Culto
Junto a la soledad

Junto a la soledad

Observar nuestros traumas y limitaciones es quizá más importante que albergar esperanzas en nuestros talentos y méritos.

Cada vez que me preguntan por qué tengo un viejo Blackberry en vez de un teléfono moderno, no tengo respuesta. Mi celular es arcaico, sin aplicaciones: ni WhatsApp, ni Instagram, ni Uber, ni nada. Me limito a llamar y mandar mensajes de texto. Ambas prácticas en desuso, por no decir mal vistas. Juro cada semana que tengo que ir a cambiar el aparato. Tengo que ser más práctico, lo sé. La desidia, la falta de fuerza moral para soportar colas a las que someten a sus clientes en las compañías telefónicas, me impiden dar el paso. Y hay algo más, un residuo de hombre antiguo: cuando estoy solo, sentado en un café o en una sala de espera, dentro de mis posibilidades no está conectarme a mi teléfono. Estoy obligado a ver lo que pasa, escuchar para entretenerme o pasar el rato. Mirar hacia abajo, estar en otra parte, informado en cualquier circunstancia, no es de mi agrado. Impide divagar, quedarse en blanco mirando un objeto o, directamente, conversar.

Por cierto, estoy mal al tener este tipo de escrúpulos. El estancamiento es una pésima señal en cualquier plano. Lo que pasa es que me fijo en cómo asume su soledad el que goza de conexión permanente, y cómo lo hace una persona con menos posibilidades de estar en línea. Afrontar la soledad -al menos para mí- es inquietante y revelador. Una decisión vital que reviso de manera permanente. Es un tema para discurrir. Está también la posibilidad de evadir la soledad, no obstante estamos condenados a que llegue. Se deja caer en el cuerpo. Se presenta e instala sin advertencias. Katherine Mansfield describe esta situación con rigor: “Ahora es la soledad quien viene de noche/ en vez del sueño, a sentarse junto a mi cama./ Como una niña cansada espero oír sus pasos,/ y la miro mientras sopla la vela suavemente./ Se sienta sin moverse, ni a izquierda ni a derecha/ gira, y rendida, rendida deja caer la cabeza./ También ella es vieja; también ella ha dado la pelea”.

Abundan los estudios y libros sobre la felicidad. Cuesta digerir el afán por ser dichosos, si la muerte es lo único seguro que nos espera. Los antiguos creían que la filosofía era una forma de prepararse para morir, de consolación ante lo inexplicable y, sobre todo, ante lo siniestro. Saber estar solo era un aprendizaje esencial para digerir el destino. Hay decisiones que lo involucran a uno exclusivamente, y para afrontarlas es mejor conocer las pulsiones que surgen cuando no hay ayuda posible. Instalarse en soledad, habitar la nada que nos precede y nos concierne, es una perspectiva menos cristiana y más oriental. Otra solución es intentar el control. Tomar medidas para no quedar abandonados, sin visitas ni interlocutores. Suena moderno y plausible. Para los ancianos están los asilos y las familias solidarias. Son pocos los que pueden disfrutar de esa tranquilidad. Lo imponderable es un fantasma al que no espanta ni la mejor tecnología ni los protocolos bien diseñados.

Los niños y los jóvenes pasan períodos de soledad que los templan. Se les notan en la cara, en los gestos que están siendo sumergidos en esa sensación. Tratan de disimular, ya que no es una experiencia fácil referir la extrañeza, el notarse únicos. Es incómodo.

Descartadas las vías de escape, la soledad es un problema o un alivio, un tema ineludible. Calar en el individuo fracturado que somos es un ejercicio que no requiere compañía. Observar nuestros traumas y limitaciones es quizá más importante que albergar esperanzas en nuestros talentos y méritos. La soledad es mutante, compleja; resguarda y remueve el piso. Leer, escuchar música y disfrutar del arte son convenciones que hemos logrado para resistir junto a ella.

Sobre el autor:

Matías Rivas |
Director de Publicaciones de la Universidad Diego Portales. Autor de los libros Tragedias oportunas e Interrupciones.