Culto
La “autobiografía impersonal” de Annie Ernaux

La “autobiografía impersonal” de Annie Ernaux

El “ella” con el que Ernaux se refiere a sí misma es una estrategia narrativa para romper con la estabilidad y permanencia del “yo” a la vez que incorpora una experiencia singular -la vida privada de una mujer- a la historia.

En “We Didn’t Start the Fire”, la letra de la canción de Billy Joel es una lista de nombres y hechos importantes de la política y cultura popular del siglo XX: “Roy Cohn, Juan Peron, Toscanini, Dacron/ Dien Bien Phu falls, ‘Rock Around the Clock’”. Recordé esa canción mientras leía Los años, la “autobiografía impersonal” de la escritora francesa Annie Ernaux, una de las finalistas -junto a autores como Alia Trabucco y Juan Gabriel Vázquez- del premio Man Booker internacional de este año. Ernaux repasa su historia personal, la de Francia y la del mundo desde el año de su nacimiento (1940) hasta poco antes de la publicación del libro (2008), con menciones a Malraux, de Beauvoir, Mayo del 68, Vietnam, Marlon Brando, las torres Gemelas; es un trabajo de destilación fascinante de una vida, que junta con soltura la clásica experiencia personal en la que se enfocan las memorias con el “nosotros” generacional para capturar la verdadera “dimensión vivida de la historia”.

A Ernaux le interesa ver cómo cambian a lo largo de las décadas la sensibilidad y las ideas, cómo se transforma la gente. Ella sabe que la memoria no son solo los relatos sino también la “herencia” que se transmite entre grupos y clases sociales de “formas de caminar, sentarse, hablar, reír, comer…” De su infancia provincial, Ernaux recuerda, por ejemplo, cómo el lenguaje aplaudía a la gente “capaz” y estigmatizaba a las mujeres independientes, cómo se utilizaba papa cruda para tratar las quemaduras, cómo la gente hablaba a gritos y tiraba las puertas, y cómo había niños muertos en todas las familias por culpa de enfermedades incurables: diarrea, convulsiones, difteria (en los cementerios podían verse muchas tumbas en forma de cunas, con una frase repetida: “un ángel en el cielo”).

Ernaux es muy buena para capturar los detalles que condensan un largo período en la historia. De su vida adolescente en los 50 recuerda cómo los hombres aprendían a decir lo que les daba la gana y cómo las mujeres vivían avergonzadas por el sexo, juzgadas y vigiladas por toda la sociedad: todo era “muy”, desde el tamaño de los tacos hasta el maquillaje, y la reputación sexual era clave para su valor en el “mercado matrimonial”. Las mujeres que tenían sexo antes del matrimonio vivían con el miedo al embarazo: “estaba el tiempo de todos, con vacaciones y presentaciones en clases, y el tiempo mortal de las mujeres, traicionero, capaz de detenerse en cualquier momento, regido por su sangre”.

Ernaux cuenta cómo el “discurso del placer” dominaba en los años 60, cómo a partir de los 80 el pasado deja de importar y la gente vive en el presente, cómo en los 90 la presencia de los inmigrantes árabes en los suburbios de las grandes ciudades francesas se va convirtiendo en un problema identitario (“ellos” no son parte del “nosotros”). A ratos, el “nosotros” de Ernaux abre paso a un curioso “ella” impersonal: “Este año ella descubrió por primera vez el significado terrible de la frase solo tengo una vida. Quizás se ve a sí misma como la anciana de Cría cuervos”.

El “ella” con el que Ernaux se refiere a sí misma es una estrategia narrativa para romper con la estabilidad y permanencia del “yo” a la vez que incorpora una experiencia singular -la vida privada de una mujer- a la historia. Por supuesto, el “nosotros” de Ernaux también tiene un lugar de enunciación y no incluye a todos: Los años son las memorias de una mujer sensible e inteligente de la clase media francesa y de cómo ella y su clase vivieron los cambios de sensibilidad en su país y en el mundo -en la medida en que atañían a Francia- a lo largo de la segunda mitad del siglo XX.

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