Culto
Jorge Luis Borges: lector a contramano

Jorge Luis Borges: lector a contramano

Además de una obra sólida y compleja, el escritor trasandino legó un modo de leer y un concepto de literatura que fue valorado recién a partir de los años 70 en su país. Hoy, pese a llevar muerto tres décadas, sigue ocupando la centralidad de la literatura trasandina. A continuación unas claves para entender a Borges.

El medio literario argentino se puede dividir entre quienes plantean cómo matar definitivamente a Borges y llegar a una escena posborgena y entre quienes persisten en su recuerdo y no les molesta seguir teniéndolo en la centralidad de su literatura. En el segundo grupo está gran parte de la academia trasandina, que desde el advenimiento de la democracia, o más precisamente desde la refundación de la facultad de letras de la Universidad de Buenos Aires (UBA), liderada por Beatriz Sarlo, encontró el pretexto perfecto no solamente para estudiar a Borges, sino a las otras literaturas. Y es que el autor de Fervor en Buenos Aires, Historia universal de la infamia, Ficciones y El aleph, entre otros títulos, planteó algo que muy pocos escritores han hecho: cómo leer. Y este cómo leer se llevó a la universidad, y los estudiantes de letras vieron con entusiasmo en ese nuevo modo de lectura un lugar en el mundo de las letras argentinas.

Borges y María Kodama.

Ese año de refundación de la carrera de letras fue 1984 y Borges aún vivía en Buenos Aires y María Kodama era ya su esposa. No sé si él habrá estado consciente de la importancia de su obra y del modo de leer y de pensar la literatura en ese año, aunque me imaginó que sí: por algo le habían negado el Nobel de Literatura y le habían concedido –dicen a modo de desagravio dentro de la lengua castellana– el Premio Cervantes en 1979, y casi veinte años antes el Formentor junto a Samuel Beckett, algo así como el Nobel alternativo de Literatura.

Según Beatriz Sarlo, en el ensayo “Borges después de Borges” incluido en Plan de operaciones, Borges comenzó a ocupar la centralidad en la literatura argentina después de Julio Cortázar; de hecho hubo parte de la crítica (David Viñas, Juan José Sebrelli) que se resistió a reconocer sus méritos cuando el reconocimiento internacional era un hecho. Por eso se puede hablar de que a partir del Informe de Brodie (1970), un libro que escribió estando completamente ciego y, más que escribirlo, lo dictó, Borges empezó a ocupar esa centralidad, es decir quince años antes de su muerte. Sarlo dice que la reticencia de cierta crítica se debió a que él era “sólidamente anticomunista y antimarxista” y “un liberal conservador, contrario a todas las democracias de masas”. Pero además a Borges no le interesaba ocupar ninguna centralidad, estaba cómodo en un lugar marginal que ocupaba su obra, o como lo explicó Héctor Libertella: como su literatura había nacido marginal y descentrada, “por lo mismo terminó haciéndose centralmente argentina”.

El volumen de Beatriz Sarlo donde aparece “Borges después de Borges”.

Es decir con él se inauguran dos ejes, que hoy están muy presentes en la literatura trasandina: el de la tradición y la ruptura y el de centro y periferia. Es Borges quien habilita el primer movimiento con el ensayo ‘El escritor argentino y la tradición’, donde compara la literatura de su país con la literatura irlandesa y judía, dos tradiciones que habían innovado mucho por, precisamente, tener un pie adentro y otro afuera en la cultura inglesa y adentro y otro afuera en la cultura occidental, algo que él se plantea como un desafío no sólo para la literatura argentina cuando habla de cuál debía ser la tradición del escritor trasandino: “Creo que los argentinos, los sudamericanos en general, estamos en una situación análoga; podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas”. Esto de tener un pie adentro y otro afuera de la cultura occidental es algo que configura la marginalidad argentina y que posibilita, al igual que las tradiciones mencionadas, la innovación. Lo que Borges planteaba no sólo era un cambio literario, sino también cultural. Cambiar la forma de pensar.

Ricardo Piglia fue un atento lector de Borges, de hecho hizo un programa en la TV Pública sobre él y su obra. En una emisión del programa contó el modo que tenía Borges para traducir, que era un poco el modo que tenían los traductores del siglo XIX, es decir mejorando el original, pero Borges –según Piglia– iba más allá y lo hacía suprimiendo partes que consideraba aburridas o innecesarias de textos, por ejemplo, de Edgar Allan Poe. Siempre se ha dicho que Borges fue un escritor anacrónico pero muy de vanguardia, sin embargo no se ha explicado del todo cómo ese anacronismo hizo que fuera un escritor tan de avanzada y planteara algo que muy pocos han logrado: un modo nuevo de leer.

La biografía de Borges escrita por Adolfo Bioy Casares.

En este punto vale la pena contar cómo fue que Borges se formó como lector. Para los que lo ignoran, él mismo se encargó de contar de la biblioteca de su padre en aquella casa de infancia de Palermo. Pero detectar con exactitud el contenido de esa biblioteca no es tarea fácil, aunque afortunadamente algunas cosas que dijo y que se encuentran consignadas en el Borges, de Adolfo Bioy Casares, nos dan una idea. Por ejemplo en su formación fue muy importante la Enciclopedia Británica, de hecho hay una parte del Borges, en el que se queja de que los volúmenes de la enciclopedia hayan disminuido de 21 a 12. Gracias a estos volúmenes Borges aprendió geografía, historia, filosofía, arte, literatura y biografías, siempre las enciclopedias, como ésta y la Cabinet donde escribió Mary Shelley, tenían una importante sección de biografías. De hecho, con Bioy era habitual que discutieran sobre Vida de Samuel Johnson, de James Boswell, tal vez la mejor biografía de todos los tiempos y la que inauguró el género desde una perspectiva moderna, a fines del siglo XVIII. Bioy y Borges se preguntaban por qué muchos habían fracasado en la lectura de las dos mil páginas de ese libro además de hablar mal de otra importante biografía, la de Goethe, que hizo J.P. Eckermann, y que Nietzsche consideró el mejor libro en lengua alemana.

Emilio Renzi, el personaje de Ricardo Piglia, dice que Borges fue el mejor escritor argentino del siglo XIX. El mismo Piglia después explica esto, pero la explicación se queda corta, y especulo que quizá a lo que se refería es que Borges fue un nuevo comienzo para la literatura trasandina, y en ese sentido se le puede ubicar en el siglo donde nació esa literatura. De hecho sus lecturas coincidían más con un autor de ese siglo que del XX. Sin ir más lejos hay muchas cuestiones que él tomó de autores como Goethe o Thomas de Quincey. Del primero toma el concepto de Weltliteratur (literatura mundial o universal), que patentó Goethe como reacción a la hegemonía que tenía la literatura francesa; este concepto es el que Borges desarrolla en “El escritor argentino y la tradición” pero con el nombre de tradición occidental.

Y de De Quincey toma la imagen de la biblioteca de su padre. En su libro autobiográfico Bosquejos de infancia el autor inglés realiza una aguda observación de ella: “Me permito añadir aquí unas palabras para describir la biblioteca de mi padre porque al hacerlo describiré también a todos los de su clase. Era muy extensa y abarcaba un abanico general de la literatura inglesa y escocesa de la generación precedente. Resultaba imposible nombrar un libro de historia, viajes o literatura que no tuviera”. Para De Quincey una biblioteca en esa época, finales del siglo XVIII, tenía múltiples usos: recreación, educación y valor patrimonial. En el comienzo de Historia de la noche (1977), Borges señala: “Como ciertas ciudades, como ciertas personas, una parte muy grata de mi destino fueron los libros. ¿Me será permitido repetir que la biblioteca de mi padre ha sido el hecho capital de mi vida? La verdad es que nunca he salido de ella, como no salió nunca de la suya Alonso Quijano”.

Historia de la noche, de Borges, en la edición de Emecé.

Sin embargo, la obra de Borges no puede entenderse a cabalidad sin textos de historia, ciencia, crítica, filosofía e incluso budismo. En el primer caso habría que mencionar a Edward Gibbon: Autobiografía y Auge y caída del Imperio Romano). El resto quedó registrado en el magnífico trabajo de Laura Rosato y Germán Álvarez en Borges, libros y lecturas (2010, 2017). Y es que cuando Borges asumió la dirección de la Biblioteca Nacional en 1955, cargo en el que estuvo hasta 1971, estaba trabajando en su obra completa, y para ello estaba revisando los textos que lo habían llevado a escribir algunos de sus cuentos y poemas, es decir volvió a las fuentes. Parte de esas fuentes fueron los cerca de 700 libros que los investigadores Rosato y Álvarez encontraron en la Biblioteca Nacional como donación o tesoro secreto, que el autor hizo para todos los argentinos. Para ellos, él estaba seguro que esos libros serían hallados, y que la acusación hecha por un trabajador de la biblioteca en el sentido de que él se “llevaba” libros para su casa sería desechada.

Entre estos títulos había varios de crítica que analizaban la obra de Walt Whitman y Chesterton, otros de filosofía que hacían lo propio con el pensamiento de Ludwig Wittgenstein y Aristóteles, y además muchos de ellos estaban en inglés, alemán o italiano. Pero el trabajo como lector de Borges tenía una particular sensibilidad, que siempre estaba en sintonía con la literatura, por más ardua o ajena que fuera la materia. De este modo, como dijo en una entrevista Germán Álvarez, “Borges cuando explica el budismo lo hace a través de metáforas e imágenes que a él le suenan atractivas desde el momento de la literatura o del momento filosófico que tiene un potencial literario”.

Hay algo que no se dice en Chile pero sí de un modo que llama la atención en Argentina, y es que Borges leía mal, en el sentido de que leía a contramano de muchos, o sea de la convención. Leer a contramano es un modo de leer mal, cosa que a él nunca le importó; es más, fue sosteniendo esa manera de mirar la literatura, que estaba más allá de los cánones y de los criterios del momento. En ese sentido a Borges nunca le interesó ser un escritor del momento, y esto se nota en algunos de sus libros, en especial de su primera época. Pienso en Evaristo Carriego (1930), que es un ensayo sobre el poeta criollista, en cuyos poemas destacaban el barrio, el tango y los guapos; Borges sale al encuentro de la figura y la obra de Carriego, pero lo hace a modo de ensayo biográfico, aunque con los criterios actuales bien podría haber sido su primera y única novela.

Esto de tener una lectura propia de la literatura nacional, en lengua castellana y mundial es a lo que invita Borges. No se trata de escribir solamente, se trata de leer de una manera única, entendida como singular, todo lo que está a nuestro alcance. Algunos escritores argentinos entendieron rápidamente eso: César Aira es uno de ellos. Según Sarlo, él “ha leído tan perfectamente a Borges que está en la mejor posición para contradecirlo”. Otro punto en común que tienen Aira y Borges es su desapego por el objeto físico libro y por la ansiada centralidad. En sus últimos años, Borges tenía sólo quinientos libros en su departamento y Aira, por su lado, no tiene todos los títulos que ha publicado, le falta –según dicen– el Moreira, que es transado en mercadolibre a 80 mil pesos argentinos, casi un millón trescientos mil pesos chilenos.

Borges.

En el plano político Borges –se sabe– fue un conservador. Sin embargo, en el libro de entrevistas Diálogos, de Néstor J. Montenegro (1983), señalaba muchas cosas que matizaban un poco esa postura. Por ejemplo, respecto al aborto dijo: “Instintivamente lo considero un crimen. Sé, al mismo tiempo, que ese rechazo corresponde a mi generación. Creo que debe legalizarse; la razón me dice que sí, el instinto que no”. Y respecto al divorcio señaló: “Yo me casé y me separé al cabo de tres años. El hecho de que no se admita el divorcio es injustificable. Proviene, cabe suponer, del influjo de la iglesia católica”. Finalmente cuando se le hace notar que en sus cuentos hay muy pocos personajes femeninos respondió lo siguiente: “No tengo ningún personaje, ni femenino ni masculino. Hay autores que crean personajes: Dickens, Balzac, Zola, Jules Romains. Yo nunca dejé de ser Borges, ligeramente disfrazado”.

Borges murió un 14 de junio de 1986 en Ginebra, Suiza. Bioy Casares en el Borges relata cómo se enteró de la muerte de su amigo. Era un sábado y los primeros días de frío se cernían sobre Buenos Aires. Bioy había quedado de juntarse con su hijo Fabián en la confitería El Molino, frente al edificio del Congreso. Allí le regaló el libro Un experimento con el tiempo, de John William Dunne, que había comprado en el quiosco de Callao y Rivadavia. Siguió camino al mítico bar La Biela, donde almorzó con la socióloga Francis Korn y después “decidí ir hasta el quiosco de Ayacucho y Alvear, para ver si tenía Un experimento con el tiempo: quería un ejemplar de reserva”. Lo atendió un sujeto joven que le dijo: “Hoy es un día muy especial”. Bioy, extrañado, preguntó por qué, y el sujeto respondió: “Porque falleció Borges. Esta tarde murió en Ginebra”. Bioy, aturdido, caminó a otro quiosco, “sintiendo que eran mis primeros pasos en el mundo sin Borges. Que a pesar de verlo tan poco últimamente yo no había perdido la costumbre de pensar: ‘Tengo que contarle esto. Esto le va a gustar. Esto le va a parecer una estupidez’”.

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