Culto
Final de Game of Thrones: el beso de la muerte

Final de Game of Thrones: el beso de la muerte

Aquí, el crítico de TV, Rodrigo Munizaga, analiza el episodio de cierre de Game of Thrones que se emitió esta noche en HBO

Por algunos segundos, pareció un final feliz: Daenerys invita a Jon Snow a construir juntos “un nuevo mundo”, se dan un beso y de fondo se oye música romántica. Pero eso habría sido indigno de un desenlace para Game of Thrones. A cambio, él le entierra un cuchillo, en un beso mortal que echa por tierra cualquier posibilidad de que la pareja terminara junta y más acorde a la tragedia shakesperiana que fue la ficción de HBO, que ha concluido a lo grande: cerrando todos los nudos dramáticos, con los tiempos necesarios para su desarrollo.

Pocas series se darían el lujo de dedicarle más de 10 minutos, casi sin palabras, a que un personaje (Tyrion) camine por la que era su casa y desentierre a sus hermanos, Cersei y Jamie. O a fundir en pocos segundos el tan ansiado Trono de los Siete Reinos, como lo hizo Drogon. Por lo general las ficciones estadounidenses optan por no cerrar todas las historias (Lost es el peor ejemplo de ello), en cambio acá, mostrando a los cuatro hermanos Stark con sus nuevas vidas, abrochó un desenlace redondo y emotivo (especialmente con la coronación de Sansa, como Reina del Norte), incluso inesperado, con la proclamación de Bran como Rey de los Seis Reinos.

Podremos discutir si su final ha estado a la altura de todas nuestras expectativas, pero su octavo ciclo se instala cómodamente como lo mejor del primer semestre y hay que ser justos: una relación de nueve años –contando que el año pasado hubo una pausa- hay que evaluarla por su totalidad. La última gran serie de la televisión lineal –un episodio a la semana, que obligaba a verlo a la misma hora, en tiempos de streaming- o la primera gran serie de los tiempos de las redes sociales –donde la gente comenta y da el efecto de que “estamos viendo todos lo mismo”- ha bajado la cortina muy fiel a su espíritu: con una temporada de máximo entretenimiento, visualmente sobresaliente, de momentos sobrecogedores (esa conversación junto a la chimenea, justo antes de la batalla contra los muertos, la irrupción de Arya para matar al “Rey de la Noche” o los zombies saliendo de sus criptas) y matizando capítulos de guerra con otros pausados y de conversación.

Entre las virtudes más visibles de Game of thrones, una fundamental es que la mayoría de sus personajes transitan entre el bien y el mal, en una difusa línea moral de acuerdo al momento que enfrentan, como antes lo hicieron series como Los Soprano o Breaking bad. Se trata de una característica que se mantuvo de principio a fin, apelando a la empatía de los televidentes: nadie es tan bueno ni tan malo, sobre todo si las circunstancias obligan a cambiar de vereda. Esa virtud quedó más expuesta que nunca a las críticas en este ciclo final, donde dos de los personajes más importantes dieron un vuelco: Daenerys pasó de heroína a genocida, luego de ver morir a su círculo cercano y perder la confianza en quienes creía; y Jamie Lannister transitó de villano redimido a morir abrazado al amor de su vida. Ambos giros enfurecieron a muchos, aún cuando parte de la fascinación por la serie está en que nunca pareció darle en el gusto a los fanáticos, sino a sorprender en tiempos donde casi nada sorprende.

Desde ya un clásico televisivo, la obra maestra más popular de la última década -hay que ubicarla junto a Mad men, Breaking bad y The americans, aunque a algunos les moleste- deja tras sí numerosos capítulos excepcionales (“La boda roja”, “El portón”, “La batalla de los bastardos”, “Casa austera” y “Vientos de invierno”, el mejor de todos, donde en tono épico Cersei hace explotar el Septo de Baelor), frases icónicas (“Winter is Coming”, “Valar Morghulis”, “Not today”, por nombrar tres); el arrojo de matar a protagonistas sin hacer cálculos de cuánto rating podrían perder por eso; la mezcla que rara vez se logra entre calidad y masividad (rompió récords de sintonía y es la serie dramática más premiada en la historia de los Emmy) y una manera de hacer ficción donde la vara se ha elevado: se puede hacer TV con aspiraciones autorales que lleguen a mucha gente.

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