Culto
Crítica de música: esplendorosa guitarra

Crítica de música: esplendorosa guitarra

El guitarrista español Pablo Sáinz volvió al escenario de CorpArtes, donde expuso su calidad como intérprete, recorriendo todas las cuerdas con profundos sentimientos, con elegancia, virtuosismo y notable técnica.

A Pablo Sáinz Villegas se lo vio el año pasado en una breve participación en el recital de Plácido Domingo. Allí brilló con luces propias en Libertango de Piazzolla.  Ahora regresó al mismo escenario de la sala CorpArtes en gloria y majestad, luciendo su guitarra en todo su esplendor.

El músico español, junto a la Sinfónica de Chile dirigida por Francisco Rettig, llegó para intervenir en dos obras –los conciertos para guitarra y orquesta de Elmer Bernstein y el de Aranjuez de Joaquín Rodrigo-  donde expuso su calidad como intérprete, recorriendo todas las cuerdas con profundos sentimientos, con elegancia, virtuosismo y notable técnica. Sáinz Villegas se mostró con sinceridad, detallista, extrayendo incluso sonidos inimaginables en este instrumento.

Pablo Sáinz durante el concierto que ofreció en CorpArtes. foto: CorpArtes – Fiebre Media.

Ya en la pieza del autor norteamericano, su guitarra trajo luz y poderío a esta obra en momentos sombríos, líricos, melódicos, con una hermosa cadenza  en el segundo movimiento (Reflexiones), para terminar en una Celebración de temas rítmicos breves con gracia y ligereza. Mientras, la Sinfónica, muy bien llevada por Rettig, lució brillante, con diestros efectos orquestales y cuantiosas texturas.

El popular Concierto de Aranjuez –bien elegido para conmemorar los 20 años del fallecimiento de Rodrigo- es una obra de referencia y, por ende, con innumerables versiones. Sin embargo, es ineludible que ella es una verdadera pieza sensorial, llena de expresiones musicales y donde la música folclórica se funde con el impresionismo. Sáinz Villegas arribó certeramente a los límites posibles de la guitarra, con una ejecución virtuosa y refinada, plena de sentimientos, con rasgueos y punteos precisos. Y qué decir de su desgarradora ejecución del Adagio (el movimiento más popular), expresivo, evocador y con una virtuosa cadenza.  Y con él, la orquesta dialogó con su guitarra; trajo la atmósfera visual y el colorido local español, sin contar los atinados solos del cello y del corno inglés, uno sutil y el otro nostálgico.

Una actuación que coronó con dos encores: una sentida interpretación de Te acuerdas de la Alhambra, de Francisco Tárrega, y una deslumbrante y gran jota en la que sencillamente descolló al recrear sonidos inauditos en su instrumento.

El programa lo completaron Estancia Op. 8a, de Alberto Ginastera, y Rapsodia rumana Nº 1 en La Mayor Op. 11, de George Enescu. En la primera, una suite de danzas del ballet del autor trasandino, la Sinfónica recreó el ambiente que da vida a sus cuatro partes y el profundo nacionalismo que ésta conlleva: con energía e ímpetu en Los trabajadores agrícolas; con apacible lirismo en la Danza del trigo; con ritmo impetuoso en Los peones de hacienda, y  tenso impulso en la Danza final (Malambo). Mientras en la obra del rumano, también con elementos folclóricos, crearon un clima cambiante, extrovertido y enérgico.

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