Culto
Cementerio de palabras

Cementerio de palabras

La muestra 1914-2014 exhibe en Madrid 2.793 términos que fueron eliminados del diccionario de la Real Academia Española. Y no ha estado exenta de polémicas y debates: ¿quiénes pueden definir cuál léxico permanece vivo?

Desde sus orígenes el lenguaje fue arbitrario. Y sigue siéndolo, pero ya no solo por atribuir una expresión lingüística a algo que no necesariamente lo describe o explica, sino porque aún impera la opinión de algunos hablantes por sobre las de otros. Prueba de ello es lo que por estos días se exhibe en Madrid, en La Caja de las Letras del Instituto Cervantes. Concebido como un depósito para que personalidades de la cultura hispánica depositaran sus legados, cual cápsula del tiempo, la artista y filóloga española Marta PCampos acaba de convertir aquél sótano en un verdadero cementerio de palabras.

Su muestra 1914-2014, organizada junto al Museo de Arte Contemporáneo de Castilla y León (Musac), no expone cuadros ni esculturas ni fotografías, sino un patrimonio singular y aún más reconocible: 2.793 palabras que en los últimos 100 años fueron eliminadas del Diccionario de la Lengua, editado y elaborado por la Real Academia Española (RAE).

En la selección de PCampos, que además dio pie a la publicación de los dos tomos de su Diccionario cementerio del español (2018), las hay de todo tipo. Algunas rarísimas, como “ahogaviejas” (planta de tallo delgado), “churruscarse” (empezar a quemarse una cosa; como el pan, el guisado, etc.), “durindaina” (justicia) y “cocadriz” (el cocodrilo hembra).

Pero también recoge otras más habituales y cercanas, como “escritorzuelo” (despectivo de escritor), “titilante” (refulgente, tembloroso), “pilluelo” (de pillo) y “pirquinero” (minero que trabaja de manera artesanal).

Caducos quedaron también algunos adverbios, como “astutamente”, “diabólicamente” y “democráticamente”, y hasta famosísimas expresiones como “¡Caracoles!”, una muy españolada forma de decir “¡Caramba!”.

El desuso “ha sido el principal motivo por el que estas palabras han perdido su entrada en el diccionario”, explicaron desde el Instituto Cervantes. Su director, el poeta Luis García Montero, añadió: “La lengua está viva, está pegada a la piel de la sociedad”.

La RAE, en tanto, que en los últimos años se ha visto envuelta en polémicas al rechazar el lenguaje inclusivo y por haber aceptado términos actuales como “selfi”, “viral” y “sororidad”, no ha vuelvo a pasar inadvertida ante este amplio cuerpo de palabras marginadas del diccionario.

“Acurrucado”, un caso local

Los comentarios y quejas son elocuentes. En la versión digital del Diccionario cementerio del español está incluida la palabra “acurrucado” (cobijado, resguardado), ampliamente utilizada en países hispanohablantes. “¿En qué parte del mundo no se usa que han eliminado esta palabra?”, acusó un usuario evidentemente molesto.

“Excluirla es un grave error, porque la palabra es usada en distintos países hispanoamericanos y es perfectamente legítima”, opina el poeta, Premio Nacional y miembro de la Academia Chilena de la Lengua, Armando Uribe (1933). “La RAE no tiene la última palabra en esto. Hay filiales suyas en distintos países de lengua castellana, de modo que también intervienen esas otras academias, y la RAE debería acoger sus sugerencias, reparos y observaciones”, agrega.

“Más interesante y mucho mejor que el diccionario de la RAE es el Diccionario de chilenismos de Zorobabel Rodríguez (1875)”, comenta el también Premio Nacional y miembro de la academia local, Jorge Edwards (1931). El premio Cervantes de 1999, concluye: “La RAE, bueno, sabe de algunas cosas y de otras definitivamente no. No es una iglesia, es una institución que se puede equivocar mucho. No hay que pontificar todo lo que la RAE diga”.


1914-2014: diccionario cementerio del español
Marta PCampos
Entreascuas Editores, 2018.
Versión online en 19142014.es/foro/.

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