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Rocketman: el síndrome karaoke

Rocketman: el síndrome karaoke

En Rocketman, Taron Egerton lo da todo y es más guapo que Elton John de joven y la cámara lo quiere y uno termina queriéndolo pero no tiene personaje. Todo es tan autoayuda, tanta terapia, tanto trauma, que uno desea que sí se hubiera suicidado en esa piscina de Beverly Hills.

Antes, las biopic, ese subgénero con cierto arribismo literario que intenta resumir la vida de alguien que hizo algo importante (políticos, científicos y sobre todo artistas de cualquier estirpe), se hacían a contrapelo, recurriendo a la creatividad y a la mala leche, a la explotación de los excesos, caídas y pecados del sujeto. Al menos esas eran las buenas: las que intentaban contarlo todo o las que asumían que las vidas que merecen contarse no son las de los santos sino de los que no supieron manejar sus carreras ni menos sus vidas. No autorizado era el tipo de slogan que generaban ganas de verla. El tag inspirada en igual servía para acrecentar el morbo. Porque para eso uno ve estas biografías: por el morbo, por el pelambre, el cotilleo. No tanto para ver lo que hicieron (ya lo sabemos, algunos hasta tenemos sus discos) sino cómo lo hicieron. O lo que no contaron o lo que vivieron a escondidas. Es como cuando uno se junta con un amigo para que te cuente lo mal que la ha ido, cuál fue la razón de sus tropiezos. A la larga queremos saber cuánto de nosotros tienen nuestro ídolos. Es muchísima mejor La Rosa, el debut de una entonces irascible y quizás inmanejable Bette Midler, haciendo de Janis Joplin (haciendo incluso cosas que la Joplin no hizo o hubiera hecho) que The Doors de Oliver Stone. Al parecer es mejor ficcionalizar que intentar ser fiel-a-los-hechos. Ahí las cintas biopic entran a competir con los documentales. Y cada vez los hay mejores. Documentales notables de cantantes (de rockeros, ídolos pop) sobran y la gracia es justamente que usan de manera gloriosa los documentos y registros filmados o fotografiados.

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Capaz que la mejor manera de rendir homenaje a un ídolo es dejarse llevar, ser groupie, un poco fan, fantasear, reimaginar, ponerse en el lugar del astro. Gus Van Sant hizo bien al no intentar disfrazar a unos chicos como los Nirvana. Fue honesto al asumir que Cobain y sus misterios y su caída era más poético que contar la formación de una banda y su éxito inesperado. Last Days es la anti biopic (un chico rubio vaga por una casa y un campo en invierno y termina suicidándose) y sin embargo dice más acerca de la fragilidad de un creador que decenas de biopics. Hoy la idea de Last Days parece imposible porque la idea de no capitalizar y vender a Cobain de manera corporativa es impensada. Una cinta experimental para un público minoritario acerca de un ídolo masivo es el tipo de decisión que le podría costar a un ejecutivo de un estudio su puesto.

El nuevo blockbuster alternativo son las cintas musicales acerca de músicos. Masivas, ruidosas, caras, inmensas. Compitiendo mano a mano con Godzilla. Rocketman y Bohemian Rhapsody (ambas del mismo director Dexter Fletcher) son las cintas de superhéroes alternativos y están cosechando poseer una marca y ser franquicia. Son imagen, son música, son videos retro en YouTube, son ropa, son moda. Estas películas son comercialmente fascinantes y nos dicen más de lo que creemos acerca del estado de las cosas de lo que quizás queremos aceptar: todos somos víctimas, nadie cree en nosotros, el sistema es malo y nos abusa pero si creemos en nuestros poderes quizás podemos triunfar. Estas cintas masivas son transversales, globales, no hace falta traducirlas del todo, trascienden edades y razas. Unen generaciones y eso, en estos tiempo de división, es curioso y aplaudible y rentable. Estas biopic en esteroides son una nueva franquicia: el auge y la caída (y capaz que auge o redención) de los músicos pop. Pueden ser películas caras, series o cintas de Netflix (Luis Miguel, Mötley Crüe), musicales para el teatro. Da lo mismo. Todos tienen el factor karaoke en su ADN: se va a cantar o a recordar, tal como se va a un recital (incluso hay cintas de covers como Moulin Rouge o las Mamma Mía).

Lady Gaga quizás se equivocó: para qué hizo de una cantante inventada si pudo hacer de ella y con una historia mucho mejor que A star is born. Quizás lo haga pronto. Cher tiene una obra en Broadway acerca de Cher (con tres Cher) y ella no tuvo ni siquiera que ir al estreno. ¿Hall and Oates, que tocan aquí en Santiago la próxima semana, tendrán su película? La vida de Cyndi Lauper es ideal y hasta necesaria. Rocketman es supuestamente acerca de Elton John, pero en el fondo es Avengers para los alternativos, los que tiene vinilos, los que apostaron por el pop frente al metal. Rocketman, que tiene momentos encantadores y es al final encantadora y por momentos mágica e inspirada, es la cinta Disney realizada por los chicos que se saben de memoria Frozen. Es la cinta ideal para ir con la abuela. De hecho, la abuela de Sir Elton es casi lo mejor de la película y marca el tono: pasteurizado. Rocketman deja a Casi famosos como una orgía sucia y trivializa “Tiny Dancer”. Arruina casi todas las canciones (excepto “Your Song” acerca de su bromance con Bernie Taupman) y remixea el slogan sexo, drogas y rock and roll en una campaña para reclutar mormones. Rocketman no molesta y eso es lo molesto. Es encantadora cuando debe aterrar; acaricia cuando desea calentar. Es porno para los wanna be y los one-hit-wonders, es coca pura para los que fueron bullyeados cuando chicos (“¿te gusta Elton John?, ¿te gusta Freddie Mercury? Puta, qué fleto”), es mantequilla de maní para los feligreses. En vez de ser filmada por un fan está hecha para los fans que ya no van a recitales y consumen mucho Tapsín noche. Elton John (productor ejecutivo) se farreó la posibilidad de quedar como lo que fue en los 70s: un nerd cool, un gordito calvo que la llevaba, un ídolo mal entendido. Ahora usa el cine y esta plataforma para curarse y mostrarse como un osito de peluche que sería noqueado por el marrano de Ted.

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Hace unos años tanto Bohemian Rhapsody como Rocketman hubieran sido cintas olorosas, sudadas, peligrosas. La cita a Tommy (el tema “Pinball”) deja claro que el perverso de Ken Russell no tuvo nada que ver con esto. Rocketman es una película que nace de varias pulsaciones: la autocracia de la autoayuda, la necesidad del reboot vía los chicos suecos de Spotify (“me voy a ir en el subte escuchando la banda sonora”), la posibilidad de la hagiografía y el deseo de ganar más dinero. La cinta es más jugada y ambiciosa que la de Queen (entre otras cosas es un musical que intenta hacer que los temas de John narren su odisea) pero a pesar del sexo (discreto, fome, latero) y las drogas (amigables) termina siendo demasiado pop, naif, familiar. Taron Egerton lo da todo y es más guapo que Elton de joven y la cámara lo quiere y uno termina queriéndolo pero no tiene personaje. Todo es tan autoayuda, tanta terapia, tanto trauma, que uno desea que sí se hubiera suicidado en esa piscina de Beverly Hills. Al final, spoiler alert, Elton John se salva de la fama, las tentaciones, de él mismo. ¿Lo hace? El último minuto, cuando aparecen las fotos de un viejo Elton John fofo con pelo impostado y trajes lilas, son patéticos y no hacen falta. Todo por lo que se apostó se viene abajo. ¿Para eso hay que salvarse de las drogas y los excesos? ¿Para cantarle a Lady Diana o hacer musicales de Disney o formar una familia? ¿Ser filántropo es la meta de todo roquero? Rocketman es al final la historia de un chico gordito solitario y tímido que desea ser aceptado y querido. Lo logra. Bien por él, mal para nosotros.

Sobre el autor:

Alberto Fuguet |
Escritor y cineasta, autor de Missing y VHS