Culto
Leonard Cohen: nunca se apaga

Leonard Cohen: nunca se apaga

Antes de morir en 2016, el músico y poeta canadiense preparó y cuidó la edición de su obra poética. “Era el fuego que atendía, la llama más importante que avivaba”, escribe su hijo en el prólogo de La llama, de reciente edición en español.

Fue hace más de medio siglo, pero ahora, cuando lo pensamos, en realidad pareciera que ocurrió en otra vida. Leonard Cohen, la voz grave del folk que le cantó al pesimismo, nunca trazó una frontera entre sus poemas y sus canciones. Antes de brillar con su música probó suerte como escritor y le fue mal. Por eso siempre se vio a sí mismo, primero que todo, como un poeta. Lo cuenta su hijo Adam en el prólogo de La llama (Salamandra, 2018), el último libro que el hombre de “Hallelujah” preparó y cuidó para su edición.

“Religión, maestros, mujeres, fama, dinero, drogas, el viaje (…) nada me coloca tanto, ni me alivia el sufrimiento, como emborronar páginas, escribiendo”, reconoce el propio Cohen en el texto que reúne sus poemas inéditos, letras de canciones, cuadernos, dibujos y bocetos a medio terminar, escritos en cualquier tipo de soporte, como enumera su hijo: cuadernos, papeles sueltos, servilletas de bar.

“Escribir era su razón de ser. Era el fuego que atendía, la llama más importante que avivaba”, explica Adam del padre que en 2011 recibió el Premio Príncipe de Asturias por su obra escrita y que, a veces, por error, guardaba libretas en el congelador. El mismo Leonard Cohen que escribió un verso que bien podría resumir ese camino flanqueado por el amor y la religión en partes iguales:

I came so far for beauty (Fui tan lejos en busca de la belleza)
I left so much behind (Dejé tanto atrás)

Entre los emails que intercambió con amigos apenas horas antes de morir el 7 de noviembre de 2016, pero sobre todo en el discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias en 2011, Cohen dejó algunas pistas sobre su obra escrita.

“La poesía viene de un lugar que nadie domina y nadie puede conquistar”, dijo allí, en Oviedo, donde también confesó: “Todos conocen mi profunda relación y confraternidad con el poeta Federico García Lorca. Puedo decir que cuando era un joven, un adolescente, y anhelaba una voz propia, estudié a los poetas ingleses, cuya obra llegué a conocer bien, incluso copié sus estilos, pero no pude encontrar una voz. Solo al leer la obra de Lorca, aunque en traducción, comprendí que ahí había una voz”.

Entre sus poemas, que cubren la primera parte del volumen, hay títulos sugerentes como “Happens to the heart” (Le pasa al corazón), “When desire rests” (Cuando el deseo descansa) o “Deprived” (Ausencia), y algunos más juguetones y derechamente provocadores como “Kanye West is not Picasso” (Kanye West no es Picasso), “Watching the nature channel” (Mirando el canal de naturaleza en la tele) o “My lawyer” (Mi abogado).

Leonard Cohen en Lonedres, junio de 1974. Foto: Michael Putland / Getty Images.

También los hay de calibre místico: “Unbiblical” (Inbíblico), “I pray for courage” (En mis rezos pido valor) y “Mary full of grace” (María llena eres de gracia); y los que fueron parte de sus discos Old ideas (2012), esa calculada despedida llamada You want it darker (2016) y un poco antes Popular problems (2014), donde aparece el tema que abría la segunda temporada de la serie True Detective, “Nevermind”, que dice así:

No me atraparon
Aunque muchos lo intentaron
Vivo entre vosotros
Con un buen disfraz

(…)

Hay una verdad que vive
Y una verdad que muere
Yo no las distingo
Así que da igual

Contando su diario y decenas de autorretratos, esparcidos entre las casi 350 páginas, La llama incluye todas las letras de esos álbumes aparecidos gracias al desastre financiero provocado por Kelley Lynch, su exmánager que lo estafó y arruinó económicamente.

Obligado a salir de su retiro budista en 2005, el hombre que se veía como un poeta debió volver a componer y no tanto a escribir como publicar. Cohen, como cuenta su hijo Adam, nunca dejó de hacerlo hasta el final de sus días.

Autorretrato.

Una década antes de morir, en el documental Leonard Cohen: I’m your man, del director Lian Lunson, el músico que se veía como un poeta declaró: “No soy una persona nostálgica que mire el pasado, así que no tengo remordimientos ni nada por qué felicitarme. Vi que las cosas son mucho más fáciles cuando ya no esperas ninguna victoria. Al abandonar tu obra maestra te sumerges en la auténtica obra maestra”.

Por eso La llama se siente como un testimonio, acaso un fuego imposible de apagar. Tal vez como esas historias que contaba el mismo Cohen en canciones luminosas como “Famous blue raincoat” y “You want it darker” —su último gran destello—; una suerte de pira viviente al alcance de quien decida acercarse.

La llama (Salamandra, 2018)
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