Culto
Mal ojo

Mal ojo

La monomanía de la narradora de este libro breve -los problemas a la vista que la aquejan- no alcanza a superar la vara de lo memorable.

El trabajo de los ojos (2019, Editorial Entropía), la primera obra narrativa de la poeta argentina Mercedes Halfon, trata una historia personal con el estrabismo, el astigmatismo y la hipermetropía. Paralelamente a la experiencia propia, el libro recopila todo tipo de afecciones oftalmológicas, algo que sin lugar a dudas podría encandilar a quienes las sufren o a los especialistas, pero no al lector común que tiene buena visión. Obtener el máximo provecho de un tema sumamente específico, pues en ello a fin de cuentas consiste el relato, implica ir más allá de lo que casi todos, sin ser expertos en la materia, podrían aludir en torno a los fantasmas de la ceguera. De modo que aquí sobran los brochazos biográficos de Homero y de Braille, así como también las menciones a Borges, Joyce, Sartre, Tiresias y Edipo, pues imponen sobre el conjunto general un tonillo pedagógico ligeramente infantil, una sombra que uno preferiría no tener tan a la vista.

El asunto mejora bastante cuando Halfon se concentra en hablar de sí misma y abandona las referencias laterales. Al parecer, el estrabismo que la afectó hasta la adolescencia surgió luego de que rodara por las escaleras siendo una “beba”. El accidente ocurrió mientras los miembros de su familia, distraídos, celebraban el regreso de la democracia. “Uno de mis tíos puso en el tocadiscos la marcha peronista, tanto tiempo acallada. Las copas se llenaron de vino, se alzaron, chocaron, gotearon sobre el mantel. Todos cantaban de pie al mismo volumen con que venían hablando, sin escucharse entre ellos”. No obstante, la abuela, que también sufría de la vista, oyó entre la algarabía el llanto de la pequeña; bajó entonces los peldaños lentamente, “agarrada de la baranda de madera y me vio: llorando y bizca para siempre”.

A los 20 años, Halfon tuvo “un tórrido romance con la foto”, con el acto de fotografiar, pero el dato no constituye ironía alguna; por el contrario, es útil para resaltar la variedad de sus intereses artísticos. Distinto es el caso con Néstor Kirchner, el expresidente turnio de Argentina: “Cuando ganó las elecciones en 2003 pensé que el estrabismo se iba a convertir en un tema de debate permanente. (…) Recuerdo los afiches de campaña con su cara gigantesca, a veces enteros, a veces un poco arrancados, lo que era peor, porque dejaban sólo el ojo al descubierto. Ese ojo hablaba conmigo, me seguía por la ciudad como un testigo desenfocado”.

Traspasada la mitad del relato, y sin decir agua va, Halfon informa que acaba de dar a luz. La narración se detiene entonces en las preocupaciones y quehaceres propios de una madre primeriza. Pero a esa altura, ya hacia el final del libro, uno no está para conmoverse o sentir alegría fraterna, principalmente porque hasta ahí no hubo provecho en involucrarse con la monomanía de Halfon, cuyo principal rasgo debió haber sido deslumbrar al lector con el inusual objeto de su fijación.

La estructura de El trabajo de los ojos consiste en capítulos breves y brevísimos, algo que, a primera vista, podía resultar atinado para el enfoque que la autora quiso darle a su narración o, al menos, para dar rienda suelta a un ánimo divagatorio. Sin embargo, son demasiados los capítulos que resultan irrelevantes o derechamente aburridos, situación que tiende a menoscabar fragmentos valiosos, como cuando Halfon, la de oído poético, admite que “me enamoro de ciertos síndromes por su nombre: Cuerpos extraños intraorbitarios, Glaucoma de células fantasmas, Blefaroespasmo esencial, La catarata infantil”.

 

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