Culto
Cannes aplaude a los zombies consumistas de Jim Jarmusch

Cannes aplaude a los zombies consumistas de Jim Jarmusch

El director americano inauguró ayer el festival con The dead don’t die, una película política y anti-Trump disfrazada de comedia sobre muertos vivientes.

“Estoy seguro de que esto va terminar mal”, dice cada 15 o 20 minutos el oficial Ronnie Peterson (Adam Driver) ante el rostro sin gestos de su jefe Cliff Robertson (Bill Murray). Ambos son los únicos uniformados del pueblito de Centerville, un villorrio de 10 mil habitantes ubicado en medio de ninguna parte y que durante la peor noche de su existencia será atacado por los zombies.

El pueblo será eventualmente engullido por sus propios aldeanos: los zombies son los cuerpos reanimados de los difuntos del cementerio local. En esta comunidad donde nunca pasa nada, ahora pasa de todo y, efectivamente, todo puede “terminar mal”.

Los oficiales Cliff Robertson y Ronnie Peterson son la clásica dupla de policía maduro-policía novato del género de acción trasplantada ahora a un territorio de zombies, otros personajes del stock tradicional de Hollywood. Con ellos el cineasta Jim Jarmusch inventa The dead don’t die (2019), una fábula desaforada y muy política que ataca al actual gobierno de EEUU, pero que también envía una crítica dura a los hábitos consumistas de su población.

Jarmusch tiene un sentido del humor infalible y eso hace que el filme no sea un panfleto, sino una risible comedia apocalíptica.

En Francia, y particularmente en el Festival de Cannes, adoran a los cineastas más liberales de EEUU y una película así consiguió lo que buscaba: muchas risas cómplices en la función de apertura y aplausos y exclamaciones al final.

Jarmusch es un hijo pródigo del festival, donde ha estrenado 12 de sus 14 filmes, desde Extraños en el paraíso (1984) hasta Paterson (2016). Ganó la Cámara de Oro y el Gran Premio del Jurado, aunque la Palma de Oro le ha sido esquiva, como a Almodóvar.

Quizás The dead don’t die sea demasiado light para postular a tamaño honor, pero la película tiene unas características anárquicas y punks bastante saludables. En ese sentido, la presencia de los músicos Tom Waits e Iggy Pop como un granjero algo demente y un zombie adicto al café son un guiño evidente: ambos artistas, amigos de Jarmusch, responden a una matriz contestataria que encaja a la perfección con sus roles.

También van como guante a la mano los premeditadamente inexpresivos Bill Murray y Adam Driver como dos oficiales de pocas luces que hacen lo que pueden ante la invasión de los no muertos.

Se trata más bien de una película coral y hay varios conocidos: Steve Buscemi representa a un clásico “white trash” (los blancos pobres de EEUU) que porta una gorra con el logo “Make America white again” y odia a los que no son de su color de piel; Danny Glover es el único afroamericano de Centerville e irónicamente amigo del personaje de Buscemi; Tilda Swinton, uno de los mejores personajes, es la enigmática nueva dueña de la funeraria que acostumbra a rezarle a un buda dorado y a practicar con sables de samurái.

Tal vez la más directa referencia al gobierno de Trump y a la población que votó por él se encuentre en la razón de ser de los zombies. Despertaron del letargo mortal debido al cambio climático producido por las perforaciones petroleras en el Artico, una práctica justificada por la Casa Blanca. La naturaleza de los no muertos es, por lo demás, implacablemente consumista: tras devorarse las entrañas de la víctima valoran más que nada sus celulares, sus conexiones wifi y sus contratos con el proveedor del cable.

The dead don’t die se presentó en una ceremonia de apertura con las principales figuras del elenco presentes y fue animada por el actor francés Edouard Baer, quien hizo una referencia a Bill Murray (“siempre ahí sentado con su cara póker”).

También fue la noche de Alejandro González Iñárritu, el director mexicano de El renacido. En realidad fue el día de él. Ya en la mañana había animado la conferencia del jurado, que preside, donde se refirió al muro que pretende construir Trump en la frontera y defendió la experiencia cinematográfica ante la arremetida de Netflix. Ahora le tocó el turno de dar el discurso inaugural, que fue menos político, más enfocado en el cine y totalmente en español.

González Iñárritu habló largo y tendido, pero en la práctica no muchos entendieron. Los franceses están acostumbrados a las ceremonias en su idioma y entre los estadounidenses no todos optaron por usar los audífonos traductores. Es más, la cámara que transmitía el evento captó un preciso primer plano de Bill Murray bostezando, doblegado por la verborragia del mexicano. En ese momento su cara de póker se hizo añicos.

Sobre el autor:

Rodrigo González |
Sub-editor de Cultura de La Tercera.