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Patricio Guzmán: “Vuelvo al pasado porque me gusta, no por militante”

Patricio Guzmán: “Vuelvo al pasado porque me gusta, no por militante”

El director de La batalla de Chile se explaya sobre su filme La cordillera de los sueños, ganador de Mejor documental en Cannes.

No lo tiene claro. No sabe cuándo empezó aquel interés invencible por escarbar en el pasado y hacer películas a partir de los hallazgos. Después de todo, él mismo lo reconoce, su primer largometraje transcurrió en un furioso presente: La batalla de Chile (1975-1979), uno de los mejores filmes políticos de no ficción de la historia.

El sábado pasado, el Festival de Cannes reconoció la estatura de Patricio Guzmán (1941) al concederle el premio L’Œil d’or a Mejor documental por La cordillera de los sueños (2019). El galardón lo obtuvo ex aequo junto a For sama, cinta sirio-británica de Waad al-Kateab y Edward Watts.

Si For Sama se hace cargo de la omnipresente guerra en el país de Medio Oriente, La cordillera de los sueños es un nuevo viaje de Patricio Guzmán en busca de un país que tal vez ya no existe. En esta oportunidad, otra vez el pasado: como sucedió en Nostalgia de la luz (2010) y El botón de nácar (2015), las dos primeras partes de esta trilogía que une geografía con memoria histórica.

“Siempre vuelvo a hacer películas sobre el pasado, porque es lo que me gusta”, aclara Guzmán, sentado junto a un grupo de periodistas en un edificio frente al Palacio de Festivales de Cannes.

“Simplemente se me ocurren historias, busco personajes, hago investigación y finalmente se me da con facilidad. No lo hago porque sea una obligación ni por una cuestión militante. Tampoco para demostrar si fue mejor o no. No lo sé, tal vez es una enfermedad”, comenta.

En La cordillera de los sueños, Patricio Guzmán realiza entrevistas a los escultores Francisco Gazitúa y Vicente Gajardo, pero sobre todo es el camarógrafo Pablo Salas su principal fuente narrativa, detallando su labor en la filmación de las protestas en el Chile de los años 80. “Me pareció interesante encontrarme con él, pues al ser director tiene un punto de vista similar al mío. Es bueno que un cineasta llame a otro cineasta. Su trabajo es genial, con miles de cintas de la acción callejera en Chile”, dice Guzmán a Culto.

Con respecto a la geografía física del país, el realizador plantea la siguiente figura: “La cordillera nos ayuda a mantenernos juntos. Es un muro protector muy cómodo. Marca una frontera con el mundo, que puede ser malo. Es como cerrar la puerta, lo que no deja de ser agradable. Por otro lado, eso también es un encierro y dan ganas de irse. Vivir en Chile es como estar encerrado, pero en forma cómoda, sin el frío de afuera”. Pero el director de La memoria obstinada (1997) también cree que el país está peligrosamente inmóvil: “Es difícil saber si me reencontré con el alma de Chile. No sé lo que va a pasar en el país. Es una nación congelada, aunque me temo que probablemente explote, pero sin saber cuándo va a suceder eso. En fin, el alma chilena es la soledad y, en ese sentido, es un país muy aislado y silencioso. No es la clásica nación de América Latina”.

Sobre el autor:

Rodrigo González |
Sub-editor de Cultura de La Tercera.