Culto
Woodstock 50 años después: un zombie que apenas camina

Woodstock 50 años después: un zombie que apenas camina

El legendario festival busca celebrar medio siglo en agosto, pero se enfrenta a la falta de entusiasmo y a la caída de su principal inversionista. Todo en sintonía con una historia marcada por el caos, la improvisación y el mito.

El festival de Woodstock, que nunca se ha hecho en Woodstock, quiere celebrar 50 años en agosto y no puede porque la firma inversionista japonesa Dentsu Aegis Network retiró fondos por 17.8 millones de dólares con resultados en la flotación financiera del evento como torpedo volteando un acorazado en Pearl Harbor. Nuevamente Woodstock no sería en Woodstock sino en Watkins Glen en Nueva York, a 260 kilómetros del lugar donde se celebró originalmente el festival de 1969, símbolo de la era hippie.

En sus tres versiones siempre ha reinado la desorganización, el caos, incluso el crimen, pero Woodstock persiste como epopeya que remata los años 60 con shows memorables como las electrificadas plegarias afrocaribeñas de Santana y Jimi Hendrix derramando voltios cuando el lugar era un chiquero semivacío, postal definitiva para los detractores del hippismo y sus quimeras de amor y paz, en una era prehistórica al reciclaje y limpieza en los eventos al aire libre.

A Woodstock siempre lo corretean como cliente indeseable. En 1994 el pueblo de Bethel, donde se hizo el primer festival, rechazó acoger la nueva versión. Estaban hartos de los nostálgicos que peregrinaban para acampar en la zona, así que esparcieron estiércol de gallina y cavaron una zanja alrededor. La historia se repetía porque en 1969 el pueblo de Woodstock también dijo no a la reunión que haría colapsar la granja de Max Yasgur y sus alrededores, con 400 mil hippies sin suficiente agua, comida y servicios básicos, una especie de plaga zombie pelilarga y embarrada por la lluvia. La asistencia de público del 94 que finalmente se realizó en Saugerties, a 110 kilómetros del original, fue de 550 mil personas, pero sólo se vendieron 164 mil boletos.

En 1999 en la localidad de Roma a 160 kilómetros del primer Woodstock, aquella tercera edición fue uno de esos momentos en que el rock se jodió para siempre. La asistencia quedó sometida a condiciones absurdas con escenarios separados a 2.4 kilómetros mediante una pista de concreto con 38 grados a pleno sol, y precios abusivos en comida y agua. La policía desbordada llamó refuerzos que en vez de trabajar en el control de 400 mil personas se sumaron al carrete. Hubo artistas que comenzaron a caldear el ambiente. Insane Clown Posse lanzó billetes de 100 dólares al público para armar broncas en una zona de precios inflados, y Kid Rock montó una guerra de botellas de plástico.

En un ambiente recargado y hostil, el público exigía a gritos que las mujeres se desnudaran de la cintura hacia arriba. Las que accedían eran manoseadas sin misericordia mientras la web oficial del festival subía fotos de chicas en topless sin pedir permiso. La calentura misógina estalló en los shows de Korn y Limp Bizkit con denuncias de violaciones en pandilla reportadas por guardias de seguridad.

Los promotores John Scher y Michael Lang, este último uno de los organizadores originales de 1969, rechazaron las acusaciones. “No creo que sea concebible”, respondió Lang al Washington Post.

La Roma de Woodstock 99 se incendió la última noche cuando Red Hot Chili Peppers interpretó el cover de “Fire” de Jimi Hendrix. El público montó gigantescas piras y se quemó una torre de audio. La cultura musical de los 90 aún dominada por el rock terminaba de la peor forma.

El anuncio de Woodstock 2019 no causó entusiasmo. Sonaba demasiado antiguo incluso para la Generación X. Pronto se descolgó The Black Keys, uno de los cabezas de cartel, y la venta de entradas fue pospuesta. Finalmente Dentsu Aegis Network anunció su retiro y la cancelación del festival, alegando por la baja en el número de asistentes de 100 mil a 75 mil.

Michael Lang, que figura nuevamente tras la organización, declaró que esa cifra de espectadores había sido acordada por insistencia japonesa y que el festival se efectuará de todas maneras porque hay inversionistas “ansiosos por entrar”. Confía en su estrella porque el evento siempre lo pone en aprietos y zafa. “Curiosamente esto encaja en cierto modo con el legado de Woodstock”, contó.

En estos últimos días Lang denunció un hackeo a las computadoras del festival deslizando la responsabilidad de un medio de comunicación, y que Dentsu ofrecía a los artistas de Woodstock actuar en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020. En carta pública acusó que “Dentsu ha actuado no solo sin honor, sino fuera de la ley”. Con resabio sesentero también ha dicho que el evento no es propiedad del financista sino que “Woodstock pertenece a la gente y siempre lo será”.

La respiración artificial del festival se extendió este miércoles, cuando el juez Barry Ostrager del Tribunal supremo civil de Nueva York, le dio la razón a la organización que contrató Marc E. Kasowitz, uno de los abogados personales de Donald Trump, para contraatacar a Dentsu por el dinero retirado. Según el magistrado un inversionista no puede suspender el evento de manera unilateral. Sin embargo Ostrager también estableció que Woodstock no logró probar que la millonaria suma debía regresar a sus arcas. Raya para la suma. Si Woodstock quiere celebrarse en agosto, debe buscar nuevos inversionistas y solucionar los permisos pendientes. Todo en menos de 100 días.

Por mientras, si alguien quiere revivir aquellas tres jornadas de “paz y amor”, ahora es posible de manera casi literal. El sello Rhino anunció Woodstock 50 – Back to the Garden -, con 38 discos, 36 horas y 432 canciones reviviendo el programa en orden cronológico. Para tener ese documento del Woodstock que “pertenece a la gente” según Lang, sólo se necesitan 799 dólares.

Sobre el autor:

Marcelo Contreras |
Periodista. En Twitter es @marcelotreras