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No soy un extraño: Charly García vuelve a Chile

No soy un extraño: Charly García vuelve a Chile

Luego de seis años, el cantante retorna al país el jueves 13 de junio en el Movistar Arena, con entradas que salen a la venta este miércoles. Culto vio su show de esta semana en Argentina: un rito que cruza fanatismo, melodías eternas y un hombre que desafía las turbulencias del tiempo.

“Charly García agotado”. Un par de letras negras impresas sobre una hoja blanca alertan en las boleterías que, para el show del pasado martes en el teatro Gran Rex de Buenos Aires, las entradas ya no existen, se esfumaron en dos horas, consecuencia lógica de un concierto “sorpresa” anunciado sólo cinco días antes.

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Entre los afortunados que consiguieron un ticket está Valentina, una veinteañera que descubrió al músico a través de su padre y que reconoce que, aunque no vivió sus días de gloria, esto es lo que queda, no hay modo de echar el reloj hacia atrás, hay que resignarse y disfrutarlo “esté en el estado que esté”. Lo mismo le sucede a Delfina, otra sub 25 que apenas caminaba cuando Charly ya se arrojaba desde la pieza de un hotel, y que llegó hasta el lugar vistiendo la polera y el brazalete con el símbolo de la crepuscular era Say no more, aquella S, N y M pintarrajeadas en el centro de un círculo blanco.

Quizás el diario bonaerense La Nación pensó en todos ellos cuando en febrero de 2018 -el momento en que el cantante inauguró esta seguidilla de presentaciones relámpago bautizadas como La torre de Tesla- tituló: “Charly García sedujo con su magia a centenares de millennials”. Días después, en entrevista con la Rolling Stone Argentina, el mismo aludido celebró la frase: “¡Qué loco! ¡Los Millennium!”.

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Por las muchas canas que acechan su cabeza, Hugo claramente no entra en la generación “Millennium”, pero sí en aquella que aplaudió en tiempo real al hombre de “Los dinosaurios” en los 70, los 80 y parte de los 90, su era de gracia: “Siempre me llamó la atención su figura, que era medio loco”, define minutos antes de ingresar al teatro. Luciana tiene el signo de Say no more tatuado en la muñeca derecha y prefiere conjugar su devoción en presente: “Él ahora en sus shows está disfrutando de su edad, de lo que puede hacer, del público que lo viene a ver, de todo lo que nos dio”.

Todos ellos agotaron el recital de Charly. Pero Charly García no los agotó a ellos.

El aguante es así

En Argentina, la incondicional veneración al ex Serú Girán se ha perpetuado sin mayores fisuras y, aún más, se ha desbordado hacia las nuevas generaciones, pese a que en su última década acumula seis hospitalizaciones, cuatro cuadros de hipertensión, tres álbumes irregulares, una operación a la cadera, muchísimos fármacos, el deterioro vocal y una agenda en vivo cada vez más esporádica. Da igual: desde principios del año pasado realiza una presentación cada tres meses en algún teatro porteño, todas informadas por los medios apenas un puñado de días antes, lo que hace que las localidades se acaben en un chasquido de dedos.

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Cada vez que llega a sus espectáculos, el auto que lo traslada es acorralado por cientos de jóvenes que intentan mirar algo a través de los vidrios polarizados. El aguante, tal como bautizó a ese olvidado álbum con el que cerró los 90, en su mayor expresión: “Este es el aguante/ hasta yo lo vi/ Este es el aguante/ decímelo a mí”.

¿Y hoy está realmente agotado el propio Charly García? Ahora no se trata de entradas en boletería, sino que de la capacidad del artista de 67 años para mantener un espectáculo que parte cerca de las 20.50 horas con la delicadeza de “De mí”, canción de 1990 escrita tras el quiebre con una de las mujeres de su vida, la brasileña Zoca, aunque ahora su letra suena como una vuelta de mano a todos esos fans que han hecho vigilia en las afueras del Gran Rex y que se bancan hasta sus etapas más sombrías: “Cuando estés mal/ cuando estés solo/ Cuando ya estés cansado de llorar/ no te olvides de mí/ porque sé que te puedo estimular”.

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Después asoma “La máquina de ser feliz”, parte de su último álbum, Random (2017), otro tema melancólico y cuyo título también funciona como el retrato de un hombre buscando días más dichosos (o un símbolo de paz). Aunque si se trata de definiciones más certeras, los primeros minutos de recital permiten un diagnóstico temprano en dos direcciones.

Primero, y como ya se ha vuelto hábito, Charly aparece sentado en un sillón grueso y rodeado por su set de teclados, como si quisiera camuflarse detrás de tanta electricidad, aunque esta vez luce menos estático, con una movilidad mucho más ágil de sus manos, lo que se realza cuando toma la guitarra -la que hasta hace poco había dejado de tocar por sus complicaciones físicas- y suelta acordes desde esa posición encorsetada, no del todo cómoda para un músico que por décadas se arrojaba al suelo, saltaba, se contorneaba, lanzaba patadas al aire y regalaba pasitos de baile.

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Segundo, su voz está destrozada y no hay mucha vuelta que darle. Simplemente ya no tiene remedio. Esa interpretación áspera, rasguñada hasta casi el dolor, que a momentos parece que de un segundo a otro se consumirá para siempre, ahora batalla por mantener los tonos de antaño, en el esfuerzo mayúsculo que hoy enfrenta el bonaerense: el de un artista luchando en vivo y en directo contra su estado de salud y contra el a veces cruel paso del tiempo. A momentos estremece, a momentos irrita, a momentos da igual.

En compensación, su grupo suena impecable, voluminoso, lo que encubre las grietas vocales del gran jefe, como si todo se tratara de una gran masa que avanza sincronizada. Es el trabajo en conjunto de una banda afiatada y aceitada desde hace años, que conoce de sobra las fragilidades y las fortalezas del argentino; la misma que tiene como eje a un trío de chilenos -el bajista Carlos González, el guitarrista Kiuge Hayashida y el baterista Antonio Silva- y a otros históricos, el tecladista Fabián “Zorrito” Quintiero y la corista Rosario Ortega, hija de “Palito” Ortega, ese ángel guardián que hace una década le salvó la vida a García cuando todo parecía caer al despeñadero.

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“No es fácil estar allá arriba”, dice Silva en camarines, casi una hora después del concierto, sugiriendo que no es simple estar en el mismo escenario no sólo con un ídolo de toda la vida, sino que también con un creador tan impredecible como exigente. “Estuvimos toda una semana, de lunes a sábado, ensayando cuatro a cinco horas diarias, como reloj, muy riguroso todo, por eso los shows salen de esta manera. Él escoge lo que vamos a tocar”, concluye el baterista chileno.

Y en esa elección de canciones, la velada continua con “Rivalidad”, otro track reciente, inspirado en ese día de 2014 en que murió Gustavo Cerati, cuando Charly, para purgar su dolor, se encerró en su casa y puso a altísimo volumen el disco Foxtrot de Genesis, lo que detonó las quejas furiosas e insensibles de una vecina. “Dios bendiga la rivalidad”, dijo antes de cantarla.

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Y si rivalidad rima con actualidad, ambos conceptos pueden ir de la mano cuando el ex Sui Generis está sobre una tarima. En la mitad de su performance, el público, exaltado desde la partida, eleva el cántico de “¡Mauricio Macri y la pu… que te parió!”, en sincronía con un vendedor ambulante que en las afueras del teatro fue un hit instantáneo al ofrecer “¡cerveza-cerveza, más frías que el pecho de Macri, cerveza-cerveza!”. Está claro que, al menos en Argentina, Dios bendijo la rivalidad desde su origen.

La imagen clásica de Charly y el ya legendario símbolo Say no more se replicaban en poleras y brazaletes vendidos como merchandising informal.

El silencio tiene acción

Pero lo que más sorprende de su repertorio no son las preferencias por temas que acarician sus últimos años o que abordan alguna coyuntura, sino que el viaje como tobogán por sus más diversas épocas, las brillantes, las recónditas, las despreciadas, con piezas que no incluye con tanta frecuencia, como “Cuchillos”, concebida en 1996 en tributo a Mercedes Sosa; “El día que apagaron la luz”, el éxito del retorno de Sui Generis en 2000; la ochentera “Canción de 2×3”, melodía inscrita en los albores de su período solista; y por lejos la más inesperada estuvo al cierre, “Total interferencia”, el también epílogo de una de sus obras cumbre, Piano bar (1984), escrita junto a Luis Alberto Spinetta y que no tocaba en vivo desde los 90.

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Una inclusión tan fuera de cálculo que en camarines algunos de sus músicos confesaban que ni siquiera recordaban ese tema cuando en los ensayos se enteraron que debían revivirlo: tuvieron que abrir Spotify para oírlo de nuevo.

En el listado del día martes también hubo espacio para exorcizar maldiciones al tocar varias de Kill Gil (2010), esa producción que terminó estrenando cinco años después de su grabación, debido a retrasos derivados de sus problemas de salud, sus enfrentamientos con los sellos y una filtración del material en la web que terminó estropeando todo. En la cita en vivo pasaron “In the city that never sleeps”, “Break it up” y “Happy and real”, cantada a solas en el escenario con el ex Sumo y hoy figura de la TV trasandina, el saxofonista Roberto Pettinato: frente a esa imagen desnuda y a la intemperie, sin músicos ni pantallas encendidas, la garganta de García exhibe aún más sus heridas. Como último eje del concierto están los éxitos de siempre: “Yendo de la cama al living”, “Parte de la religión”, “Rezo por vos”, “Demoliendo hoteles” y “Nos siguen pegando abajo (pecado mortal)”.

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En el centro del montaje, una torre de alta tensión se levanta en tributo al ingeniero eléctrico Nikola Tesla (de ahí el nombre de la saga de shows y a quien el músico siempre ha mirado como un utópico), la que es cruzada por efectos de rayos, como una especie de metáfora de la energía que aún fluye y estalla cuando el cantautor salta a escena.

Las pantallas traseras acompañan las 23 canciones de la presentación disparando de modo alternado imágenes de The Beatles, David Bowie, Lou Reed, Psicosis, El resplandor, Toro salvaje y King Kong. Todos íconos del siglo XX. Todos gigantes de sus generaciones. Todos parte de una casta artística que desaparece y a la que Charly también quiere pertenecer. Si no se atreve a reconocerlo, quizás necesita de un truco, de una ayudita de sus fanáticos. Cuando en un momento alguien desde la platea le grita “¡sos el mejor del mundo!”, él responde sin dudarlo ni un segundo: “Ya sé”.

Un lienzo con la imagen del cantante en sus años de gloria es desplegado desde las ubicaciones superiores del teatro Gran Rex.

Entradas

Su show en Santiago será el jueves 13 de junio en el Movistar Arena, en su primera venida en seis años, tras tocar en 2013 en los casinos Enjoy de Santiago y Viña. Las entradas están disponibles desde este miércoles 15, en preventa para clientes Banco de Chile. La venta general comienza el viernes 17 (ambas en Puntoticket). Precios van de $21.900 (tribuna) a $138.000 (primeras filas).

Sobre el autor:

Claudio Vergara |
Editor de Espectáculos de La Tercera y periodista especializado en música popular.