Culto
Hijo prodigio, madre prodigiosa

Hijo prodigio, madre prodigiosa

Hace casi 20 años que el público y los críticos angloparlantes vienen diciendo que El último samurái es una novela excepcional. Hoy debemos darles la razón.

Justo antes de que comience el primer día de clases en el colegio de su barrio en Londres, Ludo le pregunta a la profesora qué se lee en primero básico. La señorita Thompson responde que cada muchacho leía cosas diferentes, dependiendo de las capacidades personales. Entonces Ludo, que no asistió a prekínder ni a kínder pues hasta ahí ha estado siempre al lado de su madre, advierte que es el momento indicado de informar lo siguiente: “Bueno, yo sólo he leído la Ilíada y la Odisea en griego, y De amicitia y las Metamorfosis 1 a 8 en latín, y la historia de Moisés y la de José y su zamarra de muchos colores, y la de Jonás y el primer Libro de Samuel en hebreo, y el Calila y Dimna y 31 historias de las Mil y una noches en árabe, y Yaortu la Tortue y Babar y Tintín en francés, y hace poco que he empezado el japonés”. Ludo tiene 6 años, es un niño prodigio, ha sido educado en casa y no conoce lo que es la pedantería.

El último samurái narra la cautivante y singular historia de Ludo y su madre, quien quedó embarazada tras un inmemorable escarceo con un escritor mediocre. Sybilla decidió ser madre soltera y se niega a revelar a su hijo la identidad del progenitor. Eso hasta que él cumple 11 años y, valiéndose de ciertas técnicas de samurái, se dispone a encontrarlo por sí mismo. Ludo, diminutivo de Ludoviticus, pudo haber contado con un nombre aún más exótico: “Cuando estaba embarazada, pensaba siempre en nombres atrayentes como Asdrúbal e Isambard Kingdom y Thelonius y Rabindranath y Darío Jerjes (Darío J.) y Amédée y Fabius Cunctator”. No obstante, madre e hijo han convenido en que es mejor que se le conozca por un apelativo convencional en el colegio, algo así como Steven.

Consciente de que Ludo requiere de figuras masculinas para desarrollarse debidamente, Sybilla opta por reparar la carencia con el cine de Akira Kurosawa, específicamente con Los siete samuráis, filme que a lo largo del libro rueda incontables veces en el aparato de video casero. “(…) le estoy dando a mi hijo sin padres y sin tíos, no sólo 8 modelos masculinos (6 samuráis, 1 hijo de un campesino que se hace pasar por samurái y 1 campesino sin miedo), sino 16 (8 personajes, 8 actores), 17, incluyendo a Kurosawa, que no sale en la película”.

Corren los primeros años de la década de 1990, Sybilla trabaja en casa digitalizando libros para una editorial cualquiera, es estadounidense, pudo haber sido una niña genio de la música, pero por nada del mundo regresaría a su país. Hasta antes de que Ludo se lance a la búsqueda de su padre, madre e hijo salen poco de casa: van a comer a algún boliche de pollo frito (“Arizona Fried Chicken”, “Iowa Fried Chicken”, así se llaman en Londres), pero de tanto en tanto, pues el dinero siempre escasea; y cuando el frío se hace insoportable, sólo les queda subirse al metro (cargando varios libros del pequeño, pues allí él lee, subraya, inquiere) y dar vueltas y vueltas hasta regresar a casa a dormir.

Los protagonistas de esta obra voluminosa constituyen una pareja peculiar y conmovedoramente allegada. Sin embargo, el asunto no se trata únicamente de ellos, ya que es imposible, mientras uno lee, no pensar con frecuencia en la autora. Los alardes de maestría dramática, los giros de osadía narrativa, los espacios oscuros, la erudición y la belleza aquí dispuestas promueven cierta curiosidad ansiosa por Helen DeWitt, la extraña estadounidense que escribió El último samurái hace más de 20 años. Impecablemente traducida, la novela deslumbra a través de dos atributos inusuales: una tremenda originalidad y una inteligencia aguda pero muy poco intimidante.


Sobre el autor: