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La posteridad de Ricardo Piglia (1940-2017), el último lector

La posteridad de Ricardo Piglia (1940-2017), el último lector

Autor de novelas, libros de cuentos y ensayos, Piglia ha demostrado desde su muerte que sobre todo fue un gran lector de literatura argentina, sólo comparable a Borges. Con la reciente publicación de Teoría de la prosa, eso se acrecienta aún más.

Ricardo Piglia —autor de Respiración artificial, Prisión perpetua, Crítica y ficción, entre otros libros— murió en enero de 2017 producto de una extraña enfermedad (Esclerosis Lateral Amiotrófica, ELA), que lo fue paralizando por completo. Hacia el final una máquina traída desde el exterior lograba que se pudiera comunicar e incluso escribir. A su lado un grupo de jóvenes lo ayudaba, porque Piglia hasta el último minuto fue un escritor en proceso, con varios proyectos encaminados. Gracias a eso dejó algunos libros póstumos y un dinero que en su momento le servía para comprar la costosa droga que combatía su enfermedad, pero que aún estaba a modo de testeo. Sus amigos lo ayudaron, conocidos —como Fito Páez— pusieron dinero para la droga y los más cercanos organizaron una campaña a través de change.org para obligar a que su prepaga se hiciera cargo de la droga.

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Su enfermedad era conocida en el ambiente literario, aunque no con exactitud, era como un halo o una bruma que competía con sus publicaciones. Las tres vanguardias apareció en 2016 por Eterna Cadencia y compiló las once clases del seminario que dio en la Universidad de Buenos Aires (UBA) en 1990. El libro tiene la gracia de situar a la novela argentina desde la vanguardia. Si bien la idea que trabaja ya la había formulado en parte Noé Jitrik en los años 70 en el ensayo La novela futura de Macedonio Fernández, cuando señala la importancia de este autor, quien en Museo de la Novela de la Eterna (1967) crea una especie de teoría de la novela, que pretende, entre otras cosas, eliminar todo realismo y plantear la más absoluta libertad, ya que nada cierra, sino que todo abre.

No desconociendo el aporte de Jitrik, lo que hace Piglia es retomar los elementos que se habían estado discutiendo previamente para postular las características de la novela argentina y lo hace poniendo como eje a Macedonio Fernández y esta novela construida sobre esa serie de prólogos, que permanentemente anuncian algo que nunca llega. Para Piglia, la novela argentina se está siempre anunciando, es decir es una novela de futuro, vanguardista.

Aquí es importante señalar que en el siglo XVIII era muy común que las novelas llevaran prólogos, sin embargo éstos empiezan a caer en desuso a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Por esa época el escritor estadounidense Henry James comienza a publicar sus prefacios a la edición de su obra completa que saldría en Nueva York; también por esa época cuenta la leyenda que Macedonio se carteaba con el hermano de James, el filósofo William. Más allá de que no existe ninguna prueba que lo corrobore, es claro, como señala Piglia en Las tres vanguardias que Macedonio estuvo al tanto de esos prefacios, más aún cuando en 1934, a la muerte de Henry, el crítico Richard P. Blackmur los publicó esos sin la obra, con el título El arte de la novela; Blackmur no ahorró elogios al momento de calificar esta reunión como “una de las más elocuentes y originales piezas de crítica literaria existentes”.

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Desde ese momento este libro no escrito por Henry James ha sido objeto de estudio, entre otras cosas porque hasta ese momento no existía una teoría de la novela en lengua inglesa. Museo de la Novela de la Eterna es, para Piglia, una prueba de que había leído la obra completa de James bajo los parámetros de sus prefacios, es decir de que ahí había una teoría de la novela. Jitrik pero con mayor énfasis Piglia leen de este modo, y de ahí que escribe: “Macedonio Fernández es el primero que se propone una teoría de la novela, el primero que tiene conciencia de la necesidad de definir el género”. Precisamente es esto lo que se le destaca a Piglia, de ser un escritor, un crítico y un intelectual, que es capaz de leer un texto con las intenciones con las cuales fue escrito, cosa muy difícil si uno no se coloca en la cabeza del autor.

Otro libro que salió antes de su muerte fueron los textos de no ficción de Escritores norteamericanos, que publicó la pequeña editorial Tenemos las Máquinas en Argentina y Ediciones UDP en Chile. Se trata de un Piglia casi inédito, ya que rescatan los retratos que hizo a fines de los 60 por encargo de la editorial Jorge Álvarez. Aquí están Ernest Hemingway, de quien Piglia vuelve a escribir para el prólogo de la primera traducción íntegra de los relatos de En nuestro tiempo (Lumen), pero además Ring Lardner, Scott Fitzgerald, William Faulkner, Thomas Wolfe, Truman Capote, y el ensayo Cuentos policiales norteamericanos. Según algunos, el hecho de que lo publicara en una pequeña editorial —Ediciones UDP sólo lo publicaría un año después—, demuestra que Piglia estaba trabajando a full, ya que a la postre sería su último libro. Y ese a full, aparte de la máquina, estaba sostenido por un grupo de jóvenes, que estaba incluido por la editora del sello, Julieta Mortati.

El primer libro póstumo fue entonces el tercer tomo de Los diarios de Emilio Renzi publicados por Anagrama. El epígrafe es sugerente Un día en la vida, que da a entender lo pasajera que puede ser nuestra permanencia por estos lados. Y el tomo, que aborda de modo cronológico entre 1976 y 1982 y de modo salteado muchos más años, puede ser considerado, en palabras del mismo autor, como una “novela verdadera”, y dejar así atrás los dos anteriores tomos y aquel trabajo con el formato tradicional del diario, que es lo que había hecho hasta entonces. Al igual que en el segundo (Los años felices) vuelve a reflexionar sobre el diario: “Pensaba publicar Renzi sus notas personales siguiendo el orden de los días, porque luego de desechar otros modos de organización, por ejemplo, seguir un tema o una persona o un lugar a lo largo de los años en sus cuadernos y darle a su vida un orden aleatorio y serial, había comprendido que de ese modo se perdía la experiencia confusa, sin forma y contingente de la vida, y por lo tanto era mejor seguir la disposición de los días y los meses”.

Pero tal vez hay algo que modifica el decurso del tomo, y por tanto de toda la obra, surge de la cercanía con la muerte. No sólo es la conciencia de su muerte (más allá de que se sintiera en forma como escritor, estaba enfermo), sino que desde el comienzo de ese tomo la muerte social se hace presente, porque aborda la dictadura trasandina, desde el inicio hasta su final. Y eso al personaje de Emilio Renzi, su álter ego, no lo deja indiferente; al contrario, piensa en el suicidio y en la muerte. Piglia trata de desarrollar algo que vaya más allá del típico diario íntimo o de escritor, dotando a Un día en la vida de una forma enciclopédica. Y para lograr esto dialoga con el Diario, de Witold Gombrowicz, que tampoco se planteó como diario íntimo o de escritor, sino —en palabras de Enrique Vila-Matas— como un lugar donde estaban “en igualdad de condiciones fragmentos con carácter de ensayo filosófico, brillantes polémicas, partes líricas, bromas grotescas, y también abiertamente ficción literaria”. Piglia va más allá, avanza hacia un concepto de ficción, que define como “una novela verdadera, un testimonio real y un documento histórico”. Eso constituye el legado de alguien que está muriendo (porque al final Renzi está enfermo), no es el autor el enfermo, sino el alter ego, el personaje, lo que redobla la apuesta del legado literario de este concepto de ficción.

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El año pasado salió otro libro de cuentos: Los casos del comisario Croce (Anagrama). Y un libro de ensayos de su amigo escritor Luis Gusmán: La literatura amotinada (Tenemos las Máquinas), que aborda a dos autores además de Piglia: Leónidas Lamborghini y Héctor Libertella. Si bien para su muerte muchos colegas escribieron sobre él, es la primera vez que se le dedica una parte importante de un ensayo, de hecho casi la mitad del libro.

Piglia reflexionó bastante sobre el significado de la tradición en literatura, influido como estuvo por el significado último de esa famosa conferencia que Borges tituló como El escritor argentino y la tradición y que tanto ha dado qué hablar. En Las tres vanguardias señala que el debate sobre la tradición “es un debate sobre la poética, sobre el modo en que se define el lugar desde el cual se escribe”. Pero Gusmán cita otra reflexión y llega a un lugar muy interesante: “Piglia afirma que el escritor siempre trabaja con la tradición cuando no está. Se trata de ‘interpretar’ las huellas: ‘Un escritor trabaja en el presente con los rastros de una tradición perdida. Un escritor trabaja con la ex tradición’”. Para Gusmán, él se apropia de la tradición mediante el ex, algo que hace recordar el trabajo de nuestro poeta José Ángel Cuevas y sus apelaciones al ex Chile. Y Piglia lo hace a través de dos clases de lectores: lo escritores reales y los imaginarios, y así llega a un concepto de literatura nacional, que según Piglia “tiene la forma de un complot: en secreto los conspiradores buscan en los rastros de la historia olvidada. Buscan recordar la ex tradición”.

Es bastante probable que se siga escribiendo sobre el autor de Respiración artificial y que sigan apareciendo más títulos de su autoría, como el último Teoría de la prosa, que publica Eterna Cadencia y que va muy en la sintonía con Las tres vanguardias, ya que también son clases; en Teoría se centra en Juan Carlos Onetti y en el segundo en Manuel Puig, Juan José Saer y Rodolfo Walsh. Pero además Federico Barea lleva ya un tiempo trabajando en un libro sobre el primer Piglia, aquel que publicaba en revistas notas sobre maoísmo y otros temas coyunturales, que demuestran que no sólo la ficción era su campo de interés, sino que desde un comienzo le interesó eso que hoy ya casi no existe: ser un intelectual. De esto da cuenta su pasado por la revista Los Libros en los 70, que demandaba en la época en la que formó parte del consejo editorial cada vez más artículos de la actualidad argentina. Junto a él se formaron otros intelectuales muy destacados, como Germán García, Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo. El consejo directivo estaba formado durante esa época por estos dos últimos además de Piglia.

Por último, si bien el autor de Respiración artificial vivió en Estados Unidos, más específicamente en la Universidad de Princeton, donde tuvo vida académica, sus libros no son traducidos allá como uno podría esperar. De hecho el sello que tradujo su novela Blanco nocturno es pequeño, Deep Vellum, y su traductor, Sergio Waisman, es un autor argentino, que lleva viviendo mucho tiempo en Estados Unidos. Pese a ello y a la intensa vida académica que llevó, no fue fácil instalar allá la obra de Ricardo Piglia.

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