Culto
Chilenas en el frente de batalla

Chilenas en el frente de batalla

La Guerra del Pacífico contó con un destacado contingente femenino junto al Ejército chileno. Apoyando a los soldados, asistiendo a los heridos o empuñando las armas, las mujeres tuvieron un rol significativo y a menudo olvidado.

Fue una de las primeras en entrar a Lima con las tropas azules del ejército chileno, en 1881. Dos años antes, cuando comenzaron las hostilidades de la Guerra del Pacífico, Juana López se unió al Segundo Batallón de Valparaíso. Su esposo Manuel Saavedra y sus tres hijos fueron llamados al frente; ella decidió acompañarlos. El clan Saavedra López quedó dividido en diferentes unidades: el padre y dos de los hijos murieron en la batalla de Dolores, el tercero cayó producto del hundimiento de un puente.

En el primer año de la Guerra del Pacífico, Juana López perdió a toda su familia. Y en lugar de regresar a casa, permaneció en el conflicto. Como muchas mujeres que se unieron a las tropas, debía cumplir funciones de cantinera, es decir, de apoyo y asistencia a los soldados. Pero frecuentemente tuvo que tomar las armas, así como el resto de sus compañeras. Luego de dos años junto al batallón, en los que exhibió un valor superlativo según los cronistas, Juana López entró en la capital peruana. Al cinto llevaba la espada que arrebató a un oficial enemigo.

Eventualmente Juana López regresó cubierta de honores y con un bebé que nació durante la campaña. Traía consigo aquella espada, en la que grabó las batallas en las que intervino: Antofagasta, Pisagua, San Francisco, Tacna, Chorrillos, San Juan, Miraflores. La cantinera recibió tres medallas por su valentía y el Estado le otorgó una pensión de 15 pesos; los soldados recibían 200. Murió en 1904.

“Las heroicas mujeres que sirvieron al Ejército en la campaña de 1879-81 no han sido premiadas como debían serlo por el Supremo Gobierno. Por una anomalía explicable, pero no justificable, no figuraron en las listas de soldados; y aunque algunas de ellas vistieron uniforme, marcharon y pelearon como soldados en las batallas, no fueron tomadas en cuenta en la distribución de premios”, escribía en 1910 El Diario Ilustrado. Ese año Juana López y las cantineras de la Guerra del Pacífico recibieron un homenaje.

Escasamente relevadas por la historiografía nacional, las mujeres tuvieron una presencia significativa en el conflicto. Una novela reciente, Las mujeres de la guerra (2019, Ediciones B), vuelve a iluminar el aporte femenino en aquel escenario.

Heroicas

Cuarenta años después de la cantinera Candelaria Pérez, distinguida con el grado de sargento por sus hazañas en la Guerra contra la Confederación Perú-Boliviana (1837), las mujeres chilenas volvían a un enfrentamiento.

Apenas se declaró el conflicto, un gran número de mujeres se presentó voluntariamente para acudir al norte como cantineras. Su tarea consistía en hacer de cocineras, enfermeras, y proveer de agua y aguardiante a la tropa. Prontamente, las esposas, madres o incluso novias llegaron a Valparaíso para embarcarse tras los soldados, como reporta Paz Larraín Mira en su investigación Presencia de la mujer chilena en la Guerra del Pacífico.

El Estado buscó la forma de restringir la afluencia femenina a la zona, pero ni la guerra ni las prohibiciones oficiales lograron intimidarlas realmente. Muchas de ellas se vestirían de hombres con tal de acceder al norte y acompañar a sus seres queridos.

Esa fue la estrategia que utilizó inicialmente Irene Morales, con toda probabilidad la cantinera más conocida de la guerra. Pero en su caso el motivo que la llevó a empuñar las armas era distinto: ella buscaba venganza.

Nacida en 1848 en La Chimba, Irene Morales se trasladó en 1877 a Antofagasta, donde contrajo matrimonio con un músico chileno. En una noche de borrachera, el músico mató a un soldado boliviano. Días más tarde fue fusilado junto a las vías del tren. Morales recogió su cuerpo acribillado, pidió que le tomaran una fotografía, y prometió que cobraría su muerte.

De este modo, a inicios de 1879, cuando comenzó la ocupación de Antofagasta, la viuda se vistió de soldado y se presentó ante el batallón chileno. Fue descubierta: la delató su inocultable belleza. Pero Irene Morales se las arregló para unirse al ejército y, encubierta con vestimentas masculinas, combatió en la batalla de Dolores.

Notablemente, su actuación fue reconocida por el general Baquedano, quien la aceptó como cantinera. Irene Morales estuvo en numerosas batallas, siempre en primera fila, y asistiendo también a los heridos. Participó de la toma del Morro de Arica, dirigió un fusilamiento en la plaza de la ciudad, y eventualmente se ganó el título de “La Fiera Irene Morales”.

Una de los combate más arduos fue el del cerro Los Ángeles, donde las tropas chilenas enfrentaron el fuego que provenía desde la cumbre. Con determinación y osadía, Carmen Vilches y Filomena Valenzuela alcanzaron la cima y combatieron rifle en mano con los soldados. Ambas fueron destacadas por los oficiales y Valenzuela excepcionalmente recibió el grado de subteniente.

“Las camaradas sufrían no solo los embates de la guerra, sino también los impactos que causan las inclemencias del clima y, en general, la vida en la zona desértica y más tarde en la sierra peruana”, escribe Paz Larraín.

Muchas de ellas alcanzaron la muerte dramáticamente, incluso de modo brutal cuando eran capturadas. No todas participaron directamente en los enfrentamientos, pero todas se comprometieron en la tragedia, hasta el heroísmo o incluso el sacrificio.


 

Las mujeres de la guerra. Una novela
A. Amosson
Ediciones B,
264 págs.
$ 14.000

Uno de los escenarios más gravitantes de la guerra fue Iquique, donde Andrea Amosson ambienta su novela. El relato sigue la historia de Vera Ninkovic, quien llega a Chile desde los Balcanes y se traslada al norte tras la muerte de su esposo. Allí la sorprende el conflicto, junto a otras mujeres de distinto origen social se enfrentan a la tragedia.

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