Culto
Chernobyl de HBO: un monumento a la incompetencia y el horror nuclear

Chernobyl de HBO: un monumento a la incompetencia y el horror nuclear

La serie de corte revisionista —disponible en HBO GO— es el nuevo fenómeno de la pantalla chica gracias a su recreación del famoso incidente en la central nuclear en plena Unión Soviética.

“Cierra la ventana y acuéstate”, le ordena un bombero a su esposa embarazada. “Hay un incendio en la central. Vendré pronto”, dice antes de desaparecer camino al lugar de la explosión.

La historia dirá que nunca regresó. Y que, en cierto modo, ella nunca volvió a verlo igual. Porque en el hospital su marido dejó de ser su marido.

“Lo vi… estaba hinchado, todo inflamado… casi no tenía ojos”.

Lyudmilla Ignatenko, la esposa del bombero, interpretada en Chernobyl por Jessie Buckley. Foto: HBO.

Otra mujer describe la explosión como “un fulgor de un color frambuesa brillante; el reactor parecía iluminarse desde dentro. Una luz extraordinaria”.

“No era un incendio como los demás, sino como una luz fulgurante. Era hermoso. Si olvidamos el resto, era muy hermoso”, dice una testigo a la grabadora de la periodista Svetlana Alexiévich en Voces de Chernóbil (Debate, 2015), el libro que detalla el famoso desastre en la planta nuclear de la antigua Unión Soviética y que sirve como materia prima para la nueva miniserie de cinco capítulos de HBO.

No es casual que, tanto la ficción recién estrenada por la señal de cable, como el volumen publicado el 2015 en español por el sello Debate, comiencen con la historia del bombero y su esposa.

Los primeros heridos llegan al hospital de Prípiat. Foto: HBO.

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Aunque sabemos cómo acaba el accidente nuclear, más allá de la madrugada del sábado 26 de abril de 1986, cuando la central nuclear Vladímir I. Lenin en Prípiat vivió el mayor desastre medioambiental del siglo XX, los hechos narrados por Chernobyl se alejan de los lugares comunes como esa manida imagen de la rueda de la fortuna abandonada.

En la serie desconocemos los motivos de la tragedia y poco a poco descubrimos, entre un entramado de mentiras, por qué sus víctimas demoraron tanto en enterarse.

Una vista conocida a la planta nuclear en Prípiat. Foto: Patrick Landmann / Getty Images.

El primer acto de la serie es aterrador.

Bajo otra sombra igual de tóxica que la nube del accidente nuclear, Chernobyl comienza dos años después del desastre siguiendo al científico Valery Legasov (Jared Harris), encargado de investigar y redactar un documento sobre la gravedad del accidente, un informe que incomodó al gobierno soviético.

Lo que vemos en los primeros minutos de la serie es a Legasov terminando de grabar una larga confesión antes de suicidarse.

Con la muerte merodeando, entendemos que el científico ruso actúa bajo vigilancia y que incluso fue censurado.

Jared Harris da vida al científico Valery Legasov. Foto: HBO.

De vuelta en el tiempo a la zona cero, el día del accidente, un primer comité de emergencias evalúa a contrarreloj los daños y riesgos de Chernóbil.

Allí aparece la silueta de la otra sombra representada en el personaje del veterano Akimov, interpretado por Sam Troughton:

El Estado dice que la situación no es peligrosa. Tengan fe, camaradas. El Estado dice que quiere evitar el pánico. Escuchen bien… el Estado debe ocuparse de las cosas del Estado. Acordonen la ciudad. Que nadie salga. Y corten el teléfono. Eviten la desinformación… Nos recompensarán por lo que hagamos esta noche. Este es nuestro momento de gloria.

David Dencik interpretando a Gorbachov. Foto: HBO.

Un monumento al sufrimiento

A cargo de las secuelas de Scary Movie y The Hangover, el guionista estadounidense Craig Mazin encontró en Alexiévich el tono y la verosimilitud histórica para montar en Chernobyl un mosaico del terror y el sufrimiento que experimentaron miles de europeos en la década del 80.

Chernobyl guiña a cada momento a la Nobel bielorrusa retratando la incompetencia, el sufrimiento y el heroísmo en los años en que Gorbachov era el Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Están allí los hombres que se expusieron al reactor nuclear para salvar a millones, los habitantes que siguieron sus vidas a pesar del peligro y el hermético e implacable cerco comunicacional de las autoridades.

La nube tóxica recreada en la serie. Foto: HBO.

También los perros abandonados durante la evacuación del pueblo, las aves que cayeron en pleno vuelo y los bosques que cambiaron de color conforme al avance de la nube tóxica.

El personaje de Legasov explica mejor la amenaza que sobrevolaba por entonces:

Cada átomo de Uranio-235 es como una bala que viaja a la velocidad de la luz penetrando todo en su camino. Cada gramo de U-235 tiene más de mil trillones de esas balas. Chernóbil tiene tres millones de gramos y ahora mismo está ardiendo.

Legasov exponiendo ante el comité. Foto: HBO.

Ciudades enterradas para siempre

A causa del accidente nuclear, “hoy, uno de cada cinco compatriotas vive en un territorio contaminado”, pone en contexto Alexiévich en Voces de Chernóbil.

“Se trata de 2.100.000 personas, de las que 700.000 son niños”, añade.

Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexiévich. Foto: Debate.

Si antes los nazis alemanes destruyeron 619 aldeas bielorrusas durante los años de la Gran Guerra Patria, después de Chernóbil el país perdió 485 aldeas y pueblos, “setenta de ellos enterrados bajo tierra para siempre”, según la escritora.

No es el único efecto notable en esas zonas eminentemente rurales de lo que hoy es Rusia, Ucrania y Bielorrusia.

“Debido a la constante acción de pequeñas dosis de radiación, cada año crece el número de enfermos de cáncer, así como de personas con deficiencias mentales, disfunciones neuropsicológicas y mutaciones genéticas”, cita la bielorrusa desde un informe de la Escuela Superior Internacional de Radioecología de 1992.

Una vista del reactor 4 de Chernóbil. Foto: Igor Kostin / Getty Images.

Tragedia griega

En Chernobyl los efectos del accidente nuclear son apenas teorías que se debaten a cada momento entre los intereses gubernamentales y la ética representada por la ciencia.

En el tira y afloja crecen los personajes femeninos, como el de la ficticia Ulana Khomyuk (Emily Watson), una científica que logra medir la tragedia a pesar de los 400 kilómetros de distancia con la zona cero y el velo de silencio impuesto por el régimen de Gorbachov.

Emily Watson es la experta Ulana Khomyuk. Foto: HBO.

El realismo se cuela cada tanto en la emergencia, desde el busto de Lenin a los vehículos militares sin aparente mantención y en las jrushchovkas, los famosos bloques habitacionales soviéticos.

Sentimos la desolación de los cuerpos oprimidos que parecen quemarse, el aire “metálico” y la emergencia del horror nuclear gracias a la dirección del sueco Johan Renck y la fotografía de su compatriota Jakob Ihre, que hacen de las locaciones lituanas usadas para la serie un paisaje tan desolador como la historia misma.

Porque Chernobyl es una guerra contra un monstruo creado por la ciencia, pero también una batalla contra el tiempo. Primero por encontrar al culpable del desastre nuclear. Luego —y con apremio— por escapar de la tragedia. Y finalmente —y sobre todo— por dar forma a un coro de voces históricamente silenciadas.

Después de todo, camino al suicidio del personaje de Jared Harris, agazapadas entre las potentes historias corales de las víctimas y sobrevivientes, están las claves de Chernobyl, la serie del momento. Una que lleva por subtítulo: ¿Cuál es el costo de las mentiras?.

 

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