Culto
Stephen King, la familia y la muerte

Stephen King, la familia y la muerte

Acerca de Cementerio de animales y los fantasmas eternos de la familia.

Siempre vuelvo a —tal vez una de las mejores— novelas de Stephen King: Pet Sematary (Cementerio de animales). Si bien es una historia cargada de lugares comunes —Louis y Rachel Creed son un matrimonio feliz que se muda con sus dos hijos a una nueva casa en Ludlow. Rachel está traumatizada con la muerte reciente de su hermana y el gato del matrimonio es arrollado por un camión en la ruta. Ahí descubren el famoso cementerio indio que trae de la muerte a quien sea y ahí la familia pierde la cabeza, enterrándose los unos a los otros— como toda gran obra de género, en el fondo está hablando de algo más íntimo y universal. Porque la novela ambientada en Maine y publicada en 1983 en Estados Unidos, más allá de relatar muertos que regresan a la vida en formato maléfico, es una historia sobre el quiebre de un núcleo familiar.

Los fantasmas no hablan o, mejor dicho, hablan distinto. Eso es un poco lo que pasa en las familias. Pareciera que lo esencial queda en el tintero, como una sombra que pasa y nadie ve pero en realidad está ahí: camina a oscuras por la casa mientras todos duermen.

María camina lento hacia la habitación. Yo la sigo detrás. Lleva un saco de lana largo hasta las rodillas y pantuflas con suelas tan gastadas que apenas existen. Hay una cama de dos plazas envuelta en una tela broderie, con un almohadón miniatura color marrón que dice “Te amo”. El ventanal de la habitación da a un patio con árboles de palta y plantas elementales, ejemplares que todo el mundo esperaría crezcan ahí. Cristantemos, alegrías del hogar, suculentas familiares directas del yuyo. También hay un tero de mediana edad que corre rápido y no vuela porque una vez le quedó atrancada la pata en la puerta del garage y nunca más pudo partir. María busca en su costurero mientras me dice: “En esta familia estamos todos locos”. Al lado de la cama tiene una fotografía grande de ella a sus treinta años con Oscar, su marido, que le abraza la espalda desde su costado izquierdo. María tiene ochenta y cinco años y es la comarca de una familia numerosa que se junta a comer ravioles con estofado todos los domingos. Comen, beben, miran el fútbol de la tarde, hamacan criaturas en el patio del fondo, vuelven a sus casas.

Fin.

María se queda callada y mira un punto fijo en la cocina cálida de esta casa baja de José C. Paz, noroeste de la Provincia de Buenos Aires. “Esta es una zona peligrosa” suele decir María mientras me cura del empacho con una cinta métrica y repite un Padrenuestro encadenado a otro y a otro, con la esperanza de que el nudo enfermo que me rodea el estómago, sane. “El problema en esta zona no son los ladrones. Acá pasan otras cosas”.

El bus 176 pasa por la avenida Presidente Perón y Calfucurá, justo donde queda la casa de María. Calfucurá fue un un cacique o lonco mapuche del 1800 que llevó a cabo su actividad política y militar en la Argentina, más precisamente en esta zona. De Calfucurá se decían muchas cosas, entre ellas por ejemplo que tenía dos corazones y que tenía a su servicio a un jinete fantasmal que lo ayudaba en las batallas. Sus seguidores creían que de niño había recibido un meteorito azul de regalo de manos de un espíritu maligno y que eso lo había convertido en invencible. Juan Calfucurá fue derrotado en la Batalla de San Carlos de Bolívar, después de declararle la guerra a Domingo Faustino Sarmiento. En esa callecita gris y contundente cura empachos y males de ojo María. Los días jueves le parece ver una sombra que camina por la puerta de su casa. “No entiendo por qué solo los jueves cerca de las diez de la noche”, dice. Pero así es. Está segura que el alma del cacique Calfucurá quedó deambulando por la zona y eso no le da susto, más bien todo lo contrario, mientras este ejemplar vague por ahí el resto de la eternidad, el barrio estará a salvo.

“La semana pasada Alicia no se pudo levantar de la cama”, me cuenta. Alicia es la nuera de María y vive a dos casas de distancia. “Desde que empezó los estudios de espiritismo para comunicarse con los muertos anda más callada, más para adentro. Todo empezó hace un año, Alicia tomaba sol en el patio y escuchó risitas muy cerca suyo. ¿Me seguís?”. Le respondo que sí. “Alicia pensó que era el llanto del hijo de algún vecino pero la verdad es que nadie tenía criaturas en ese momento. Miró a su alrededor y no vio nada, revolvió entre las plantas. Miró a la calle. Nada. Solo el ruido de las hojas de estos árboles. Cuando cerró los ojos para seguir tomando sol escuchó de nuevo las risitas, esta vez más fuertes. Ahí los vio. Eran dos duendes. Tenían la nariz grande y el tamaño de un cochecito de juguete. Así dijo Alicia. Decía que prefería quedarse con los ojos cerrados porque sino los duendes se triplicaban. A la semana empezó a estudiar espiritismo. Llenó la casa de sahumerios, carbones, inscripciones en idiomas que no conozco. Venía una vez por semana a que le cure el mal de ojo porque decía que le explotaba la cabeza y sí, a mí me salía que tenía la cabeza repleta.

-¿De qué? le pregunto yo.
-De ideas raras.

Alejandro paseaba mucho en bicicleta por la zona. Una vez por semana se quedaba a dormir en la casa de su abuela María porque ella le cocinaba y su abuelo Oscar le charlaba. Esa combinación de cuidados le hacían bien en la vida adulta que lo va envolviendo como una planta carnívora. Un fin de semana, María y Oscar viajaron a Rosario a visitar a unos parientes. Alejandro, el nieto mayor, se ofreció a cuidar la casa de sus abuelos. Una noche antes de meterse a duchar, Alejandro se aseguró de que todas las puertas de la casa baja estuvieran cerradas con llave. Por las dudas, porque no quería que nadie lo sorprendiera desnudo y con shampoo en la cabeza. Cuando salió del vapor, envuelto en un toallón florido, tuvo mucho frío. No le costó mucho confirmar que todas las puertas, la de entrada, la del jardín, incluso las de las habitaciones, estaban abiertas de par en par. Se vistió con lo primero que encontró y se fue a dormir a la casa de su mamá. Ahí se sintió a salvo.

“Lo de las puertas nunca tuvo explicación”, dice María mientras enrolla el saquito de un té en una cuchara. “Alejandro no se quiso quedar a dormir más acá y a nosotros nos dolió, porque somos su familia”.

Andrea es la nieta menor de María y también se queda seguido en la casa de sus abuelos. “Hace semanas que veo a la misma mujer en el corredor aeróbico de Bella Vista”, dice Andrea mientras comemos milanesas. María me mira fijo, no hay sorpresa. “El corredor es un lugar para caminar o andar en bicicleta. Los fines de semana a las cinco, seis de la tarde se llena de chicos y chicas en calzas y zapatillas. El sábado a la noche fui a dejar a una amiga a la zona y desde mi auto vi a una mujer vestida de blanco. Pleno invierno, cerca de las tres de la mañana. No había nadie en el corredor aeróbico, solamente ella. Pensé que era una mujer viva y loca pero no. Cuando llegué a casa busqué en Internet y había una historia sobre una mujer que se tiró debajo de las vías del tren San Martín porque había perdido a un hijo. También leí que los maquinistas la ven caminando por ahí y después deambula por el corredor porque es un espacio liberado”.

Andrea termina sus milanesas. María y Oscar también. “De lo único que se habla últimamente en esta mesa, dice Oscar, es de fantasmas”.

“Hoy a la mañana la vi demacrada y cansada. Me cuenta que no puede dormir mucho últimamente. Que hace unas noches vio un hombre vestido de negro, con sombrero y un traje, parado a los pies de su cama. Alicia sabe que el hombre la mira y acto seguido, se le sienta a los pies. Ella se tapa la cara con la sábana porque la figura es horripilante. Le recuerda a su padre, a su hermano, a su marido. Todo está tan mezclado”. María se queda en silencio. Son demasiadas las presencias de este lugar. María es una mujer de ochenta y cinco años que no para de narrar. Por el ventanal amarillo del living entra una luz fuerte, es el sol de la tarde que pasa a través de las casas bajas de la Provincia de Buenos Aires. Me gusta hablar con María. Ahora me mira fijo a los ojos y me pregunta si no vi nada. Si no tengo secretos para contar. Le digo que no y que me sorprende que sus historias sean solamente acerca de gente que flota. María se ríe de mí. Le gusta cómo pienso. María es mi abuela, Andrea es mi prima, Alejandro es mi hermano, Alicia es mi tía, y yo no sé quién es esta gente en realidad. Tampoco ellos saben quién soy yo. Los parentescos son claros pero la individualidad no.

Todo esto pasó de verdad pero fue hace tiempo. Y esta es mi familia: la que necesita la fantasía para omitir lo cierto. Cuanto más quede en secreto, más cosas inexplicables moverán cortinas y lámparas, cerrarán puertas a su paso, se sentarán a los pies de la cama y nos mirarán fijo a los ojos hasta que nos tiemble todo el corazón.

Creo que siempre vuelvo a la novela de King justamente por lo eficaz del recurso: intentar revivir a una familia una y otra vez y darse cuenta que no, que nada de eso es posible. Muchas veces, nuestra tribu no es más que un cúmulo de desconocidos muy queridos que comparten anécdotas entre sí mientras comen, ríen, beben sin ahondar en lo más mínimo. De dos cosas no se vuelve: de la familia y de la muerte. Cementerio de animales habla de eso.

Sobre el autor:

Camila Fabbri |
Escritora argentina. Autora del volumen de cuentos Los accidentes y directora de las obras teatrales Brick, Mi primer Hiroshima, Condición de buenos nadadores y En lo alto para siempre.