Culto
Un réquiem: el fin del rotativo erótico

Un réquiem: el fin del rotativo erótico

El viernes 31 dejaron de funcionar los cines Nilo y Mayo en el centro de Santiago. Emblema de los programas dobles y lugar de encuentros privados en los 80, se volcaron al triple X en los 90 y sucumbieron en la era digital.

Los cines Mayo y Nilo cerraron sus puertas (y sus malolientes cortinas de terciopelo verde impregnadas de humo y de otras cosas) de manera definitiva el pasado 31 de mayo, casi como intentando no querer celebrar el mes del Orgullo Gay que es durante junio. Este desliz performático hace algo de sentido: estos cines eran un templo de lo secreto, de la doble vida. Dicen que eran emblemáticos y puede ser cierto, pero fueron también una suma de contradicciones que podrían tildarse de muy santiaguinas. No nacieron como porno (tenían murales de Nemesio Antúnez), apostaron por ser parte de una suerte de mall cincuentero que no prosperó (eran salas muy poco glamorosas en una época en que ir al cine era un panorama y las mujeres iban a los cines del centro de guantes) y quizás su etapa más intensa a nivel sexual fue exhibiendo insólitos programas dobles no eróticos.

En una era sin Internet, y donde lo porno estaba prohibido por decreto y reforzado por los guardianes morales de la dictadura, estos cines inventaron el rotativo erótico con combos de películas relativamente nuevas con porno en la platea. Todo para mayores de 14 o a lo más 18 (casi no exhibían películas para mayores de 21 años). Fue, de alguna manera, un espacio de unión homoerótica, un sitio social antes de las discos, capaz que merezca una placa no tanto por el cine que exhibió sino por libertad que protegió y ocultó. La debacle le llegó primero con la legalización del porno y, luego, claro, la revolución digital que llevó el porno a todas partes y quizás lo decantó a lo que quizás siempre debió ser: una entretención privada, más de uno que de a dos, nunca colectiva.

Me enteré de este cierre, tal como uno se entera ahora de muchas de las cosas, por Instagram. Tomando en cuentas los likes y los más de 180 acertados y divertidos comentarios del post de Instagram de la muy urbana cuenta Santiagoadicto se trataba de una suerte de catástrofe (¿el cierre del Teatro Municipal para transformarse en una nueva sucursal de H&M provocaría el mismo dolor citadino?). Fin de una era. Otra era, para citar a Javiera Mena. Pero ¿qué era? ¿De qué era hablamos cuando hablamos de cines porno en el centro? Hay que tener cuidado con sobrenostalgizar todo y creer que todo tiempo pasado fue peor. No necesariamente. El Nilo y el Mayo eran antros. Lo que no necesariamente es algo malo. Es lo que es. Lo que era. Además, como decía el graffiti en una pared de un baño (dicen, me cuentan, porque hace décadas que no entro en uno) si no deseabas participar en la orgía que ocurría en las butacas y en los baños, mejor te ibas al Hoyts (que ya no es Hoyts pero así es el cine: se renueva cada 15 años).

Tampoco se iba ahí por las películas aunque hasta más o menos la llegada de la democracia (que eliminó la censura) estos cines exhibían cintas de todo tipo en geniales e impensados programas dobles (El huevo de la serpiente de Bergman y Alien de Ridley Scott, por ejemplo; o un clásico maridaje de cintas orientalistas como El Karate Kid 2 y Rescate en el Barrio Chino de John Carpenter). A los cines porno del centro de Santiago (ahora quedan tres: el Apolo, el inmenso Plaza en un subterráneo que es parte de la Galería Edwards y que está frente al detenido Hotel City, y el vecino Capri al que se entra por Santo Domingo y que era el hermano zafado del Nilo y Mayo) se iba por sexo anónimo diurno.


Yo hace 30 años iba a ver insólitos programas dobles a decenas de salas que existían para ese fin: lugares donde te dejaban entrar si uno tenía 21 o que eran más baratos y exhibían cintas que pasaron rápidas por la cartelera. Pero el Mayo y Nilo no tenían espesor cultural. Ni los fans del porno iban allí. El post porno ahora se da en las salas de cine arte (ojo con Las hijas del fuego en el Alameda) y en los museos y en los festivales de cine con más huevos. Bruce LaBruce, el controversial y aplaudido cineasta queer, viene al próximo Festival Amor con sus cintas, y hablará a fines de junio en el GAM (cómo cambian las cosas, cómo cambia la cultura). La cintas de LaBruce, que sí cree en el porno y en el porno gay duro, no serán exhibidas ni en el Capri ni el Plaza, entre otras cosas porque, contradicciones de contradicciones, los cines hot del centro no exhiben y nunca exhibieron películas gay en sus desvencijadas pantallas por un asunto al parecer de moral, de doble estándar y de rentabilidad (qué macho entraría a ver una cinta de este tipo).

El mito urbano era que estas salas (antes cayeron el Roxy y el España y tantos otros) eran una suerte de panic room para que heteros se metieran con otros heteros. Puede ser. Fluidez y deseo. Flanuers dejando las galerías e ingresando a estos sitios públicos y relativamente protegidos para tener sexo no protegido. Estos cines poco interesados en el Séptimo Arte eran supuestamente gays que exhibían cintas porno heteros (mucha cinta misógina) donde todo estaba permitido, partiendo por fumar como si estuviéramos en 1966 y estas dos salas (separadas pero adyacentes) exhibieran comedias con Doris Day.

De todos los cines “de adultos”, el Mayo y el Nilo fueron emblema y llegaron a ser mito, entre otras cosas por las numerosas crónicas de reporteros jóvenes. Ver la estupenda y divertida crónica tipo The Last Picture Show de Peter Bogdanovich que escribió Luis Tabilo para The Clinic. Yo mismo caí en intentar mitificar esos cines por ahí por el 86 y volví a ese reportaje algo ingnomioso en mi libro VHS que se hace cargo de estos cines cutres y, en parte, del espectáculo extra inminentemente masculino. Desde ese reportaje que no iba al Mayo o al Nilo o al Nilo-con-Mayo como le decía un compañero de periodismo adicto al cine B. Con la llegada de la democracia, los antojadizos programas dobles (la verdadera cineteca durante la dictadura) dieron paso al peor cine XXX exhibido en video que partiría el alma al personaje del director de cine porno que interpretó Burt Reynolds en Boogie Nights (vi varias comedias de Reynolds en esos cines).

Una vez que llegó el porno a la pantalla, en las butacas aumentó por un tiempo, dicen. Huyeron los cinéfilos a sus pasapelículas y quedaron aquellos que tenían secretos, miedos o no podían acceder al VHS y luego al DVD. Hasta que llegó Internet. La moral PornHub hizo que el público asiduo aumentara en edad de manera exponencial. Los menores se colaban y algunos se vendían, pero post Internet estos cines eran el territorio de la Tercera Edad, de los que vieron Cocoon al momento de su estreno pensando que nunca iban a jubilar. Nada de bíceps u oblicuos, estos sitios eran el reino del impermeable, las bufandas y la carne decrépita.

Esa era la primera regla del Nilo y el Mayo: no prender la luz. Nunca. La segunda regla de este Fight Club local era no hacerse el cartucho. Nada de decir: vine a ver la película. Estos cines eran closets abiertos, baños de vapor sin agua, inmensos cuartos oscuros donde los quejidos eran en Dolby. Y eran transversales: obreros, lumpen, oficinistas, liceanos, profesores, profesionales. Ubicados al costado norte de la Plaza de Armas, su entrada por la calle Monjitas era célebre por sus letreros pop de neón: Programas Muy Especiales y SOLO PARA ADULTOS que iluminaban el noble edificio de la calle Phillips.

Los cines Nilo y Mayo dejaron de operar para ser remodelados y recuperados para otros fines. Se acabó el porno ahí. Así lo anunció el alcalde de Santiago, Felipe Alessandri, vecino de estas salas (la municipalidad está al lado), quien logró convencer a los dueños que cambiaran de rubro. “La gente no iba a ver la película, el lugar se prestaba para la prostitución y el tráfico de drogas”, señaló el alcalde: “Soy una persona muy liberal, lo que haga cada uno en su mundo privado me da lo mismo, pero si usted quiere ver porno métase a su celular o su computador”.

Tiene un punto. Hoy el porno duro no es colectivo. Y quizás le faltó agregar: y si desea ligar métase de nuevo a su celular y baje una aplicación. O vaya a una fiesta o una disco o un bar o a un parque de día. Los que arrendaban los cines cedieron no por presión o por una campaña moral (estos cines sobrevivieron decenas de alcaldes y gobiernos) sino porque ya era poco rentable. “Los asiduos eran gente sin celulares o con celulares no inteligentes”, me comentó un fan morboso que fue un par de veces a mirar.

El plan de la alcaldía es arrendar las salas y ver si instalarán un jardín infantil, un gimnasio comunitario, o un salón de eventos. Esto sería irónico y bizarro. Gimnasio Mayo, Jardín Nilo. Es de esperar que no borre su pasado y coloque una placa. Muchos tipos fueron apresados en razzias impresentables que ocurrían cada tanto aunque todos sabían lo que sucedía allí y, al parecer, en una ciudad con tanta represión, era bueno que existiera un sitio de desahogo (un espacio de libertad y disidencia, para usar palabras actuales) aunque fuera tétrico. Alguien me comenta por WhatsApp que será un centro cultural y que van a recuperar los murales de Antúnez. ¿Teatro, recitales, presentación de libros? Lo cierto es que no fue nadie del mundo cultural a la última sesión del Mayo-con-Nilo. Cayó como han caído tantas salas. Esa ha sido la historia de los cines hasta que lograron parapetarse en fortalezas sicodélicas que ofrecen lo que las pantallas chicas no pueden. Video Killed the Radio Star fue un hit en los 80s. Ahora el video mata los cines porno pero no el porno ni el deseo de perderse en la oscuridad.

Sobre el autor:

Alberto Fuguet |
Escritor y cineasta, autor de Missing y VHS