres en iglesias y sedes de sindicatos. Fueron 35 en total, desde el primero en la parroquia Jesús Carpintero de Renca en 1985 al último, el 12 de septiembre del 2015 en la población Chacabuco de Recoleta. En estos 30 años que van de dictadura a democracia, Alicia Vega recurrió a dineros de embajadas, de la iglesia, del Fondart, de privados y de municipalidades. Nunca hubo un fondo estatal permanente, pero sí hubo una audiencia permanente: más de seis mil niños de la periferia de Santiago, pero también de Chiloé, Puerto Octay o Puerto Montt.

Las tres décadas en que hizo los talleres le sirvieron también para tomarle el pulso a la sociedad. ¿Qué sigue igual? “Hay cosas que se mantienen: sigue habiendo hermanos que interactúan por primera vez entre ellos cuando llegan al taller y hacen un trabajo juntos. Es lógico, pues cuando uno va a sus casas se da cuenta de que no tienen espacios para compartir en familia. No hay una sola mesa donde se sienten juntos”, reflexiona.

¿Y qué ha cambiado? “Desde hace 10 años al menos yo he notado un aumento increíble de la penetración de las drogas. ¿Qué pasa?: la gente tiene que sobrevivir y algunas abuelas les venden drogas a los mismos compañeros de sus nietos. Normalmente son papelillos de marihuana, drogas chicas, microtráfico. Porque el gran tráfico ya lo conocemos todos. En mi experiencia me tocó varias veces escuchar los balazos de los funerales de los narcos. O ver cómo llegaban algunos autos bastante más lujosos a comprar”.

Después de sentir el peso de crear 200 figuritas de papel cada semana y a pesar de la ayuda de sus monitores universitarios en los talleres, Alicia Vega dejó de hacerlos en el 2015. A propósito de las cosas que cambiaron definitivamente, reflexiona: “Ahora se lee menos, en 1985 les entregaba a los niños seis páginas para la casa y en el 2015 terminé con dos. Hay más estímulos, los celulares entre ellos”.

Sin embargo, la pedagoga tiene una naturaleza de acero: para este año prepara tres nuevos libros, uno de ellos dedicado a explicar sus talleres, a modo de sistematizar lo que practicó y lo que aprendió.

En sus clases todos vieron a Chaplin, a los hermanos Lumière, a Einsenstein, a Walt Disney y hasta a Pasolini. No faltaron obras de chilenos como el propio Ignacio Agüero. En todos, además, hubo trabajos manuales en el taller: taumátropos y zoótropos. Alicia Vega los conserva, con nombres de autores, con fechas y perfectamente catalogados. “Conservé cada una de las 6.500 creaciones de los niños. Muchas eran de chicos que no habían comido la noche anterior”.

¿Qué fue de ellos? ¿Alguno fue cineasta? Alicia Vega mira con sabiduría: sabe que no se trataba de un concurso de talentos. Sabe que su labor iba más allá del exitismo y lo que llevaba a sus clases era también algo de dignidad. “El otro día se me acercó un señor en Antofagasta que había ido a uno de mis talleres. Ahora es profesor y locutor de radio. Hay de todo. Algunos recogen la basura, otros son guardias de supermercados, hay niñas que son meseras, pero hay otra que es contadora e incluso uno que es arquitecto. Todos son dignos, todos hacen algo”.


 

Taller de cine para niños
Alicia Vega
Ocho Libros Editores, 2018.
112 páginas.
$ 13.320.

Sobre el autor:

Rodrigo González |
Sub-editor de Cultura de La Tercera.