Culto
El cuerpo de Walt Whitman

El cuerpo de Walt Whitman

A 200 años del nacimiento del gran poeta de América, que cantó a la democracia y celebró al individuo y el erotismo, revisamos su herencia intelectual, desde Pound a Neruda.

Leer a Walt Whitman y quedar indiferente es difícil. Pasan los años y su poesía sigue siendo una experiencia sensual. Su claridad y falta de pudor cautivan. Anheló acercarse al lector lo más posible, confundirse con él. Ser uno más y todos a la vez. Creó un personaje, un “yo” pagano, deseante, vital. Un tipo que dice: “Camaradas, este no es un libro,/ El que lo toca, toca a un hombre”. Quería que sus poemas fueran un cuerpo.

Nació el 31 de mayo de 1819 en West Hills, condado de Suffolk, Nueva York. Fue hijo de una familia marcada por las creencias cuáqueras y la pobreza. A los 11 años comenzó a trabajar en innumerables tareas. Hasta que llega al periodismo, donde cumpliría diversas labores. La opacidad de su biografía, la de un tipo común, sin brillo, contrasta con el personaje que aparece en Hojas de hierba, su obra genial, precursora y definitiva. Las fotos lo muestran como un viejo con risa libidinosa y una barba abundante y blanca. Son imágenes de su vejez, cuando lo visitaban celebridades de la índole de Oscar Wilde.

Whitman representa al poeta máximo de Estados Unidos. Cantó a la emancipación, a la democracia, a las ciudades, pueblos y campos. Elogió el mundo tangible y el individuo con sus pasiones. Su figura invoca al padre psicoanalítico, el titán mitológico, al fundador. Es el hombre sensitivo, fuerte y melancólico, conocedor de las profundidades de América. En sus versos están tramados el sueño y el carácter de una nación. Ralph Waldo Emerson le escribió una carta elogiosa apenas salió la primera edición de Hojas de hierba. Era un libro con 12 poemas. Las sucesivas ediciones fueron aumentando hasta constituir el imponente volumen final. Whitman buscaba una lengua americana, es decir, sin las obligaciones que imponía la escritura inglesa clásica. Tomó los versículos de la Biblia como modelo, y asumió una métrica suelta que le ayudó hablar de sí mismo, relatar historias, exponer ideas y exhibir la intimidad. Inventó el verso libre en inglés por necesidad de expandir los límites para mostrar en plenitud su visión: “Estos son en verdad los pensamientos de todos los hombres en todas las épocas y países; no son originales míos./ Si no son tan tuyos como míos, son nada o casi nada,/ Si no son el enigma y la solución del enigma, son nada,/ Si no son tan cercanos como lejanos, son nada./ Esta es la hierba que crece donde hay tierra y hay agua,/ Este es el aire común que baña el planeta”.

El “yo” plural, cuya identidad y cuerpo corresponden en ocasiones a un “nosotros”, revela a su opuesto, en largas estrofas. Es un individuo complejo, que se expone sin pudor. Borges anota: “Quiso identificarse, en una suerte de ternura feroz, con todos los hombres. Así se desdobló en el Whitman eterno, en ese amigo que es un viejo poeta americano de mil ochocientos y tantos y también su leyenda y también cada uno de nosotros y también la felicidad. Vasta y casi inhumana fue la tarea, pero no fue menor la victoria”.

El vínculo indisoluble de una nueva forma poética ligada a una multiplicidad de voces, hacen que Whitman tenga un peso y una densidad sin parangones en la modernidad. Ese vínculo fue su estilo distintivo, magnífico. Su voz poética se convirtió en una tradición: la poesía autobiográfica, de carácter fragmentario y directo. En las páginas de Whitman se halla un alguien, un fantasma casi palpable que cuenta sus apetitos y que goza de la naturaleza. Sentimos que desea, habita en seres, lugares, habla, llora y ríe. Es infantil y anciano. Es un organismo en constante metamorfosis. A través de leves modulaciones el lector advierte sus diversas encarnaciones, pero sin sentir cambios abruptos. Su delicadeza radica en esta unidad literaria. Hay un trato especial con el lenguaje que reúne los poemas. Un tono que los distingue. Se dirige al otro con una horizontalidad que le permite ser mesiánico, erótico y menor: “Cíclicamente vuelvo al cabo de largas edades,/ Ileso, vagabundo, Inmortal,/ Fálico, animoso, con las potentes entrañas elementales,/ Yo, cantor, de cantos Adánicos,/ Llamando desde el nuevo jardín, el oeste, a las grandes ciudades,/ Deliro, preludiando lo engendrado, ofreciendo estos cantos, ofreciéndome,/ Bañándome, bañando en el Sexo mis cantos,/ Hijos de mis entrañas”.

La fascinación que produjo el aliento narrativo de Whitman hizo que fuera imitado. Su influjo se reconoce en poetas anglosajones como Ezra Pound, William Carlos Williams y Allen Ginsberg. En español sus descendientes son Rubén Darío, León Felipe, Cesar Vallejo, Pablo Neruda, Ernesto Cardenal, Nicanor Parra y Enrique Lihn. Su ejemplo fue crucial. Todos asumieron de manera distinta su poética y se liberaron de las formas tradicionales. Borges fue su traductor y comentarista. Harold Bloom en su libro El canon occidental expone la irradiación de Whitman en nuestro idioma: “Pablo Neruda, por consenso general, es el más universal de esos poetas, y puede considerarse como el auténtico heredero de Whitman (…) No estoy muy seguro de si Pablo Neruda, a pesar de su variedad e intensidad, alcanzó realmente la eminencia de Whitman, o de Emily Dickinson”.

Whitman murió en 1892, en Camden, Nueva Jersey. Su poesía supera la erosión del tiempo. Se traduce y se lee con un placer que pocos poetas dan con tanta naturalidad. Su dimensión erótica ha sido resaltada estas últimas décadas, encendiendo las discusiones de moda. El nacionalismo es otro aspecto que algunos advierten críticamente; otros ven ahí una digna epopeya de un país con pretensiones de imperio. La salud de Hojas de hierba está intacta. Conmueve y agita.


Sobre el autor:

Matías Rivas |
Director de Publicaciones de la Universidad Diego Portales. Autor de los libros Tragedias oportunas e Interrupciones.