Culto
Las malas madres de Socorro Venegas

Las malas madres de Socorro Venegas

El impulso poético nunca decae, y uno se queda con la fuerza de Venegas para narrar las tinieblas y el desamparo.

En los cuentos que la mexicana Socorro Venegas ha reunido en La memoria donde ardía (Páginas de Espuma, 2019) hay una escritura tan trabajada y poética que es fácil perderle la pista a la crueldad de la situación. En “El coloso y la luna”, una niña contempla a “un hombre inmenso sentado a la orilla de la tierra, la cabeza ladeada hacia la luna. ¿De dónde vino este coloso para habitarle el sueño?” De a poco se devela el misterio: la niña ha sido enviada por su madre a buscar a su padre alcohólico por los bares de la ciudad, hasta encontrarlo “dormido, acurrucado contra la pared, ahí en la calle”.

Para atraer al padre la madre le ha dado a la niña una botella de Bacardí; ella toma el ron mientras lo busca, se emborracha, encuentra al padre y se duerme en la calle. Es cuando despierta que ve al padre sentado como un “gigante que soñaba, un destructor”. En esas escasas páginas -Venegas maneja muy bien la narración elíptica- está trazada la devoción filial, pero también una condena y el mundo sórdido del alcoholismo.

Si bien hay mucho que recomendar de este libro, lo mejor está en la serie de cuentos que Venegas le dedica a la maternidad. Contra el relato edulcorado de la madre dedicada, de la maternidad como la realización personal más grande en la vida de una mujer, aquí aparecen las mujeres para quienes ser madre lleva aparejado un trauma, una insatisfacción, un desorden del alma. “Dirijo mis pasos hacia la habitación del niño”, dice la narradora de “El hueco”; “no consigo llamarlo ‘hijo’”.

En esa imposibilidad se cifra el malestar de la madre, que lleva en su vientre el “hueco”, una palabra cargada de resonancias: es el lugar donde estuvo su hijo hasta su nacimiento, pero es también la ausencia que no le permite reconocerlo ni reconocerse: “Observé atenta sus rasgos, tan indefinidos, ¿qué lo hacía mío?, ¿cuál inobjetable parecido?”

Para la cultura patriarcal en la que viven las madres de Venegas, sus gestos no son naturales y las convierten en “monstruos”. En “Vía Láctea”, un cuento maestro por todo lo que deja afuera -la estación de trenes en la que se sitúa convoca al Hemingway de Colinas como elefantes blancos-, el narrador se encuentra con una mujer que está huyendo en la noche, ¿de qué? ¿de quién? No se dice explícitamente, pero entendemos que fue madre tres días atrás. “Real de Catorce” es otro cuento sobre la depresión postparto, sobre cómo la maternidad convierte lo familiar en ajeno, la falta de plenitud en culpa.

Algunos cuentos de La memoria donde ardía se construyen a partir de la belleza inexplicada de sus imágenes; “Como flores” arranca así: “Los ciegos llegaron a finales de noviembre. Los recuerdo muy bien. El patio de la escuela estaba lleno de hojas mustias, desprendidas de la vejez de su árbol”. ¿Quiénes son esos ciegos y qué hacen en la escuela? Una narración convencional lo hubiera explicado; Venegas prefiere el misterio y eso convierte a este cuento en un texto deslumbrante.

No todo funciona: Los aposentos del aire se deja llevar por los buenos sentimientos (una anomalía); “La gestación” es más bien liviano; “La música de mi esfera” tiene aire de pertenecer a otro libro. Pero el impulso poético nunca decae, y uno se queda con la fuerza de Venegas para narrar las tinieblas y el desamparo.


 

La memoria donde ardía
Socorro Venegas
Páginas de Espuma, 2019.
128 pp.
$ 19.130 en Buscalibre.cl

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