Culto
Un ataque con gas sarín en el metro: la crónica de Murakami que ensaya la psique japonesa

Un ataque con gas sarín en el metro: la crónica de Murakami que ensaya la psique japonesa

En marzo de 1995 el tren subterráneo de Tokio sufrió un atentado con gas sarín que cobró una docena vidas y dejó a otros miles de heridos. Conmovido, el novelista Haruki Murakami salió a buscar las historias de las víctimas.

Una mañana cualquiera en la ciudad más poblada del mundo, una secta religiosa que tenía como líder a un falso gurú ciego, atentó contra el metro de Tokio en la hora punta. Fueron tres líneas las que sufrieron los ataques de gas sarín, un compuesto inoloro e incoloro, clasificado como arma de destrucción masiva por la ONU.

Los hombres dejaron bolsas en el piso del tren y las pincharon para dejar salir un líquido que luego sería gas. Casi inmediatamente miles de personas abandonaron las estaciones en pánico. La escena parecía una zona de guerra, pero nadie sabía entonces quién era el enemigo.

Con la garganta ardiendo y los ojos irritados, la televisión mostró los primeros muertos en cadena nacional: 13 en total, junto a otras 50 personas graves y miles de afectados.

“Me gustaría que durante la lectura de este libro prestasen atención a las historias de la gente”, escribe Haruki Murakami al final del prólogo de Underground. El atentado con gas sarín en el metro de Tokio y la psicología japonesa (Tusquets), que retrata esa anodina mañana japonesa que de pronto se convirtió en tragedia nacional.

Luego sigue: “Antes de eso quisiera que imaginaran lo siguiente: es 20 de marzo de 1995. Lunes. Una mañana agradable y despejada de principios de primavera. El viento aún es fresco y la gente sale a la calle con abrigo (…) Así que usted se ha despertado a la hora de siempre, se ha lavado la cara, ha desayunado, se ha vestido y se dirige a la estación del metro. Sube a un tren lleno, como de costumbre; se dirige a su puesto de trabajo. Una mañana como muchas otras. Nada especial. Uno de esos días imposibles de diferenciar en el transcurso de una vida, calcado a muchos otros, hasta que cinco hombres clavan la punta afilada de sus paraguas en unos paquetes de plástico que contienen un líquido extraño”.

Como millones de japoneses, el escritor Haruki Murakami siguió atento el bombardeo de información de los noticieros, acaso la saturación de cierta prensa que siguió el atentado con la moral del personaje de Jake Gyllenhall en la película Nightcrawler.

Esa misma imprudencia llevó al autor de Tokio blues a pensar el tema con calma y perspectiva. “La mejor noticia no es siempre la que se da primero sino muchas veces la que se da mejor”, escribió Gabriel García Márquez y Haruki Murakami parece guiarse por ese viejo mandato del periodismo.

Así comenzó la escritura de Underground, un ornitorrinco a medio camino entre las salchichas que se imprimen día a día en las salas de redacción y el periodismo narrativo que Rodolfo Walsh creó en Argentina, pero que Truman Capote extendió mundialmente hasta alcanzar territorios insospechados.

Empecinado en entender con profundidad qué había pasado en el metro de Tokio esa mañana de lunes, Murakami se propuso algo que con la distancia parece de sentido común pero que entonces muy pocos hicieron: conversar con los sobrevivientes, escuchar sus historias y, luego, desde las transcripciones, compartir esas vivencias.

Durante los meses que siguieron a la tragedia, algunas de las víctimas pasaron por su grabadora y conversaron largo: sobrevivientes, familiares, equipos de emergencia, psicólogos y miembros del grupo tras el atentado. Underground, el testimonial extenuante y sobre todo claustrofóbico que resultó de esas escuchas funciona además como el retrato urgente de la sociedad japonesa de la última década. Un libro que es como todos los libros de Murakami, es decir, sobre gente común y corriente arrancada de su vida anodina por hechos extraordinarios.

A veces deudor de los relatos corales de la bielorrusa Svetlana Alexiévich, a ratos sacado de una secuencia de Akira, Underground es un registro del orden social nipón y sus valores. Murakami opera aquí como un médium: sin montar juicios de valor, apenas desviando el curso de lo que quiere que veamos, ordenando los relatos al ritmo de las víctimas. Hay que prestar atención a las historias de la gente, decía al comienzo. Por eso el autor de Kafka en la orilla deja hablar y guía esa fuerza fragmentada hasta alcanzar las formas de una identidad atravesada por la leyenda de los aviones kamikaze y el acero con sangre y restos de piel humana de las katanas.

A pesar de los 16 años que demoró su traducción al español, uno de los méritos de Underground —junto con explorar los oscuros motivos del atentado y los testimonios de los miembros de la secta— es que mantiene tibio y escalofriante el tono de la tragedia del metro tokiota: “Sé que no doy la impresión de sufrir un dolor constante, pero imagínese lo que sería llevar un casco de piedra día y noche. Si hubiese muerto, todo habría resultado más sencillo, no tendría que soportar este sinsentido”, dice una de las víctimas.

Si John Hersey retrató como nadie el horror nuclear de las bombas en Hiroshima (Debate), Underground es la pieza que mejor ensaya la compleja geometría de la psique japonesa, ese profundo desajuste de una subjetividad sometida a la disciplina más incuestionable.

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