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Charly, Fito y Andrés: los sobrevivientes

Charly, Fito y Andrés: los sobrevivientes

Los tres cantautores coinciden por estas semanas en Santiago y hoy asoman como el último gran refugio del rock argentino clásico, uno de los géneros más influyentes del cancionero en español del siglo pasado. Una historia unida por el compadrazgo musical y sacudida por las más profundas diferencias personales.

Cecilia Bolocco en mitad de su desaparecido estelar “La noche de Cecilia” hizo la pregunta clave: “¿Te pasa que a veces compones una canción y luego dices ‘oh, ¿cómo se me ocurrió esto?, ¿cómo pude componer esto tan genial?’ ”. Charly García (67), el gran invitado de esa emisión y a quien la conductora había conocido a través de Carlos Menem, apretó el gatillo y respondió: “No, nunca. Eso pregúntaselo a Fito o Calamaro”. Después, remató con una risotada.

En un olvidado programa de Mega de principios de siglo, junto a la mujer que representó el lado más cosmético de los 80, el cantante se autoasignaba con ironía su rol en la historia del rock argentino: al padre no se le cuestiona la genialidad evidente; eso queda para las criaturas que llegaron después.

“Charly representa la figura del maestro (solo equiparable a la de Spinetta), y Páez y Calamaro son los dos herederos más importantes de esa tradición. Los dos contaron con la bendición de García cuando aparecieron en los 80, formando parte de sus bandas o coproduciendo material. La virtud de Páez y Calamaro es que siguieron produciendo música nueva ininterrumpidamente”, precisa Pablo Plotkin, editor de la versión argentina de Rolling Stone. Lalo Mir, histórico conductor trasandino y figura de la FM chilena gracias a la antigua radio Concierto, remarca: “Para mí, Charly es Highlander. Es EL sobreviviente”.

Pollos y salmones

Cuando el hombre de “Demoliendo hoteles” inauguró su gloriosa era solista en 1982, Calamaro se convirtió en tecladista de su conjunto. Cerca de un año después partió a integrar Los Abuelos de la Nada y, como una suerte de posta histórica, Fito Páez lo sustituyó en ese puesto.

Pero el destino siempre se encarga de reordenar las jerarquías y hoy los tres comparten una posición mucho más horizontal: son los grandes sobrevivientes del rock argentino clásico y tradicional. Con las muertes de Gustavo Cerati y Luis Alberto Spinetta, quedaron sin querer como el último refugio de una de las generaciones más influyentes y exitosas del cancionero hispanohablante del siglo pasado. Aunque otros coetáneos siguen igual de activos –Pedro Aznar, David Lebón, Nito Mestre-, ninguno tiene una obra que se les acerque en impacto popular.

Y los tres coincidirán en Chile en 2019. Páez cantaba ayer en el Teatro Caupolicán y repite hoy en Gran Arena Monticello; García hará lo propio muy pronto, el 13 de junio en el Movistar Arena; y Calamaro tendrá su turno en octubre con doblete en el Suractivo de Concepción (8) y en el mismo Movistar Arena (10).

“A ellos los une el haber hecho grandes canciones, y en muchas ocasiones, los unió la amistad y un modo de vida. No son carreras homologables, porque cada uno tiene una historia diferente. Charly viene con un aura de leyenda y los otros son seres más cotidianos. Pero los tres llevan la tradición del mejor rock argentino, cada uno con su presente”, teoriza Sergio Marchi, autor de la biografía No digas nada, de Charly García.

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El mismo García conoció a Calamaro en 1978, cuando apenas tenía 17 años y era tecladista del grupo Raíces. Ahí lo bautizó como “su pollo” y lo sumó a su banda, pero desde esos días se perfilaban las turbulencias que marcarían la relación: si esto se tratara de un linaje familiar, el autor de “Flaca” sería el hijo desafiante y atrevido de Charly, mientras que el hombre de “Mariposa tecknicolor” sería su retoño más obediente.

Por ejemplo, Charly le produjo el disco debut de 1982 a Los Abuelos de la Nada, donde venía el hit “Sin gamulán”, escrito y cantado por Calamaro, justo en la temporada donde el ex Serú Girán pegaba con otros éxitos gigantescos, como “Yendo de la cama al living” y “Yo no quiero volverme tan loco”: el alumno no tuvo complejos en desafiar en los ránkings y en las ventas a su maestro.

Pero todo era atrás sin golpes. “El salmón” se envalentonó en los 80 con una carrera solista apadrinada de nuevo por Charly, pero que curiosamente tuvo escasísimo eco comercial. A la par, el tercer vértice del triángulo, Fito, sólo crecía.

Con Diego

Mientras un desencantado Calamaro decidió radicarse en España y dio su show de despedida de Buenos Aires en 1989, en un local de San Telmo donde apenas se habían vendido 50 entradas, Páez se alistaba para el zarpazo definitivo y para el éxito descomunal de El amor después del amor (1992). En esa primera mitad de los 90, el mundo le pertenecía a Fito, mientras su compatriota adquiría una segunda vida en Europa al alero de Los Rodríguez.

Hay un video notable que circula en YouTube y que refleja el momento de ambos y la relación que establecieron por esos años: Páez y Calamaro están entrevistando a Maradona en la concentración de la Selección de Argentina para el Mundial Estados Unidos 94. El primero, con su largo pelo ensortijado y sus eternos movimientos de geniecillo en trance, se muestra seguro y entrador, mientras el segundo es mucho más retraído.

Cuando el Diego les pasa una guitarra y les pide una canción, Fito cede y prefiere que Andrés cante una de las suyas. Ahí los tres interpretan “Salud (dinero y amor)”, de Los Rodríguez. Al menos a nivel público, las diferencias entre ambos cantautores nunca han rozado la virulencia y la amistad ha sido el hábito.

No se puede decir lo mismo de Charly y Calamaro. Ambos protagonizaron algunos de los enfrentamientos más legendarios del rock trasandino. Y no por salud ni por dinero, sino que por lo de siempre: por amor. Cuando a mediados de los 90 la voz de “Los dinosaurios” enfrentaba uno de sus minutos creativos y personales más bajos, viajó hasta Madrid para guarecerse en el afecto de su viejo amigo, quien estaba casado con la española Mónica García.

Según distintas crónicas, Charly más bien se refugió en la pareja de su camarada y detonó un triángulo amoroso de tensión desbordada. Ambos se atacaron por la prensa, con el artista del bigote bicolor declarando “donde juegan los grandes no juegan los chicos” para justificar la traición, o calificándolo de “calamar asqueroso”, mientras su par respondía que su antiguo mentor estaba enfermo y necesitaba médicos o enfermeras, presagio quizás de la debacle que sufriría en el nuevo siglo.

En 1997, Charly y Mercedes Sosa publicaron el disco Alta fidelidad, mientras que Calamaro atacó con su álbum Alta suciedad, repleto de alusiones a su examigo.

Pero el cortocircuito no sólo se quedó en los titulares. Una tarde, el ex Abuelo de la Nada fue hasta la casa de su compatriota con un bate de béisbol para golpearlo en la cara, pero él le respondió irónicamente que no podía pegarle de vuelta porque debía cuidarse las manos para tocar. Según Marchi, desde hace un tiempo la reconciliación ya está firmada.

Pero las controversias no alcanzan a eclipsar el brillo conjunto. Pablo Ugarte, exintegrante del grupo chileno Upa!, compartió con los tres argentinos durante los 80 en las más diversas circunstancias. Fue como público a la primera visita de García al país en 1984, en el teatro Gran Palace y cuando el propio Páez era tecladista de su banda. “Fue un show increíble. En ese momento, el rock argentino estaba muy pulido”, recuerda.

Luego trabajó con el mismo Calamaro, cuando el bonaerense produjo el disco Un día muy especial (1990), de Upa!, lo que los llevó a consolidar una larga amistad. “Me llamó la atención su capacidad poética, su tremenda cultura y su talento como músico. Le guardo toda mi admiración”, remata.

En 2019, Charly, Fito y Andrés siguen recibiendo la admiración de generaciones completas de latinoamericanos. Es la adultez de los tres guardianes de una era irrepetible en el rock en español.

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Editor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.